lunes, 13 de septiembre de 2010

El Zorro y el Conejo Blanco

Para Rocío, y para todos los que, como ella, se atreven a ver y a sentir un poco más allá del sol.

La mañana transcurría como todas, apacible, lozana, diáfana. Los árboles se veían frondosos, exuberantemente verdes. El cielo se tornaba celeste de a bostezos y lucía nítido el horizonte. El Zorro estaba hechado en la tibieza húmeda de la hierba cuando de pronto pasó corriendo un Conejo Blanco de ojos rosados.
- Buenos días –dijo el Zorro.
- ¡Oh, Dios, voy a llegar tarde!...
–dijo el Conejo sin siquiera reparar en el Zorro. Sacó un reloj del bolsillo del chaleco, lo miró y luego siguió caminando muy de prisa.
El Zorro quedó tendido largo rato pensando que jamás había visto un Conejo que usara chaleco y menos que tuviera reloj para sacar del bolsillo. El sol templaba su letargo matutino y humedecía sus ojos con los rayos nacientes.
Al ratito oyó ruidos de patitas a la distancia, y con toda prisa se secó los ojos para ver qué pasaba. Era el Conejo Blanco que regresaba, espléndidamente vestido, con guantes de cabritilla blanca en una mano y un gran abanico en la otra. Trotando muy apresurado, murmuraba para sí: “La Duquesa se pondrá furiosa si la hago esperar”.
- Buenos días –dijo el zorro.
El conejo se sobresaltó violentamente, dejó caer los guantes de cabritilla y el abanico y se dio a la fuga (…) tan rápido como pudo.
Un momento después, el Zorro, volvió a oir el repiqueteo de unos cortos pasos sobre el prado. (…) Era el Conejo Blanco que regresaba al trotecito y miraba ansiosamente por todos lados como si hubiese perdido algo.
- Estoy acá –dijo el Zorro- bajo el manzano…
- ¿Qué estás haciendo aquí (…)?...
- Soy un zorro –dijo el Zorro.
- Corre a casa inmediatamente y tráeme un par de guantes y un abanico… ¡De prisa, vamos!...
- No puedo (…) –dijo el Zorro- No estoy domesticado.
- Patricio, Patricio, ¿dónde estás? (…) ¡Ven aquí y ayúdame a salir de este lío! –balbuceó el Conejo con voz llena de cólera.
- No eres de aquí –dijo el Zorro-. ¿Qué buscas?
- ¡Alcánzame los guantes inmediatamente!
El Zorro, confundido, se quedó pensando. Por qué corre? Por qué dá órdenes? Por qué no me escucha?
Más tarde, comenzó a andar y a disfrutar del día que se le ofrecía sin más. De repente escuchó que le hablaban:
- El día está… muy lindo, ¿no? –dijo una vocecita tímida (…) que lo miraba a la cara con mucha inquietud.
El Zorro se dió cuenta de que el Conejo Blanco caminaba a su lado, pero apenas abrió la boca para contestar se dió cuenta de que no debía hacerlo.
- Sh!! –imploró el Conejo en voz baja y con mucha prisa. Luego se volvió a mirar por sobre el hombro mientras hablaba y después se empinó en puntas de pies y poniendo la boca junto al oído (...), le dijo- Está bajo sentencia de ejecución.
- Los hombres -dijo el Zorro- tienen fusiles y cazan. Es muy molesto. También crían gallinas. Es su único interés. Buscas gallinas?
El Conejo muy asustado le murmuró: -Por favor, silencio! Que te va a oir la Reina…
-Es posible -dijo el Zorro- ¡En la Tierra se ve toda clase de cosas... (...)
-Acaso dijiste: "Qué lástima?" -preguntó el Conejo Blanco.
El Zorro pareció muy intrigado: -No
Y el Zorro volvió a su idea: -No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo...
El Conejo se alejó y dejó al Zorro suspirando. De repente, miró hacia atrás y vio una comitiva de personajes. Entre ellos (...) reconoció al Conejo Blanco que hablaba con mucha prisa y muy nervioso sonriéndose a todo cuanto se le decía.
El Zorro se acercó al Conejo y volvió con su ruego: -¡Por favor... domestícame!
-Todavía no -se apresuró a interrumpir el Conejo Blanco-. Hay muchas cosas que hacer antes de eso.
-Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!
El Conejo Blanco se puso los anteojos. -Por dónde empiezo (...)?
-Hay que ser muy paciente -respondió el Zorro- Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada. La palabra es fuente de malentendidos. Pero, cada día, podrás sentarte un poco más cerca...
El Conejo, apresurado, se acercó al Zorro y con la voz aguda y entrecortada le dijo:
- (...) Ese debe ser un secreto, reservado, entre tú y yo.
Miró al Zorro y vió que iba a llorar. No supo qué hacer, ahora que tenía un amigo y huyó.
Los altos pastos crujieron bajo el paso apresurado del Conejo Blanco.
-Adios -dijo el zorro-. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos. (...) Eres responsable para siempre de lo que has domesticado.

