viernes, 14 de agosto de 2009
DOS PAJAROS DE UN TIRO
Yo pensé que me tomaba el pelo. Literalmente. Cada vez que yo decía algo en voz alta, seguía su comentario:
- Te voy a llevar a mi casa para que me apuntes. Yo tendría que contestar así.
- Ves? Así hay que ser. La piba tiene las cosas claras.
La miraba como quien ve pasar un bondi que no va a tomar y seguía mi camino. Me molestaban un poco sus frases. No. No me molestaban. O sí. Bueno, no sé. Creo que me divertía. No teníamos mucho trato, pero era casi una cómplice neuronal. Se sentaba del otro lado del piso. Del lado del jefe. Sí. Era divertido. Antes, algunas de mis ácidas palabras quedaban boyando en el éter. Ahora tenían respuesta, pero no podía descifrar si era por compinche o me burlaba en la cara.
Un día no estuvo más. Un día. Dos días. Tres días. Una semana. Y, viste, feo lo que le pasó. Así me dijeron. Feo. Está internada. Terapia. Ah, pobre. Dos semanas. Tres. Está mejor. Sí, parece que se recupera, eh?
Y se recuperó. Ahí me enteré. Un poco me enteré. Cosas que se comentan cuando todo ya pasó. Y entonces te cuentan. A medias, pero te cuentan.
Y después hubo una serie de cambios. En el trabajo. Y la pasaron de mi lado del piso. Atrás de una columna. Buena música, ponete a Clapton.
- Cruzo a comprar comida, alguien quiere algo?
- Traje de casa. Empanadas. Las hice yo. Compartimos?
Y después hubo una serie de cambios. En la vida. No sabía que fumaba. Tampoco que escribía. Sí que tenía una hija y muy linda. Le conté que escribía y me fui de vacaciones. Me fui con una amiga. No, no. Me fui con mi familia, en el auto. Pero con una amiga en el corazón.
Parece que es de toda la vida. Somos tan distintas. Somos tan parecidas. Es mi cómplice, casi mi secuaz. Mi contrapunto de escritorio y mi lectora adepta. Soy su fanática y su lectora adepta. Me lee la mente y arma frases para que las termine. Nos reímos de cosas que no causan gracia y lloramos de la risa. Caminamos. Tomamos vino por facebook y viajamos juntas en sms.
Y nos cambiaron de escritorio. Sí, otra vez. Pero ahora sin columna. Ahora nos vemos las caras. Ahora que ya no hace falta, nos vemos las caras. Buena música, ponete a La Varela. Dale. Alma de Loca.
No trabajamos juntas. Bueno, sí. Juntas físicamente. No sé ni qué hace. Pero somos amigas. El trabajo fue una excusa. O un Kinder sorpresa. Tomamos mate. No, en la oficina no. En casa o en su casa. Vamos al teatro. Hablamos por teléfono. Es rara. No, no. Mi amiga no es rara. La relación es rara porque parece que nos conocemos desde chiquitas. Es rara. Mi amiga. Mi amiga también es rara. Debe ser porque somos parecidas. Somos distintas. Por eso somos amigas. Como Thelma y Louise. Raras por distintas, no por especiales. O sí, especiales. Ezpeziales.
Ahora se va a operar. Porque es rara. No, la operación no. Mi amiga es rara. La operación es común. Estética. Creo que está cansada de que la miren como bicho raro, entonces va a hacer algo para que la miren de otra forma. O con otra forma. O con más forma. Por eso digo que es rara. Porque no es un bicho y raros somos todos. El punto es que algunos lo reconocemos y otros no. Igual, le van a quedar bien. Ahora va a ser más rara porque le ponen pero no le sacan. No, no. Del mismo lugar no. Digo que no le sacan nada de la cabeza. Entonces va a ser más rara que antes. Somos parecidas. No, no. Yo no me hice las lolas. Somos distintas. Por eso somos amigas. Como Huckleberry Finn y Tom Sawyer.
