Cuando subo al colectivo ya está sentada, generalmente del lado de la ventanilla. Supongo que viene desde lejos. Munro, quizás.
No hay día que no me llame la atención. Ha sabido ser morocha y no creo que tiñera su cabello. SÍ debe haber teñido su ropa, como lo sigue haciendo ahora. Se nota que sus vestidos tienen su mano. Hoy lleva un amplio solero azul. Azul lavanda, como sus ojos. Batik. Apuesto a que el batik de esa tela lo hizo ella misma.
Su cabello llega hasta la cintura. Lacio. Limpio. Plateado. Orgullosamente plateado. Sin hebillas. Sin moños. Sin gomitas. SIN.
Trae arrugas en el cuello, en las manos, en los brazos, pero no en la cara. En la cara tiene sonrisas. Muchas sonrisas.
A diario la miro y paso el resto del viaje imaginando su vida. Me pregunto cuándo se habrá hecho el tatuaje del tobillo, ese que muestra naturalmente junto con sus sandalias de cuero marrón.
Usa aros largos, siempre plateados con piedras de distintos colores. Collares de tiento o de hilos con nudos atrapando maderitas de las más diversas formas. Pulseras tejidas y anillos. Tiene uno de madera oscura, siempre. Apuesto a que está relacionado con el amor. Igual que el carnal tatuaje de su muñeca.
Trae anteojos redonditos como los de John. Lennon, obvio. Cristales celestes. Habitualmente va leyendo y nunca puedo saber qué lee. Forra sus libros con papel madera y en el papel suele escribir notas mientras viaja. No parecen ser notas sobre el libro sino sobre el momento. Como si tomara una “instantánea”, como fotos que va pegando en un álbum. Escribe con lápiz. Lápiz de madera. El lápiz y el libro los guarda en una cartera tipo morral que cruza del hombro derecho hacia la cadera izquierda. Una cartera tejida con nudos en hilo de matambre. La tejió ella. Estoy segura.
También, un monedero con monedas y un par de billetes doblados en cuatro, un celular pequeño pero viejo, de los que no tienen mp3, ni mail, ni facebook, ni twitter. Además, un pañuelo de tela, una llave, una sóla llave sin llavero y un frasquito. Eso es todo lo que vi y no creo que lleve nada más.
Es delgada y fuerte, de estatura media y dedos largos y enjutos. No se maquilla, sólo un par de veces le vi rosados los labios. Las uñas, cortas y pintadas de color. A veces, tiene dibujos en la uña del dedo índice de su mano izquierda. No usa corpiño, no parece necesitarlo. No abriga ataduras de ningún tipo. Tiene por lo menos un hijo, porque la escuché hablar de sus nietos en algún viaje.
Debe hospedar unos sesenta o sesenta y cinco años en su sutil y lánguida figura. Y una sensualidad de veinticinco en cada poro de su piel.
Amable, tranquila, con mucha paz pide permiso en un colectivo repleto de fastidio y baja en Plaza Francia.
Cuando lo hace, miro por la ventanilla y admiro su cabellera al viento que se mueve junto con su largo vestido. Libre.
Cuando yo era niña, mi abuela solía preguntarme como quién quería ser cuando fuera grande. Si en este momento tuviera diez años y mi abuela me consultara una vez más, extendería mi brazo firmemente y con marcada osadía señalaría a esta mujer y diría con firmeza: “ASI, COMO ELLA”.
martes, 29 de marzo de 2011
miércoles, 9 de marzo de 2011
NUEVO EDIFICIO. VIEJO ANHELO.
En el año 1988 ingresé en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. En esos años, por mis venas, además de sangre corría una gran disposición por la participación social. Fue así como además de dedicarme a estudiar me interesé por otros temas de la actividad educativa. Traía puesto ya poco más de un año de militancia en la UCR, así que fue lógico mi acercamiento a la Franja Morada. Mi lugar de inserción fue la oficina de Gremiales del Centro de Estudiantes. En ese entonces estaba muy revolucionado el alumnado por el cambio de plan de estudios (Plan G, si mal no recuerdo). En una PC con disquetera simple de 5 y ¼ cargábamos luego del DOS, un aplicativo para informar correspondencias con el plan anterior. En un pinche de almacén me dejaban los pedidos y cuando salía de cursar pasaba el resto de la mañana emitiendo equivalencias que dejaba ordenadas por número de registro en un bibliorato para que fueran entregadas cuando yo me iba a trabajar.