El Zorro no supo si el Conejo lo había escuchado. El Conejo no supo si el Zorro había llorado, pero ambos se habían encontrado. El milagro había obrado, aunque el encuentro, fuera en un cuento.


Los textos en bastardilla corresponden a citas textuales de "Alicia en el país de las Maravillas"
(cuarta edición de la colección Biblioteca Billiken del año 1975, Editorial Atlántida)
y de "El Principito" (quincuagésimo tercera edición del año 1974, Editorial Emece)
A Lewis Carol y a Antoine De Saint-Exupery,
perdón por la licencia de tomar prestados sus textos y
gracias por la magia que acompañó mi infancia y sigue alimentando mis días.
A mi viejo, gracias por estos dos libros y por todos los demás.

domingo, 12 de septiembre de 2010

BUENDIA

Sube al vagón apurada y taconeando. La miro desde mi asiento. Los pies le miro, los quince centímetros de taco que la prolongan. Tacos de charol, charol ajado, cuarteado, gastado.
No más alta que yo, voluminosamente delgada, tiene minifalda negra, ajustada, remera de lycra violeta con inscripciones en plateado, chaqueta negra a la cintura, entallada y medias negras.
Lleva una cartera enorme, negra, de tiras largas y una botella de Aquarius pomelo de litro y medio recién abierta y sin tapa.
Se sienta enfrente mío y acomoda sobre su falda la cartera y sobre el hombro derecho su espeso y largo cabello también negro que usa recogido en una cola de caballo alta que le llega hasta la cintura.
Es muy bonita. Llamativamente hermosa, maquilladísima para las siete y media de la mañana. Los ojos grandes, rasgados con delineador negro. Los párpados amplios, felinos, con sombra gris platinada. Largas pestañas arqueadas con rimmel, espesas, artificiales, grumosas. Cejas gruesas y depiladas enmarcan su vista profunda y desafiante. Honda la mirada que abrazan. Aros grandes en las orejas despejadas. Collares y pulseras. Anillos.
La piel, blanca. Los pómulos marcados, huesudos. La boca carnosa, pulposos labios sin botox. Labios para morder con desenfado en un beso.
Desde que se sentó no para de tomar agua groseramente del pico de la botella. Bebe y se limpia la boca con el antebrazo dejando escapar un “Ahhh...” luego de cada prolongado sorbo.
En cada trago tira la cabeza hacia atrás, muy atrás como para dejar un camino bien directo, recto, entre la boca y el estómago. Llegando a la segunda estación ya le queda menos de la mitad de la botella.
Le suena el celular. Aprisiona el envase de pomelo entre las piernas y revuelve la cartera hasta que lo encuentra. Tiene un mensaje de texto que lee y se ríe. Lo vuelve a leer y se ríe a carcajadas. Todo el subte la mira, pero ella no lo registra. Guarda el celular y vuelve a tomar de la botella. Se sigue riendo sonoramente, y con la risa escupe agua de pomelo.
Vuelve a poner el agua entre las piernas y escarba otra vez en el bolso. Saca un pastillero y pone pastillas en su boca. No sé cuántas. Sacude la cabeza y toma todo lo que queda en la botella. La apoya, vacía, en el piso y la sostiene entre sus pies rotos de charol. Reanuda la búsqueda en la cartera y saca el celular. Lee el mensaje. El mismo mensaje. Y se ríe. Mucho. Fuerte. Se ríe como si estuviera en una fiesta, o como si estuviera sola.
Aún con la carcajada sonando apoya la cabeza en la ventana y cierra los ojos. Quizás se quedó dormida.
Dos estaciones después, casi llegando a Plaza Italia se levanta de golpe, patea la botella, toma la cartera con la mano de las dos manijas juntas y empuja a tres o cuatro personas que van paradas.
Se apoya en la salida del vagón y espera. Cuando la puerta se abre se agarra del pasamanos lateral, se inclina hacia afuera y vomita. Vomita hastío, abandono, un litro y medio de Aquarius de pomelo, frustración y cien jóvenes años de soledad.