Se toma vacaciones, obvio. La voy a extrañar. No, no. A mi amiga no, si nos vamos a ver. La música, digo. La voy a extrañar. Ponete la de los viernes. No, mejor, hoy pongo yo. Buena música, pongo algo de Serrat o de Sabina. O de los dos. Dos pájaros de un tiro.
martes, 21 de julio de 2009
OTRO JULIO
Con la naturalidad que vuela un ave
hoy cuento cuatro
como si fuera ayer que entregabas la llave.
Tengo la magia de tu olor en la cocina
blues, tango, jazz
tu sencillez y entrega, mi forma de vida.
Tengo fotos, tengo muchos libros
y tu ausencia,
escolta muda de un gran vacío.
Tengo recuerdos, nostalgia silente,
mucha bronca y
mil proyectos boyando en mi mente
La niñez dulce sobre tus hombros,
mis preguntas
y todas tus respuestas, sin rezongo.
La adolescencia tenaz y rebelde,
consejero,
eterno padre, férreo, paciente.
La mujer, hembra y aún hija bravía
que te pierde
siendo madre de vientre recién nacida.
Cuatro años crueles enumero luengos,
tan amargos,
aciagos, como ningún otro momento.
Tanto tengo, tanto diste, que aunque faltes
otro julio
atesoro tu voz discurriendo como antes.

lunes, 20 de julio de 2009
FELIZ DIA DEL JUANETE
El 20 de julio de 1974 nació mi hermana. Yo tenía casi 6 años y ni idea de que alguien había despachado 1000 cartas por el mundo esperando respuesta a propósito del alunizaje.
La historia del día del amigo empezó a tener sentido para mí cuando mis compañeras del colegio se querían juntar a festejar algo el día del cumpleaños de mi hermana. Qué poco criterio, no?
Yo ya tenía mi propio festejo y a mi hermana de unos siete u ocho años preguntándose por qué todos recibían regalos si ese día era SU cumpleaños. Suerte que mi hermana es mi mejor amiga.
Pasada mi adolescencia, empecé a darme cuenta de que las fechas como el Día del Amigo que se han vuelto fechas comerciales, poco me interesaban y que el 20 de julio fuera fecha ocupada era una gran excusa para no tener que explicar a mis amigos que no me gustaba ese festejo. Amigos somos todo el año, no?
Días pasados almorzaba con una amiga –de las muy buenas- y había en el restaurante ofertas varias para este lunes. Obvio, no sólo es el día del amigo sino una gran oportunidad para levantar las ventas en épocas de la gripe porcina. Lógicamente la conversación giró entonces alrededor del tema. Ella tampoco se junta el día del amigo, pero no tiene ninguna excusa válida, pobre. Su tema es que no tiene un único grupo de amigos y que entre sí, los diferentes grupos, no se conocen y tienen poco en común.
Y no es cosa rara. No creo que haya muchos viviendo en tribus exclusivas hoy en día. Y me imaginaba un festejo saliendo con los amigos del grupo J. A los otros amigos les tocará otro año, quizás.
Entonces elegimos un restaurante en Puerto Madero, Palermo Soho, Cañitas, San Telmo... Algún lugar que tenga fácil acceso para TODOS los del grupo que no vivimos en el mismo edificio.
Cola para entrar, aún con reserva. Un metro de distancia entre los de la fila. La mitad de las mesas dentro del local. Costumbres nuevas en épocas de la Influenza A. Luego de una hora afuera, en julio, adentro aparece el fotógrafo, que nos vende la hermosa oportunidad de retratar el encuentro con amigos. Los del grupo J. Mientras tanto, mis amigos del grupo T, me mandan SMS que contesto durante la cena, y me recuerdan que ellos están cenando también y que si quiero puedo ir a tomar un café luego. También me llaman mis amigos del grupo M, llamadas que contesto entre la comida y los SMS del grupo T. Ellos se encuentran después de cenar para tomar algo. “Venite si podés”.
Mientras tanto, a cada uno de mis amigos J, les llegan SMS y llamadas igual que a mí.
Cuando me quiero acordar, viene la responsable de Relaciones Públicas del restó y nos ofrece el catálogo de obsequios para agasajarnos mutuamente en un día tan especial. Y mientras ella habla, caigo en la cuenta de que no pudimos articular conversación alguna y ya nos estamos yendo. Feliz día del amigo. Que bueno encontrarnos. A ver si lo hacemos más seguido.