Además de los temas académicos ya de por sí agitados, se mascullaba sobre la escasez de aulas, todos protestábamos porque en los horarios pico cursábamos parados y preocupaba el estado edilicio de algunos sectores de la facultad.
Por ahí daba vueltas una maqueta mostrando cómo quedaría la facu luego de una reforma de la que ya hacía unos años se venía hablando.
Tiempo después fui consejera directiva por el claustro de estudiantes y el tema seguía en el orden del día pero no avanzábamos nada. Recuerdo largas discusiones y negociaciones por la recuperación de espacios como la playa de estacionamiento de Córdoba y Uriburu. Intereses creados, burocracias, acuerdos políticos, etc. se mezclaban con la necesidad, con el proyecto de crecimiento, con la evolución, con el compromiso.
Recuerdo también haber caminado con un par de arquitectos los pisos del edificio central y los del edificio de la rotonda mientras ellos tomaban medidas e ir anotando a modo de relevamiento, vidrios rotos, ascensores inutilizados, goteras y aulas inundadas. Cómo se llamaba la arquitecta? No me acuerdo. De su nombre no me acuerdo.
Junto a tantos otros con quienes compartí el compromiso con la Universidad Pública, soñé con el edificio nuevo. Pero no soñábamos con ladrillos, sino con la dignidad de la educación. No queríamos grandes pasillos, sino el espacio de acceso a la formación. No soñábamos con puertas y ventanas, sino con poner en marcha el motor del progreso. No soñábamos con bancos y pizarrones, sino con el desafío de hacer frente a los cambios que va planteando la sociedad. Nunca soñamos con el arancel para reducir la matrícula y “aprovechar” el espacio existente, sino con la Universidad Pública y gratuita para todos.
Dijo alguna vez Eduardo Galeano algo así como que "la utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar."
Y caminamos... Eran los 90, la época de las relaciones carnales, la fantasía del primer mundo, el consumismo como valor fundamental. Y nosotros éramos unos muchos pocos encendidos que perseguíamos la utopía y decíamos “Vamos a andar!”.
Hoy, más de 20 años después, se inaugura por fin el edificio nuevo. Seguramente de este logro se van a colgar muchos. Los que pusieron la plata, en primer lugar. Los que llegaron ayer a la rotonda, los que pusieron la firma a último momento, los que se sacaron la foto... Pero esto es trabajo de años de una generación que ingresó a la universidad con el regreso de la democracia. Es el anhelo de quienes abrieron nuevamente las puertas de la educación a la población en su conjunto, es el esfuerzo de docentes, graduados, alumnos, no docentes, que luchan día a día por el rol de la universidad en la sociedad. Pero, por sobre todas las cosas, este logro debe ser el orgullo de esa generación, de los que lucharon hasta el final. Debe ser el sabor dulzón en la boca y la paz en el alma por el compromiso llevado a cabo.
Eramos muchos los que soñábamos, dije. Pero, parafraseando a Bertolt Brecht, algunos luchamos por esto un día y fue bueno. Otros luchamos durante un año, y fue mejor. Otros luchamos muchos años, y fue muy bueno. Pero otros, siguieron luchando y lo harán toda la vida. A esos, que son los imprescindibles, les doy las gracias. Gracias por la utopía, gracias por “andar”, gracias por llegar.
Además de los temas académicos ya de por sí agitados, se mascullaba sobre la escasez de aulas, todos protestábamos porque en los horarios pico cursábamos parados y preocupaba el estado edilicio de algunos sectores de la facultad.
Por ahí daba vueltas una maqueta mostrando cómo quedaría la facu luego de una reforma de la que ya hacía unos años se venía hablando.
Tiempo después fui consejera directiva por el claustro de estudiantes y el tema seguía en el orden del día pero no avanzábamos nada. Recuerdo largas discusiones y negociaciones por la recuperación de espacios como la playa de estacionamiento de Córdoba y Uriburu. Intereses creados, burocracias, acuerdos políticos, etc. se mezclaban con la necesidad, con el proyecto de crecimiento, con la evolución, con el compromiso.