jueves, 19 de agosto de 2010

BLATIDOS

No estoy solo. Lo siento. Sé que están ahí. Vigilan. Están escudriñando entre mis cosas. Lo sé. Se mueven en las sombras. Seres inmundos. No me persiguen. Es peor. Me acompañan. Están en casa, en el bar, en la oficina. Los escucho permanentemente. Están ocultos. Viven en un sucio submundo. Infectos. Asquerosos. Se rozan. Se superponen. Se refriegan. Impuros. Viven una noche toledana. Los busco de día. Sé que están. Nadie me cree, pero sé que están ahí. Miro adentro de los placares, en el baño, en la cocina. Escruto cual maníaco. Repugnantes. Hediondos. Los huelo. Sé cuándo tocaron mi copa de vino. Pestíferos. Mugrientos. Me lo hacen saber. Disfrutan viendo mi delirio persecutorio. Se regodean cuando rechazo un vaso o un plato de comida.


A veces no duermo pensando que están en mi cuarto. Todo se vuelve viciado, apestoso. Transpiro. Me quedo quieto. El aire es irrespirable, mefítico. El ambiente, denso, cargado. Finalmente, me rindo agotado, tumbado en la cama y duermo. Y sueño. Sueño cómo viven, abarrotados en un cosmos oscuro y putrefacto, comiendo basura, escondidos, reproduciéndose salvaje y cuantiosamente. Resistiendo. Mutando. Infectándonos. Viéndonos morir. Perseguidos. Escapando. Infiltrados. Pestilentes.


Se acaban las sombras y madrugo al amanecer esperando descubrirlos. Pero son hábiles. Yo sé que están. Abro las puertas de golpe para sorprenderlos, pero se escurren. Intuyo que un día voy a ver a alguno. Y ese día me voy a vengar. Con saña, con asco, con satisfacción.


--------------------------------------------------------------------------------------


Y ese día es hoy. En el lugar menos esperado. Está ahí, a mi alcance, en el asiento de adelante mío en el 130. Está perdido, está sólo. Sólo entre nosotros, entre muchos otros pasajeros, a la luz del día. No sé qué hacer. Esto no lo pensé. Me encontró desprevenido. No tengo siquiera un palo a mano. Pero alguien me tiene que ayudar, alguien tiene que actuar. El colectivo está lleno. No voy a gritar. No voy a huir.


Me levanto, le toco el hombro al señor de adelante y en alta voz y con ampuloso gesto le digo:


- Disculpe… Tiene una cucaracha en el hombro.


De una palmada la revoleó y cuando cayó en el piso tres o cuatro pies pelearon por aplastarlo. Blátido asqueroso. Escuché su crujido y sonreí. No lo pude evitar.



jueves, 12 de agosto de 2010

SI NO CONVIDO, SEPAN COMPRENDER...

Gracias, Gi, por posar para la foto
Desde que tengo uso de razón, los paquetes de galletitas tienen un tan ingenioso como inútil sistema de apertura. Sí, sí... hablo de las galletitas del kiosco, las que uno compra para la oficina o para la mochila de los hijos.
Todos hemos comprado uno alguna vez, o nos lo han regalado. Si alguien no pasó por esta experiencia, lo invito a que vaya hasta el kiosco más cercano o hasta el chinito del barrio y adquiera un paquete antes de seguir leyendo.
Ahora sí, ya sea con el recuerdo o con él en la mano busquen en el envoltorio una flechita que diga algo así como “tire acá” o “abrir” o “tirar”. Si dice “presione aquí”, se equivocó de paquete.
Perfecto, con la flechita identificada trate de abrir el paquete. Se supone que justo ahí donde está la flechita el papel del envoltorio tiene un corte que forma una aleta y se debería ver una tirita roja de aproximadamente dos milímetros de ancho. Tirando de la aleta la tirita realiza un recorrido por el papel tipo celofán cortándolo y dejando al descubierto las deseadas galletitas.