Volviendo de mi escape mental a la mesa del almuerzo, la miro a mi amiga y le digo:
- Ves? Es puro comercio. La idea es llenar el restaurante, vender más pulsos en llamadas a celulares o en sms, invadir los escaparates con baratijas alusivas...
- Mmmm Uhm...
- Parecés mi psicóloga... Lo que digo es que es el día del amigo como podría haber sido el día de la luna. Igual que el día del niño. Cuando yo era chica era el primer domingo de agosto, pero parece que se vendía poco, porque no todos habían cobrado el sueldo si el primer domingo era 2 de agosto... entonces, como lo importante no son los niños, sino vender, ahora es el segundo domingo, entendés?
- Ajá
- Te voy a terminar pagando la sesión a vos... Es lo que te digo. Mirá, podríamos festejar otra cosa y vas a ver que nadie se prende, porque no vende. No te digo el día del arquero, que antes era el día que jamás iba a llegar, porque ahora que el fútbol es negocio y nada más, hasta los arqueros tienen día... Pero hagamos el “día del juanete”, por ejemplo.
- Me gusta...
- Ah... sabías alguna palabra más... Claro. Por qué los juanetes no tienen día? Mirá que los recordamos seguido, eh? Algunas personas se deben acordar más seguido de los juanetes que de los amigos. Podríamos armar carteles alusivos, con fotos de distintos tipos de juanetes... Diseñar tarjetas electrónicas y enviarlas a quienes los sufren y a los que no, para que se prevengan y no usen zapatos en punta y con taco fino...
- Seeeeee... nos hacemos unas musculosas con la inscripción “FELIZ DIA DEL JUANETE” y pasamos por las mesas para que se saquen una foto de recuerdo.
- Claro... y vamos a Recursos Humanos y les damos la idea para que pongan stickers en las computadoras y manden un mail alusivo con la frase “NO HACE FALTA QUE TE PONGAS EN LOS ZAPATOS DEL CLIENTE... SENTITE COMODO EN LOS TUYOS. FELIZ DIA DEL JUANETE”.
Lindo almuerzo. Suerte que estaba con una amiga, festejando que lo somos, como cada vez que me encuentro con alguno de mis muy buenos amigos.
A cada uno de ellos, feliz día, hoy y todo el año. Los quiero mucho. A mi amiga del almuerzo, gracias por la risa y por compartir la idea del juanete. A mi hermana y amiga, en SU día: FELIZ CUMPLEAÑOS.
domingo, 5 de julio de 2009
MAKE UP
Sube en la estación Rivadavia del Mitre a las 7:15. Es alta, imponente. Todo en ella dice “acá estoy”. Es alta, y usa tacos muy altos. Hay que empezar a mirarla desde abajo. Se la recorre con la vista y parece que no termina nunca. Hoy lleva botas negras de caña alta y una pollera larga que tapa la mitad de las botas. La pollera tiene personalidad, marca el paso con el ruedo y decide el quiebre de cintura oponiéndose a la cadera. En el torso, una blusa negra con encajes y transparencias. Mangas siete octavos. Pulseras. Muchas pulseras. Se agarra del asiento del tren y todos escuchan su mano. Está bronceada, muy bronceada. De su brazo izquierdo cuelga la cartera, casi un bolso. Parece el baúl de Mary Poppins. En el antebrazo lleva, doblada, su campera. Es un abrigo de pana, enorme como ella, con alamares de cuero con cordón de seda. Marrón. Tiene capucha. La capucha tiene un ribete simil piel de nutria que juega un molesto “el aire es libre” con la cabeza calva del señor que ocupa el asiento del pasillo. Estación Belgrano C.
Acomoda su espeso pelo negro y casi se hace la distraída cuando se levanta la señora de su derecha para bajar. Toma el asiento y con una suerte de grandilocuentes malabarismos acomoda los petates en su falda. Abre la cartera y saca un gran neceser de cosméticos. Tiene un espejo que resulta diminuto entre sus dedos y comienza por las pestañas. Las arquea con rimel negro, le quedan espesas, grumosas y largas. Lisandro de la Torre.