Recuerdo también haber caminado con un par de arquitectos los pisos del edificio central y los del edificio de la rotonda mientras ellos tomaban medidas e ir anotando a modo de relevamiento, vidrios rotos, ascensores inutilizados, goteras y aulas inundadas. Cómo se llamaba la arquitecta? No me acuerdo. De su nombre no me acuerdo.
Junto a tantos otros con quienes compartí el compromiso con la Universidad Pública, soñé con el edificio nuevo. Pero no soñábamos con ladrillos, sino con la dignidad de la educación. No queríamos grandes pasillos, sino el espacio de acceso a la formación. No soñábamos con puertas y ventanas, sino con poner en marcha el motor del progreso. No soñábamos con bancos y pizarrones, sino con el desafío de hacer frente a los cambios que va planteando la sociedad. Nunca soñamos con el arancel para reducir la matrícula y “aprovechar” el espacio existente, sino con la Universidad Pública y gratuita para todos.
Dijo alguna vez Eduardo Galeano algo así como que "la utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar."
Y caminamos... Eran los 90, la época de las relaciones carnales, la fantasía del primer mundo, el consumismo como valor fundamental. Y nosotros éramos unos muchos pocos encendidos que perseguíamos la utopía y decíamos “Vamos a andar!”.
Hoy, más de 20 años después, se inaugura por fin el edificio nuevo. Seguramente de este logro se van a colgar muchos. Los que pusieron la plata, en primer lugar. Los que llegaron ayer a la rotonda, los que pusieron la firma a último momento, los que se sacaron la foto... Pero esto es trabajo de años de una generación que ingresó a la universidad con el regreso de la democracia. Es el anhelo de quienes abrieron nuevamente las puertas de la educación a la población en su conjunto, es el esfuerzo de docentes, graduados, alumnos, no docentes, que luchan día a día por el rol de la universidad en la sociedad. Pero, por sobre todas las cosas, este logro debe ser el orgullo de esa generación, de los que lucharon hasta el final. Debe ser el sabor dulzón en la boca y la paz en el alma por el compromiso llevado a cabo.
Eramos muchos los que soñábamos, dije. Pero, parafraseando a Bertolt Brecht, algunos luchamos por esto un día y fue bueno. Otros luchamos durante un año, y fue mejor. Otros luchamos muchos años, y fue muy bueno. Pero otros, siguieron luchando y lo harán toda la vida. A esos, que son los imprescindibles, les doy las gracias. Gracias por la utopía, gracias por “andar”, gracias por llegar.
sábado, 19 de febrero de 2011
CORDON DEL PLATA
| El cordón del plata visto desde Las Vegas, Potrerillos. |
observo tu belleza infinita.
El verde de arbustos prepotentes,
el sol, entre el gris de tus piedras,
de óxido de hierro el rojo,
y el marrón de tu seca tierra.
Sentada en el declive de tu arrogancia
veo los pliegues de luces y sombras
de estas montañas sin elegancia
que a la fuerza y con afán se empeñan
en albergar sauces, cardos, cortaderas
y altos álamos que el viento frenan.
El atropello de tu carácter, inefable,
burla sequías con rápidos voraces
que lloran historia de traición y conquista,
de libertad y hermandad,
de hombres con pasión e iniciativa,
con coraje y sangre altruista
Adentrados en las nubes
de tus eternos picos nevados,
afloran tus venas, veloces como fieras.
Y con su caudal de lágrimas
riegan y alimentan el valle orgulloso
de esta costilla furiosa de la cordillera.
sábado, 15 de enero de 2011
EN PAMPA Y LA VIA
Me siento cansada, como si me hubiera pasado un tren por encima. Me cuesta moverme. El cuerpo me pesa y no tengo intención de hacer nada. Gastada a los treinta, así me siento.
Creo que hasta la voluntad me falta. No sé si quiero estar acá, acostada, pero no tengo fuerzas para levantarme.
Ya no lo voy a llamar. Puede estar tranquilo.
Estoy flaca, me veo delgada, tengo los pómulos prominentes y me dan impresión mis propias manos. Ni hambre tengo. Si al menos pudiera tener el valor de incorporarme.
Me siento aterida, entumecida y abúlica. Tengo miedo, le temo a este letargo.