Pues bien, esta imagen ideal de publicidad de los '70 a mí no se me da nunca. La apertura de un simple paquete de galletitas se ha transformado en mi lucha personal.
Así las cosas, suelo comprar un paquete para la oficina y, vestida de trajecito, con la espalda derecha, sentada muy prolijita en el escritorio y con las galletitas en la mano me ha sucedido que:
  1. Busco la flechita, la encuentro y cuando quiero tirar, no existe el corte. Entonces una se empeña en levantar el papel con las uñas y generar el famoso cortecito. Pero nada, sólo se consigue que se salte el esmalte o se rompa la uña seguido de puteada al tono. Con una uña menos y una bronca más, nada mejor que usar los dientes. Claro que con bronca puesta sólo se logra hacer un pequeño agujerito en el celofán. Lo suficiente como para sangrar un poco las encías, eso si. A esta altura es cuestión de honor. Primer cajón a la derecha, tijera. Tijera de oficina, no de colegio: quince centímetros de eslora. La sensación visceral de “acá mando yo” hacen el resto: Corte profundo, las primeras tres o cuatro galletitas del paquete pulverizadas, migas sobre el escritorio a granel. De salón.
  2. Busco la flechita y existe el cortecito, entonces tiro entusiasmada y me quedo con un pedacito de celofán en la mano. Qué pasó? La tirita roja no está. La primera intención es sacudir el paquete, como si la cintita fuese a aparecer conmovida gritando “terremoto”. Pero no. La tirita no está. Uña. Dientes. Tijera. Acá puede aplicar cuchillo descartable que por algún motivo siempre tengo en el portalápices. Tres o cuatro galletitas rotas. Orgullo herido pero batalla ganada. Eso sí, como burla lacónica, casi venganza, es posible que al final del paquete, aparezca la cinta. Si hacen silencio, la oyen reírse. Yo la escuché.
  3. Busco la flechita, existe el cortecito, pero como ya pasé por la situación de tipo '2', primero espío si está el precinto. Y está. Entonces, con cara de “esta vez te cago yo” tiro de la pestaña y me quedo otra vez con el celofán en la mano. La tirita está, sí, pero debajo del papel. No se asoma ningún pedacito. Otra vez uña, dientes, tijera o cuchillo, galletitas rotas y un encono que ni te cuento. He llegado a hablar con el paquete y decirle “qué mirás?!” y sentir que no me contesta pero que me mira de reojo.
  4. Desconfiada ya de la flechita y su inútil indicación, sólo busco la odiosa tirita. Está? Si. Por afuera? Si. Entonces con una sonrisa de costado y mirando alrededor, victoriosa voy a tirar. Pero está pegada al cortecito. Está PE-GA-DA!!!! No se puede abrir. Otra vez uña, dientes, tijera, acá no aplica cuchillo, galletitas rotas. Y la pregunta de rigor: por qué no compré un alfajor?
  5. Resignada y reincidente, con un nuevo paquete en la mano busco la flechita. Está el cortecito. Está la tirita. No está pegada. Tiro y... Sale la tirita... Limpita. Enterita. Completita!!!!! Y el paquete cerrado. TARAAAAAAN!!!! Magia, mami!!, dirían mis hijos. Miro alrededor y hasta siento que todos se hacen los distraídos, pero que estaban observando atentamente y ahora se les sacude el estómago por aguantar la risa. Acá aplica cuchillo directo, pero con saña, como si fuera la asesina de Janet Leigh en psicosis.

Alguna que otra vez, el paquete se abre. Suave y armónicamente se produce una incisión casi de bisturí. Prolijitas quedan dos galletitas muy bien dispuestas en la parte del envoltorio que se separa y el resto intactas en el paquete. Ah!!!! Qué placer!!! No importa si las galles están ricas, húmedas, si son dulces o saladas. Es una situación casi orgásmica. Ya nada podrá estropear ese día.