Aprovecha el cese del movimiento para repasar las pestañas inferiores. Mira a los nuevos pasajeros como si buscara a alguien, pero no lo encuentra. Con un cisne gastado y manchado aplica rubor marrón, terracota, sobre sus pómulos, mentón, nariz y frente. Aplica tal cantidad y con tal energía que puede verse el polvo en el aire. Se mira en el espejo. Está conforme. Toma un delineador de labios y agranda los suyos sustancialmente. Cambia el delineador por un lápiz labial color canela, pastoso, brillante. Lo aplica con ganas, en abundancia. Aprieta los labios con un movimiento rítmico, como si se besara a sí misma, y se mira en el espejo haciendo muecas a ambos lados. Guarda el labial, cierra el neceser y lo acomoda en su cartera. Aún con el espejo en la mano, encuentra un peine pequeño. Se mira el flequillo y pasa el peine por el borde. El peine no, el canto del peine. Como si quitara el excedente de un recipiente para que quede al ras. El canto del peine. Mueve el espejito y la cabeza mirando toda su cara por zonas.
El tren disminuye la marcha. Mira por la ventanilla. Todos sus gestos son exagerados. Cada vez que se mueve perfuma el vagón. Tiene un olor dulce, penetrante. Retiro.
Se acomoda en el asiento, como si fuera a seguir sentada. Guarda el espejo en un bolsillo de la cartera, la cuelga de su hombro, pasa el brazo izquierdo por el doblez de la campera y, antes de pararse, dispone los pliegues del pañuelo que lleva al cuello, para asegurarse de ocultar su nuez de Adán.
sábado, 13 de junio de 2009
VULNERABLE
Es otoño. Y no le gusta. Cada año es una experiencia dolorosa. Los días se hacen notoriamente más cortos, y no se va a acostumbrar a ello hasta que empiecen a ser más largos. El día tiene la misma cantidad de horas, explica, pero con menos sol se pueden hacer menos cosas.
En abril ya está cansada, no tiene tiempo, dice, tiene el mismo tiempo, pero en otoño no le alcanza. Es el preludio, piensa, el principio de la decadencia. Las flores se marchitan, las hojas se secan, los colores se apagan. Hace frío. Hace calor.
- En esta época una no sabe qué ponerse.
Cuando hay viento, hay ruido, pero no es el ruido del viento, son las hojas que crujen, es el sonido de la ruptura, de la vejez, de la pérdida. En las esquinas, los remolinos duelen, las veredas parecen quejarse por esa caricia áspera y urgente.
Y a ella también le duele. Está contracturada, duerme mal. En otoño duerme encogida.
- Es que hace calor para la frazada, pero con la colcha finita se ve que de madrugada siento frío.
Le duele la espalda, el cuello, la cabeza. El médico le dijo que es nervioso, que se tiene que relajar, que tome vacaciones. Cómo va a descansar con todas las responsabilidades que tiene!!!
Fue al traumatólogo. “Es postural”, le dijo, seguro que se sienta mal, tiene que estar menos frente a la computadora. Pero si es su trabajo!!!!! Ella no es profesora de gimnasia, en la oficina tiene que estar tras el escritorio.
El kinesiólogo le indicó unos ejercicios que la pueden ayudar. Rotar la cabeza hacia adelante de izquierda a derecha y luego al revés, pasando el mentón lo más cerca posible del esternón. “Si al menos fuera verano”, especula. En otoño la ropa empieza a molestar, los cuellos, las capas de ropa. Además no tiene ganas. En verano todo invita a hacer cosas nuevas, pero en otoño... De sólo pensar que tiene que hacer algo más se siente agitada.
Tiene tanto para hacer y los días ahora son tan cortos...
Varias veces tuvo taquicardias y una punzada en el pecho, un malestar raro, como si la angustia doliera.
El electro le dió bien. El cardiólogo dice que es nervioso, que respira mal porque está nerviosa y el diafragma se mueve a un ritmo inusual y que como el diafragma en definitiva es un músculo, cuando se agita, genera ácido láctico y duele, como a un deportista le duele una pierna o un brazo. Es el músculo. Le dijo que se haga tiempo para leer un buen libro.