No puedo olvidar mis recuerdos, las imágenes del pasado viajan frente a mis ojos. No se detienen en ninguna estación, pero siempre me falta el último párrafo. Quisiera extraviar la memoria. Siento que estoy en una sala de cine, viendo una película de mal gusto sin poder irme de allí. Es un freak en el que todos se ríen de verme llorar y hacer el ridículo.
Debería haber un poco de luz en este cuarto, a ver si el grotesco deja de girar ante mí. Un haz de sol tal vez me ayudaría a reponer energías, pero no tengo ganas de ir hacia la ventana... A dónde están las ventanas?
Sé que viene a verme, pero ya no me interesa, creo que hasta estoy mejor así. Hizo bien en dejarme. No importa con quién esté ahora. Si no es mío no me está traicionando. Y eso es un alivio.
Tengo frío.
Su crónica visita me fastidia, no me deja enterrar su fantasma. Siento sus pasos, sus pisadas arrastradas mientras me ronda. Y su presencia me hunde, me sumerge y naufrago otra vez en esa evocación sin colofón.
Sé que llora. Lo estoy escuchando. Mi mamá le dice que ahora es tarde para llorar. Y quisiera gritarle, pero ni eso puedo hacer. No sé si por extenuación o por impotencia. Por agotamiento o porque ya no vale la pena.
Tengo frío. Tengo los huesos fríos. Mi ropa está húmeda y sucia. Yo estoy sucia. Me quedé con su mugre, con su trampa. Fui su desecho y ahora soy su despojo. Me dejó sucia. No sé cuánto hace que estoy en esta posición. No. No me duele nada, sólo el alma. A veces quisiera llorar, pero ya ni lágrimas me quedan
No sé qué quise hacer. No sé si fue mi intención. Alguien me robó el desenlace. Lo último que recuerdo es el cachetazo que le dí en la esquina de Pampa y Libertador.
Ya no tengo nada, ni siquiera un final. Me cuesta moverme. El cuerpo me pesa. Siento que cargo toneladas de tierra sobre mí.
Por qué todos me traen flores? Me siento cansada, como si me hubiera pasado un tren por encima.
Creo que hasta la voluntad me falta. No sé si quiero estar acá, acostada, pero no tengo fuerzas para levantarme.
Ya no lo voy a llamar. Puede estar tranquilo.
Estoy flaca, me veo delgada, tengo los pómulos prominentes y me dan impresión mis propias manos. Ni hambre tengo. Si al menos pudiera tener el valor de incorporarme.
Me siento aterida, entumecida y abúlica. Tengo miedo, le temo a este letargo.
No puedo olvidar mis recuerdos, las imágenes del pasado viajan frente a mis ojos. No se detienen en ninguna estación, pero siempre me falta el último párrafo. Quisiera extraviar la memoria. Siento que estoy en una sala de cine, viendo una película de mal gusto sin poder irme de allí. Es un freak en el que todos se ríen de verme llorar y hacer el ridículo.
Debería haber un poco de luz en este cuarto, a ver si el grotesco deja de girar ante mí. Un haz de sol tal vez me ayudaría a reponer energías, pero no tengo ganas de ir hacia la ventana... A dónde están las ventanas?
Sé que viene a verme, pero ya no me interesa, creo que hasta estoy mejor así. Hizo bien en dejarme. No importa con quién esté ahora. Si no es mío no me está traicionando. Y eso es un alivio.
Tengo frío.
Su crónica visita me fastidia, no me deja enterrar su fantasma. Siento sus pasos, sus pisadas arrastradas mientras me ronda. Y su presencia me hunde, me sumerge y naufrago otra vez en esa evocación sin colofón.
Sé que llora. Lo estoy escuchando. Mi mamá le dice que ahora es tarde para llorar. Y quisiera gritarle, pero ni eso puedo hacer. No sé si por extenuación o por impotencia. Por agotamiento o porque ya no vale la pena.
Tengo frío. Tengo los huesos fríos. Mi ropa está húmeda y sucia. Yo estoy sucia. Me quedé con su mugre, con su trampa. Fui su desecho y ahora soy su despojo. Me dejó sucia. No sé cuánto hace que estoy en esta posición. No. No me duele nada, sólo el alma. A veces quisiera llorar, pero ya ni lágrimas me quedan
No sé qué quise hacer. No sé si fue mi intención. Alguien me robó el desenlace. Lo último que recuerdo es el cachetazo que le dí en la esquina de Pampa y Libertador.