También suelo comprar barritas de cereal, turrones y alfajores. Pero ese, es tema para otro post.

miércoles, 21 de julio de 2010

DONDE QUIERA QUE ESTES

Es un lustro, pero podría ser un siglo y sería igual. Igual de hueco. De hueco profundo. La ausencia no tiene límites y el dolor por ella tampoco. Sigo extrañando hablar y que me hables. Aún recuerdo tu voz y espero hacerlo por siempre. Tu voz en consejos marcó mi camino. Por eso hoy, donde quiera que estés, quiero darte las gracias. Gracias por los valores que me diste. Gracias por enseñarme a luchar contra los molinos de viento. Gracias por la caudalosa herencia de amor. Gracias por elegir a mami. Gracias por darme a mi hermana. Gracias por tu hermano y la familia completa. Gracias por enseñarme a pensar. Gracias por el respeto. Gracias por permitirme protestar. Donde quiera que estés, gracias por la coherencia. Donde quiera que estés, simplemente, gracias, pá.

martes, 20 de julio de 2010

LA MOCHILA

Es una mañana fría en Buenos Aires. Los árboles ya empezaron a despedir el verano y nueve grados serán una nueva marca meteorológica para terminar febrero.
Camila entra al edificio y saluda al empleado de seguridad sin sacarse los anteojos de sol. Pasa su tarjeta por el molinete y sube al ascensor.
- Ascensor subiendo.
- Quinto piso.
La voz metálica del receptáculo inteligente será la última que escuche hasta las nueve menos cinco, cuando Betancourt le diga buenos días.
Con la tarjeta magnética abre la puerta de vidrio del piso. Mientras con una mano pone sus anteojos como vincha, con la otra enciende la computadora y luego busca la llave del armario en la cartera que aún cuelga de su hombro.
Acostumbrada ya a esta rutina, casi como un robot deja el estuche de cosméticos sobre el escritorio y saca el café del primer estante. Tres cucharadas serán suficientes para un líquido caliente que no genere quejas.
Prepara la bandeja con las tasas y pocillos, llena un termo con agua caliente del dispenser y busca la canastita con los saquitos de té y los sobrecitos de azúcar.
El monitor reclama una clave que ingresa en el teclado sin sentarse aún. Por último, guarda la cartera en el armario, cierra las puertas y se sienta en su silla rodante y giratoria en el escritorio en ele ubicado frente a la puerta de ingreso al piso.
La cafetera comienza a soltar vapor y Camila inicia su breve sesión de maquillaje. Ocho y cuarto. Los teléfonos no comenzarán a sonar hasta pasadas las nueve. Si no fuera por la monótona protesta de la cafetera el silencio sería total.
Guarda el portacosméticos, se sirve un café y la computadora, como si hubiera esperado que ella terminara, concluye la carga de archivos de inicio.
Camila acomoda los dedos sobre el teclado al tiempo que su agenda del correo electrónico le recuerda en el monitor “reunión de objetivos”.
Prepara los archivos para la presentación mensual. Enciende la impresora. Carga hojas en la bandeja. Comienza a imprimir y fija los ojos en la pantalla tomando el café. Alternativamente mira hacia los ascensores para ver si alguien llega antes, y hacia el teléfono, como si fuera a sonar por simple observación.
A medida que van saliendo las copias, las separa con un papelito de color con el nombre del vendedor. Primero, Betancourt. Siempre llega temprano. No parece vendedor, pero es el mejor. Año a año tiene el record de ventas. Siempre viste trajes claros, inclusive en invierno. Camisa blanca y corbata azul si el traje es celeste. Corbata gris si el traje es gris. Siempre zapatos negros con cordones. Siempre el saco desabotonado y las manos en los bolsillos del pantalón. Si hace frío, el cuello levantado y una bufanda verde. Si llueve, paraguas. No usa piloto. Tampoco sobretodo. Siempre la mochila negra en la espalda acompañando su larga delgadez.
Segundo juego de copias para el gordo Román. Es el vendedor que tiene las cuentas más importantes y el más desagradable. Camila escribe su apellido y piensa en la charla del viernes.
- Dale, Camila... no te intriga saber qué guarda “Vetancurr” en la mochila?
- Ya le pregunté... Le dije si quería que se la guardara en su armario y me dijo que siempre la lleva con él por si necesita guardar algo.
- Pará, boluda... no me vas a decir que te creíste eso... debe guardar algún secreto? Tendrá una amante gorda? Sos una boluda generosa, nena. Lo que queremos que averigües es si tiene datos de mercado, de clientes... Es un aparato y vende más que nosotros, queremos que lo espíes, que busques su agenda, sus notas... Inspirate boludita, el flaco está muerto con vos, es con la única que habla.
Los demás se reían y sugerían disparates acerca del contenido de la mochila. A ella no le cae mal Betancourt, por el contrario, es muy amable y el único que se interesa por sus cosas. Pero Camila quiere pertenecer “al grupete”, como ellos mismos se llaman. Quiere ser reconocida como uno de ellos, ir a sus fiestas, participar de sus encuentros, de sus jodas telefónicas.