Tiempo. Tiempo es lo que no tiene. Y cuando piensa en cómo resolver todo, se siente mal.
Qué te duele?, le preguntan. Nada le duele, o todo. Se siente agobiada. Pero ella puede, lo que pasa es que como cambiaron el horario, adelantaron la hora y el día rinde menos. Y esta humedad... Le cuesta respirar. Y viajar. En otoño la gente sale abrigada y después vuelven con las camperas en la mano. La empujan en el colectivo, en el subte.
- La gente está loca, ya no hay respeto, la gente no tiene valores, ni siquiera piden disculpas.
Cómo va a dormir relajada!! Y con esas contracturas... No encuentra posición para dormir y como no se siente bien, piensa. Piensa que no puede sentirse mal, que tiene muchas cosas que hacer y a medida que lista mentalmente sus “to do” se pasa la mano por la cara. Por el lado izquierdo de la cara. Tiene como un hormigueo en la mejilla y le late el ojo. El neurólogo le dijo que se quede tranquila, que sus reflejos están perfectos. Le hicieron un electroencefalograma y potenciales evocados porque ella insistía en que algo no estaba bien. No podía ser estrés, si ella fue siempre igual, siempre corrió de un lado para otro, si ahora se siente mal es porque algo está mal. Ella no. Algo en el cuerpo, algo que ella no controla.
La psiquiatra le recetó Rivotril.
- Te va a ayudar, es un ansiolítico liviano. El cuerpo a veces te pasa factura, viste? Lo que tenés es una crisis de ansiedad.
No entendió. Uno se pone ansioso cuando espera lograr algo y eso se demora o no llega. Eso no le pasa. Si ella consigue lo que se propone, lo que pasa es que la gente no la entiende, es que no la pueden seguir. Hay gente que pierde el tiempo y a ella no le alcanza. En otoño no le alcanza. Eso pasa. Igual tomó el Rivotril. Hasta que se le terminó la caja. No volvió a la psiquiatra. Además el
Rivotril no le hizo nada. Tenía razón, no era ansiedad.
El homeópata le explicó que a veces, se produce un desorden, un desequilibrio interno, que ella no tenía ninguna enfermedad, que eran síntomas. CLARO!!! Síntomas. Eso suena razonable. Le dio unos globulitos y le explicó que se trataba de algo lento. Que estaba seguro de que esa era su medicación, pero que quizás hubiera que ajustar la dinamización, y también le explicó que era eso. Los síntomas siguieron, pero eso eran: síntomas. Ella los controla y listo, no necesita volver al homeópata.
Y este año está peor. El otoño está peor. Los días son raros. Es junio y a veces hace tanto calor... Se toca el pecho, se ahoga con esta humedad. Debe haber baja presión, razona, y sigue. Tiene tantas cosas para hacer... Siente una ambulancia y mira por la ventana. Lindo atardecer, piensa. En otoño los paisajes tienen unos colores hermosos, mezcla de amarillos, ocres, naranjas, marrones, algunos verdes secos. Parece un cuadro de Monet. Son las cinco y parece tan tarde. Los días son tan cortos... Parece que la naturaleza le mostrara que hay cosas que no puede hacer. Por eso no le gusta el otoño. Se siente vulnerable.
jueves, 11 de junio de 2009
TRABAJO SOCIAL
I
La vi desde la esquina. Sentada en la vereda, la cabeza cubierta por un pañuelo clavaba la vista de párpados bajos en las baldosas transitadas del microcentro porteño. Ante la ejecutiva indiferencia de la city acunaba a una criatura con pañales sucios y acariciaba, entre moneda y moneda, el cabello del niño que jugaba a su lado con piedras pequeñas.
La vi desde la esquina y pensé que sería un buen punto para mi trabajo de investigación. Caminé lento, tratando de captar todos sus movimientos, sus gestos. Grabé en la retina los colores de su ropa, los agujeros de su pollera, las arrugas de la injusticia, la curvatura de sus dedos pidiendo ayuda.