Ya no tengo nada, ni siquiera un final. Me cuesta moverme. El cuerpo me pesa. Siento que cargo toneladas de tierra sobre mí.
Por qué todos me traen flores? Me siento cansada, como si me hubiera pasado un tren por encima.
martes, 11 de enero de 2011
AYER NOMAS...
Ayer nomás, papá me estaba cantando tu “Canción del jacarandá”. Aún tengo su voz joven grabada en mi cuarentón corazón de niña.
Ayer nomás, la señorita Silvia nos invitaba a tomar el desayuno en el jardín al son de la “Canción de tomar el té”.
Ayer nomás, me levantaba temprano para ir a la escuela y escuchaba en la radio a Magdalena, desayunando con la “Canción del correo”, la “Canción del estornudo” o “El show del perro salchicha”.
Ayer nomás, intentaba aprender a tocar la guitarra, y aún recuerdo mi primera clase en Re mayor y dominante de Re, la “Canción de Títeres”, y la lección para toda la vida me caigo, me caigo, me voy a caer, si no me levantan, me levantaré.
Ayer nomás, tomaba la merienda en compañía de “Doña Disparate y Bambuco” volcando la leche carcajada de por medio.
Ayer nomás, pasábamos una noche completa con mi prima muy chiquita cantando “Manuelita” y ella pidiendo “de buevo” eternos bises de medialengua.
Ayer nomás, adolescente y efervescente, con la democracia recuperada en un puño me llenaba la boca con tu “Balada de Cómodus Viscach”, porque era época de diferenciarse de quienes comieron tierra para que no se los coman crudos. Con “La canción de caminantes”, porque ya no había guerra, pero seguía la lucha. Y recibía a tanto sobreviviente volviendo de esa guerra, cantando al sol “Como la cigarra”. Y pedía con tu “Oración a la justicia”, que la señora de ojos vendados se quitara la venda para ver tanta mentira.
Ayer nomás, iba al cine a ver la Historia Oficial, y a llorar “El país de no me acuerdo”, para no olvidarlo jamás.
Ayer nomás, estaba embarazada de Ezekiel y acariciaba la panza casi susurrando tu “Canción de la vacuna”. Y resultó ochomesino. Y lo cuidamos entre la piel y la camisa durante días, con el mismo son. Y cuando estuvo en casa, y tenía cólicos o angustia, se calmaba cuando escuchaba apenas decir el brujito de Gulubú.
Ayer nomás, nacía nuestro segundo hijo, Joakim, y un erróneo diagnóstico de hipoacusia nos tuvo en vilo un par de meses y le cantábamos “El reino del revés” de una lado y otro de su cuna, a ver si giraba la cabeza según quién cantaba.
Ayer nomás, estaba leyendo en un blog amigo tu defensa de la “ñ” que también es gente.
Y hace un minuto nomás, como lo hago todas las noches, dormí a mis niños, tan chiquitos como lo era yo cuando llovían flores del jacarandá, con la "Canción de bañar a la luna”. Y aún estoy llorando.
Gracias, María Elena, por haber acompañado mi vida, de punta a punta, para jugar, para reír, para soñar, para crecer.
Hasta siempre.
Ayer nomás, la señorita Silvia nos invitaba a tomar el desayuno en el jardín al son de la “Canción de tomar el té”.
Ayer nomás, me levantaba temprano para ir a la escuela y escuchaba en la radio a Magdalena, desayunando con la “Canción del correo”, la “Canción del estornudo” o “El show del perro salchicha”.
Ayer nomás, intentaba aprender a tocar la guitarra, y aún recuerdo mi primera clase en Re mayor y dominante de Re, la “Canción de Títeres”, y la lección para toda la vida me caigo, me caigo, me voy a caer, si no me levantan, me levantaré.
Ayer nomás, tomaba la merienda en compañía de “Doña Disparate y Bambuco” volcando la leche carcajada de por medio.
Ayer nomás, pasábamos una noche completa con mi prima muy chiquita cantando “Manuelita” y ella pidiendo “de buevo” eternos bises de medialengua.