Hay que admitir que Betancourt es un solitario, un bicho raro, diferente. Parece aburrido y fuera de época. Ninguno sabe nada sobre su vida privada.
Las bromas son continuas y Camila se une a ellas con bastante culpa, pero deseosa de que la consideren una más.
Décimo juego de copias para Macarena Vidal. Nueve menos diez. El monitor acusa un mensaje de la impresora “error de impresión”.
Camila se agacha bajo el escritorio y ve que falta papel. Va hacia el armario, trae una resma y repone hojas, pero el monitor sigue diciendo “error de impresión”. Levanta la tapa de la impresora y de rodillas en el piso, trata de liberar una hoja que quedó atascada.
Nueve menos cinco. Estaba bajo el escritorio tratando de liberar el papel atascado en la impresora cuando sonó la chicharra. Aún agachada, miró por encima del escritorio y tras la puerta de vidrio vió a “Vetancurr”.
Abrió la puerta y se sentó en su silla frotándose la cabeza con la mano. El flaco Betancourt, siempre puntual, entró despacio y saludó simple y correctamente, como siempre.
- Estás bien?
- Sí, me sorprendió la chicharra y me golpeé con el borde del escritorio... se atascó el papel.
- A ver...
Dejó la mochila sobre el escritorio y pidió a Camila su lugar.
Nueve en punto. Se escuchó la voz del ascensor.
- Quinto piso.
De un salto, Camila esquivó a Betancourt y pasó al frente del escritorio para presionar el pulsador que abre la puerta a tiempo que Rivas, Gerente de Ventas Corporativas, la empujaba.
- Buenos días, Doctor.
- Los Ejecutivos de Cuenta a la sala, por favor.
- Eh... Doctor... sólo está Betancourt –y señaló bajo el escritorio con un gesto que provocó que Rivas frunciera el ceño-. Se atascó el papel, señor.
- Que venga. Ahora!
El flaco se levantó estirando sus pantalones e indicando con un movimiento espasmódico de manos que ya estaba lista la impresora. Con paso corto y ligero, se dirigió a la sala acomodándose el pelo y la corbata.
- Gracias Betanc... Te dejaste la moch...
Mientras agradecía vio la mochila sobre el escritorio y su instinto fue avisarle, pero ahogó la frase. Era su oportunidad de ver qué guardaba. La contempló fijamente durante un rato. Luego, la tomó en sus manos y la apoyó en sus piernas, bajo el escritorio. Le pareció liviana.
Ascensor. Macarena. Pulsador. Puerta. Saludo urgente.
- Tengo mensajes?
- No. Está Rivas. En la sala.
- No me jodas... Dame una presentación. YA!
Macarena separó sus hojas y apurada y torpe tiró el abrigo sobre el escritorio, agarró un cuaderno y de lejos gritó:
- Camila, llamalo a Román que está desayunando con los chicos y que vengan ya. Avisales que está Rivas... Cómo no llamaste antes, mujer!!
- Es que llegó cuando se atascó la impresora... –Camila intentó explicar pero se dió cuenta de que ya no la escuchaba. Sólo percibió que mascullaba “sos una inútil...”
Llamó a Román y se quedó mirando la mochila. Se preguntaba una y otra vez qué hacer. Por momentos quería abrirla, pero no se animaba. Qué guardaba? Por qué la cargaba a diario y no se despegaba de ella?
Se puso a pensar que, a su manera, cada uno carga una mochila. Ella misma quería ser integrada a un grupo al que no pertenecía y eso le pesaba. Quizás en ese momento tenía en sus manos el pase de ingreso.
- Y Camila, llamaste?
- Están viniendo...
- Los voy a esperar. No sé qué se trae Rivas entre manos y no quiero estar sola.
- Está con “Vetancurr”...
- Ah!!! Entonces son varios... el flaco, Rivas y la mochila... –Macarena se rió fuertemente casi descargando los nervios que tenía.
- No, Maca, la mochila la tengo acá.
Temblorosamente la alzó. La que antes le pareciera liviana ahora pesaba en sus manos. La apoyó en el escritorio al tiempo que Macarena se abalanzaba sobre el pulsador para abrirle la puerta a Román y compañía que llegaban corriendo.
- Vamos... Las presentaciones?
- Pará Román... mirá lo que tiene Camila.
Los ojos cómplices del grupo miraron satisfechos a la secretaria que les entregaba impunemente la intimidad del flaco.
- Y dale, abrila –incitó Román.
Los cuerpos se inclinaron sobre el escritorio formando una cúpula con las cabezas sobre la mochila. Cuando hubo corrido el cierre por completo, escucharon la puerta de la sala de reunión. Todos se apartaron y Camila quedó frente a Betancourt.
El flaco la miró directamente a los ojos ignorando la situación.
- Rivas pide el café, pero veo que estás ocupada. Yo llevo la bandeja.
Con el mismo andar despreocupado de siempre dio media vuelta y se alejó. El silencio se hizo tan grande que aún después de haber cerrado la puerta de la sala se escuchaba el ruido de platos y tazas chocando entre sí.
Camila se desplomó completamente abochornada sobre la silla llorando como una criatura. Abrazó la mochila y despidió “al grupete” con la mirada furiosa y llena de vergüenza. Nunca sería parte. Nunca les diría que la mochila que ahora abrazaba desconsolada estaba vacía.