Ayer nomás, adolescente y efervescente, con la democracia recuperada en un puño me llenaba la boca con tu “Balada de Cómodus Viscach”, porque era época de diferenciarse de quienes comieron tierra para que no se los coman crudos. Con “La canción de caminantes”, porque ya no había guerra, pero seguía la lucha. Y recibía a tanto sobreviviente volviendo de esa guerra, cantando al sol “Como la cigarra”. Y pedía con tu “Oración a la justicia”, que la señora de ojos vendados se quitara la venda para ver tanta mentira.
Ayer nomás, iba al cine a ver la Historia Oficial, y a llorar “El país de no me acuerdo”, para no olvidarlo jamás.
Ayer nomás, estaba embarazada de Ezekiel y acariciaba la panza casi susurrando tu “Canción de la vacuna”. Y resultó ochomesino. Y lo cuidamos entre la piel y la camisa durante días, con el mismo son. Y cuando estuvo en casa, y tenía cólicos o angustia, se calmaba cuando escuchaba apenas decir el brujito de Gulubú.
Ayer nomás, nacía nuestro segundo hijo, Joakim, y un erróneo diagnóstico de hipoacusia nos tuvo en vilo un par de meses y le cantábamos “El reino del revés” de una lado y otro de su cuna, a ver si giraba la cabeza según quién cantaba.
Ayer nomás, estaba leyendo en un blog amigo tu defensa de la “ñ” que también es gente.
Y hace un minuto nomás, como lo hago todas las noches, dormí a mis niños, tan chiquitos como lo era yo cuando llovían flores del jacarandá, con la "Canción de bañar a la luna”. Y aún estoy llorando.
Gracias, María Elena, por haber acompañado mi vida, de punta a punta, para jugar, para reír, para soñar, para crecer.
"Enciendansé, las nuevas luces del viejo varieté, puede volver..."
Hasta siempre.
viernes, 31 de diciembre de 2010
BRINDIS 2011
En pocas horas estaremos despidiendo el año y la década. La primera del siglo. En pocas horas estaremos chocando cristales para archivar lo que fue y desear el porvenir. Así pues, al levantar mi copa brindo por el 2010.
Brindo por el verano, por las sosegadas vacaciones en Mardel con Ricky Fort en la playa de al lado.
Brindo porque no haya más DNU como los que removieron a Redrado ni superpoderes para vaciar el Estado.
Brindo por la memoria de Sandro y por la de Kirchner. Por el respeto que merece un presidente de la democracia, porque le pongan su nombre a una calle y no lo beatifiquen.
Brindo porque Cerati regrese a estar con nosotros y porque a Massera lo persiga en su tumba por siempre la memoria de todos nuestros muertos. Por la condena de Videla y porque no venga nadie luego con una amnistía porque le da pena.
Brindo porque la Tierra nos perdone el maltrato y ya no tome venganza con pueblos como el haitiano. Porque ya no se sacuda y si lo hace no tenga en vilo a treinta y tres familias y a todo el planeta llorando con el rescate y por la amante descubierta.
Brindo por los ovarios que aportó Julieta a nuestra familia, por sus cachetes y por las caricias de sus manitas.
Brindo por las lágrimas derramadas en marzo al ver a mi nene grande entrar a primer grado. Brindo también por mi hijo chiquito, mi morochito del alma, que dejó sus pañales. Se lo agradece el presupuesto aunque me haga dar cuenta que ya bebé no tengo.
Brindo por el Bicentenario, por la gran convocatoria, por ver la gente en las calles esta vez sin cacerolas en mano.
Brindo por el mundial que no ganamos, por Maradona y por los que la siguen mamando. Porque Messi se acuerde que es argentino, y porque las plegarias que hicimos sirvan para pagar los LCD que adquirimos.
Brindo por el matrimonio igualitario, porque sigan existiendo las diferencias, la libre elección, la no discriminación ni de sexo, ni de etnias.
Brindo por el baño que no renovamos y el auto que no cambiamos. Por los muebles para los hijos y la carpa que nos compramos.
Brindo por los números, por los del Indec, por los índices paralelos, por los de la ANSES, por la sensación térmica y por los de mi cuenta bancaria.
Brindo por internet, por la vida 2.0, por los amigos con los me contacta y por el tiempo que me saca. Por la licencia de Fibertel anulada y por Arnet que me vende un paquete y dice que no me cobra nada.