martes, 6 de julio de 2010

OTRA VEZ SERÁ

Y sí. Me tomé un tiempo para escribir. Es que aún tengo los cuatro goles atragantados. Cuatro. Lo digo y aún no lo creo.
El primer gol lo sentí como una trompada en la nariz de algún loco que viene de frente y sin motivo te la dá. Así. Sin capacidad de reacción. Y bueno, te quedás como medio tarado un rato, un rato largo sin saber aún qué pasó. Pero si todavía no me había acomodado en el sillón!!!
Como quince minutos después recuperé el aire, y parece que la selección también, de contra hasta parecía que había una oportunidad con Di María. No hubo, pero respiré. Y así aguantando todo el primer tiempo hasta el gol de Higuaín que no fue. (Podría haber sido, no?) y contando unas seis, siete, ocho? llegadas al arco, contraataques y desbordes.
De este 1-0 al entretiempo quién me iba a decir que vendrían 3 más? Cómo fue que de las ocho veces que pateamos en los siguientes 22 minutos ninguna entró? NINGUNA!!! Las conté, eh? Ocho veces!!! Y en la segunda para Alemania, gol. Esto ya no fue a la nariz, fue un golpe bajo. Y se vino la noche. Para mí y para todos. Ya nadie encontraba destinatario para la pelota.
Y empecé a ver otro partido. Ví como del “quedan 87 minutos para revertirlo” pasamos a la desesperación. Y entró Pastore para ayudar. Para ayudar a desesperarnos un poco más. Para ver cómo el toquecito era el divertimento alemán. No era nuestro ese estilo? Puta madre. Gol. Alguien vió salir a Di María? En la pantalla estaba Diego abrazando al Kun. Más pelotazos de ahogado. Gol. Métanse el gol en el orto. Qué diferencia hay entre 3 y 4? Es lapidario. Una burla del destino.
No había nada que pudiera contener mi diafragma convulsionando. La cara llena de mocos, no sólo de lágrimas, de mocos. Mi hijo mayor llorando a mi lado preguntando por qué nos volvemos a casa. Que se lo explique Niembro. Y el menor pasando sus manitos de tres años por el pelo, por el brazo, por la pierna y diciendo “Mami, ota vez los hacemos nosotos lo goles… no shores”… y ni siquiera lo pude abrazar. Mi marido puteando en arameo dejó de mirar el partido. Un minuto de alargue? UN MINUTO??? Es un chiste. Hasta el tres a cero tenía la ridícula esperanza de la epopeya, de hacer un gol cada cinco minutos y cambiar la historia. Pero esto es contundente. Es un knock out. Pero un knock out que llega a un minuto de terminar la pelea que perdíamos indefectiblemente por puntos. Qué necesidad!!!
Y me quedé sin el mundial para mis hijos. Sin el mundial para mí, sin el mundial para nadie. Adiós a la ilusión, a la gloria añorada. Adiós a guardar la página de Argentina del álbum de Sudáfrica 2010 para la posteridad. Quizás deba decir adiós al delirio, a las ganas que todos teníamos, a la utopía de las veintitrés fieras.
Estuve sentada en el mismo sillón esperando ver al Diego, y vi su sombra. Pobre pibe, recibió los goles en su propia cara. El que casi jugó los cinco partidos, que tocó la pelota cuantas veces pudo, que hizo taquitos de traje y corbata. Como leí por ahí, es que la pelota lo extraña.