Brindo entonces por Mente Literata, que me colma de emociones, por los dos post que publicó Oblogo y por todos los que leen y comentan.
Y por Ella & Mi, que me invade de sonrisas, que crece casi sin que se lo pida y que empieza el 2011 pidiendo pista.
Brindo por las garantías constitucionales, para que el derecho de peticionar a las autoridades sea sin violencia, pero que sea escuchado. Para que ya nadie tenga que pedir por su vivienda, ni por salud, ni educación. Porque los deberes del estado sean responsabilidades y no objeto de disputa electoral.
Brindo por la Sudamericana, por jugar la Libertadores, y por el apertura no brindo porque no se me da la gana.
Brindo también por mis sobrinos egresados, Luchito de preescolar y María Luz de séptimo grado. Por Pedro, que cumple con la década, para que le duren muchos años los abrazos de oso antes de que le de vergüenza. Porque Alejo me diga “tía Adri te quiero”, de corrido y en castellano, o que me alcance el sueldo para un curso de coreano.
Y llenemos otra vez la copa, que brindo por el 2011.
Brindo por las elecciones que vienen por Ricardo Alfonsín y porque regresen los valores.
Brindo por los diez años que cumple la libreta roja en agosto, porque lo celebremos como siempre, juntos, con amor, comprensión, sexo y admiración.
Brindo por mi familia, por mis amigos, porque deseemos poco y estemos todos.
Brindo por Independiente, por el orgullo, por la camiseta, por la memoria y por otra vuelta en la cancha nueva.
Brindo por el jefe recién estrenado, por el ascenso y porque valga la pena un nuevo proyecto, que sea exitoso y se refleje en el sueldo.
Brindo por un país que, en definitiva sea feliz. Por un suelo en el que nuestros nietos tengan futuro.
Brindo por mí, por vos, por nosotros. Por los que ya no están pero estarán siempre.
CHIN CHIN
Brindo por el verano, por las sosegadas vacaciones en Mardel con Ricky Fort en la playa de al lado.
Brindo porque no haya más DNU como los que removieron a Redrado ni superpoderes para vaciar el Estado.
Brindo por la memoria de Sandro y por la de Kirchner. Por el respeto que merece un presidente de la democracia, porque le pongan su nombre a una calle y no lo beatifiquen.
Brindo porque Cerati regrese a estar con nosotros y porque a Massera lo persiga en su tumba por siempre la memoria de todos nuestros muertos. Por la condena de Videla y porque no venga nadie luego con una amnistía porque le da pena.
Brindo porque la Tierra nos perdone el maltrato y ya no tome venganza con pueblos como el haitiano. Porque ya no se sacuda y si lo hace no tenga en vilo a treinta y tres familias y a todo el planeta llorando con el rescate y por la amante descubierta.
Brindo por los ovarios que aportó Julieta a nuestra familia, por sus cachetes y por las caricias de sus manitas.
Brindo por las lágrimas derramadas en marzo al ver a mi nene grande entrar a primer grado. Brindo también por mi hijo chiquito, mi morochito del alma, que dejó sus pañales. Se lo agradece el presupuesto aunque me haga dar cuenta que ya bebé no tengo.
Brindo por el Bicentenario, por la gran convocatoria, por ver la gente en las calles esta vez sin cacerolas en mano.
Brindo por el mundial que no ganamos, por Maradona y por los que la siguen mamando. Porque Messi se acuerde que es argentino, y porque las plegarias que hicimos sirvan para pagar los LCD que adquirimos.
Brindo por el matrimonio igualitario, porque sigan existiendo las diferencias, la libre elección, la no discriminación ni de sexo, ni de etnias.
Brindo por el baño que no renovamos y el auto que no cambiamos. Por los muebles para los hijos y la carpa que nos compramos.
Brindo por los números, por los del Indec, por los índices paralelos, por los de la ANSES, por la sensación térmica y por los de mi cuenta bancaria.
Brindo por internet, por la vida 2.0, por los amigos con los me contacta y por el tiempo que me saca. Por la licencia de Fibertel anulada y por Arnet que me vende un paquete y dice que no me cobra nada.
Brindo entonces por Mente Literata, que me colma de emociones, por los dos post que publicó Oblogo y por todos los que leen y comentan.
Y por Ella & Mi, que me invade de sonrisas, que crece casi sin que se lo pida y que empieza el 2011 pidiendo pista.
Brindo por las garantías constitucionales, para que el derecho de peticionar a las autoridades sea sin violencia, pero que sea escuchado. Para que ya nadie tenga que pedir por su vivienda, ni por salud, ni educación. Porque los deberes del estado sean responsabilidades y no objeto de disputa electoral.
Brindo por la Sudamericana, por jugar la Libertadores, y por el apertura no brindo porque no se me da la gana.
Brindo también por mis sobrinos egresados, Luchito de preescolar y María Luz de séptimo grado. Por Pedro, que cumple con la década, para que le duren muchos años los abrazos de oso antes de que le de vergüenza. Porque Alejo me diga “tía Adri te quiero”, de corrido y en castellano, o que me alcance el sueldo para un curso de coreano.
Y llenemos otra vez la copa, que brindo por el 2011.
Brindo por las elecciones que vienen por Ricardo Alfonsín y porque regresen los valores.
Brindo por los diez años que cumple la libreta roja en agosto, porque lo celebremos como siempre, juntos, con amor, comprensión, sexo y admiración.
Brindo por mi familia, por mis amigos, porque deseemos poco y estemos todos.
Brindo por Independiente, por el orgullo, por la camiseta, por la memoria y por otra vuelta en la cancha nueva.
Brindo por el jefe recién estrenado, por el ascenso y porque valga la pena un nuevo proyecto, que sea exitoso y se refleje en el sueldo.
Brindo por un país que, en definitiva sea feliz. Por un suelo en el que nuestros nietos tengan futuro.
Brindo por mí, por vos, por nosotros. Por los que ya no están pero estarán siempre.
CHIN CHIN
martes, 28 de diciembre de 2010
SIN SOMBRERO
Un cuento de Navidad para mis hijos, y para todos los que creen
que es un tiempo de esperanza.
Está terminando diciembre. Hace mucho calor. Se levantó temprano para llevar el desayuno a los siete niños que viven bajo el puente. Con su rostro blanco, casi transparente, les entregó la leche y un budín casero horneado anoche. De su boca pequeña y franca brotan pocas palabras, pero su sonrisa es sincera y elocuente.
Se alejó a paso lento, con su largo y liviano vestido al viento, con el pintoresco sombrero hongo aprisionando su largo cabello sutilmente rubio. Caminando por las calles como si fuera abstracta, pasó el resto de la agobiante mañana retirando ropa que había mandado a remendar y zapatos que encargó arreglar. A mediodía ya no podía cargar más bolsas en sus delgados brazos. Pasó por su casa, dejó los fardos tras la puerta y siguió andando bajo los rayos poco amigables del sol de verano.
Recorrió varios negocios juntando cajas de cartón y agradeciendo que estuvieran limpias dejaba un cantarín saludo de navidad a cambio. Etérea, a pesar del sofocante andar, entró a una mercería y consiguió varios rollos de cinta roja.
Regresó a su hogar y, sin entrar a la casa, tomó las bolsas y sobre el pasto del jardín comenzó a distribuir en las cajas ropa, zapatos y unos pocos juguetes. Cerró las cajas con cinta roja y las cargó en dos grandes carros. Fue hacia la cocina y salió de ella con un par de bolsas con pan dulces que ella misma había preparado.
Cansada, pero aún con la sonrisa, miró hacia el cielo a tiempo para saludar a la primera estrella y se dirigió con los carros hacia el bajo. Unas veinte cuadras la separaban del barrio más humilde de la zona.
Al llegar, unos pocos que la conocían la saludaron. A ellos les entregó las cajas y a unos niños que se acercaron les encargó distribuir los pan dulces. Abrazó a los más pequeños y, sin sacarse el sombrero hizo un gesto a todos y se fue caminando despacio, como para descansar las ampollas que tenía en los pies.
Entró a su casa y sin encender la luz tomó mucha agua. Se sentó luego en el costado de su cama, abrió la ventana y mirando a la misma estrella que antes, se quitó el sombrero, acomodó su aureola sobre el cabello y dijo con un hilo de voz: “Gracias y Feliz Navidad”.
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