Y ahora habrá que soportar a todos los “expertos” del fútbol. Los estoy escuchando desde este mismo momento, con el muerto caliente. “El problema es la defensa, puso todo adelante” y son los mismos que a Bielsa le reclamaban en el 2002 que ponga a Crespo y a Batistuta juntos, que formara un equipo ofensivo.
Estoy escuchando cómo se llenan la boca con las bondades del doble cinco que faltó, que “a Mascherano lo condenaron a una tarea insalubre dejándolo sólo en el medio campo”… y son los mismos que a Pekerman le cuestionaron la sociedad Mascherano-Cambiasso del 2006.
Es el modelo imperante. El de los que viven haciendo nada a costa de los que hacen algo. Todos los programas de radio y TV ahora viven de Maradona y la selección. Salvando las distancias, es lo mismo que ocurre con Show Match. El programa es patético, todos lo critican, pero todos viven de Tinelli y tenemos super-expertos en baile y danzas clásicas y exóticas como ahora los hay de fútbol, táctica, estrategia y preparación física.
Qué fácil hablar ahora, no? Hoy Abreu es un fenómeno, un loco lindo que decidió la clasificación de Uruguay definiendo la serie de penales picando la pelota al patear y convertir el gol. Y si lo hubiera errado? Hoy sería un inconsciente, no un loco lindo sino un desatinado que dejó a un pueblo con la ilusión a mitad de camino y bla, bla, bla…
Y quién es Diego? Es un DT? Es un estratega? Y Basile? Y Bielsa? Y Pekerman? Ellos sí lo son?
Cómo es que llegó Maradona a ser DT de la selección? Fue un golpe de estado? Se apoderó de un sillón? Qué le van a cuestionar? Su efervescencia? Su autenticidad? Su pasión desmedida? Su estilo no es nuevo, no apareció ahora.
Sé poco de fútbol al lado de lo que saben los que saben. No tengo intenciones de opinar sobre cómo armó el equipo o sobre sus errores y aciertos. Pero sí siento, como todos los que practicamos deportes alguna vez, que hacía mucho que no veía un grupo unido. En un equipo la unión es la mitad de todo. Hacía mucho que no escuchaba a alguien defender a su gente con uñas y dientes. Hacía mucho que no teníamos los colores puestos con tanto orgullo. Aún tengo las imágenes de mundiales pasados viendo jugadores diseminados por los aeropuertos europeos regresando a sus respectivos clubes. Esta vez volvieron todos a casa. A casa. Juntos.
Gracias Diego. Gracias por el honor, por la magia, por la ilusión, por el mito, por la mano del hombre, por llorar. Gracias a todos los que corrieron en la cancha, a los que esperaron en el banco, a los que entraron un rato, a los que hicieron los goles, a los que quisieron y no pudieron.
Creo que este es un proyecto, no sé si es bueno o es malo. Pero es un proyecto. Me gustaría mucho que dejásemos de ser exitistas y cortoplacistas. Los proyectos necesitan tiempo para evolucionar, puede ser que no resulte, pero sería bueno verlo crecer.
No te vayas, Diego. Danos otra oportunidad.