Me detuve unos pasos antes de pasar por delante suyo e hice tiempo encendiendo un cigarrillo. Cada tanto, alguien desde su erguida superioridad, arrojaba dinero a su lado. Sus ojos, fijos en el dibujo de las baldosas. Antes de avanzar, busqué una moneda en el bolsillo del pantalón. Caminé hacia donde estaba sentada la mujer y al llegar a su lado me agaché y puse veinticinco centavos en su mano.
Hizo un sólo movimiento. Cerró los dedos y retuvo los míos junto con la moneda. Con la misma celeridad y automatismo que decía a otros “Dios lo bendiga”, me dijo:
- Usted me estaba mirando. No se ocupe de mí... Salve a mis hijos
Cuando me incorporé sentía que aún tenía mi mano entre sus dedos sucios, flacos y pegajosos. Sin voltear, metí las manos en los bolsillos del pantalón y froté la izquierda contra la tafeta interna. Metí las dos manos en los bolsillos. Para disimular. Para disimular el asco de los dedos cansados, firmes y amorosos de esa “madre-objeto-de-mi-trabajo-de-investigación”.
Con las palmas aún en los bolsillos y los hombros tiesos, pegados a las orejas, apreté el cigarrillo entre mis labios y aspiré hasta ver su extremo colorado y seguir con la mirada la ceniza que caía. Con la mano derecha fuera de su escondite, saqué el vicio de mi boca y caminé lento, pensando en esa mujer. Su voz caminaba por mi cabeza y enredaba mis pensamientos... “Salve a mis hijos...” Qué tenía que hacer? Sólo buscaba información para una investigación de trabajo social... “Salve a mis hijos...”
Días después volví al centro para hacer unos trámites. Fui por el mismo camino y la encontré. La vi desde la esquina. Sentada en la vereda, la cabeza cubierta por el pañuelo clavaba la vista de ojos cerrados en las baldosas de todos los días. La criatura de pañales sucios tenía su pezón derecho en la boca y el niño que jugaba con las piedras miraba la teta que tiempo atrás lo alimentara.
No me detuve esta vez antes de llegar a ella. Caminé sin vacilar e intenté copiar los inertes gestos almidonados de Corrientes y Reconquista. Pasé como apurado por su lado salteándome un paso para dejar caer una moneda en su mano desde la altura de mi cuerpo erguido. Como si fuera la sombra del anterior samaritano, seguí caminando y curvé mi boca con gesto de satisfacción. En ese momento, tres pasos más allá de la mujer, me di cuenta de que no había escuchado la voz curtida diciendo “Dios lo bendiga”. Volteé la cabeza sin cambiar la dirección del cuerpo y ella lo supo. El pañuelo floreado se irguió portando la cabeza de la mujer y los párpados pesados dejaron ver unos ojos cansados que con voz de madre me dijeron:
- Salve a mis hijos...
No pude sostener la mirada en esa escena. Busqué mis zapatos con la vista como si hubiera perdido los pies y cuando volví a mirar, me encontré con el pañuelo portacabeza que clavaba los ojos de párpados pesados en las baldosas de todos los días.
Durante las jornadas sucesivas no pude dejar de hablar sobre ella. Cuando estuve frente a la computadora busqué la ficha que había escrito días pasados y escribí la colección de comentarios recibidos:
- Sabés cuántos que hay así...
- Puta, esto duele.
- Hiciste bien, nene.... sólo podés ayudar con lo que tenés...
- Quién la mandó a venir a Buenos Aires... que se hubiera quedado en Bolivia.
- Pobre mujer... Alguien tendría que hacer algo, no?
Después, no me referí más al tema.
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II
Era miércoles. Salí de casa con el café por la mitad y paré un taxi.
- Corrientes y Reconquista, por favor...
- Ay!! la fiebre del dólar.... a esta hora todos los pasajeros me llevan para allá. Algunos hacen cola desde la madrugada...
Palabras huecas. El taxista siguió hablando como si hubiese puesto una moneda en una fonola. Lo único que alguien podía hacer en esa esquina era comprar dólares. No necesité hablar en media hora de viaje. El señor del volante preguntaba, se contestaba y daba cátedra de economía sin requerir mi intervención. De tanto en tanto estiraba el cuello, como si no llegara a mirar el espejo retrovisor, y se aseguraba de que su audiencia siguiera sentada en el asiento trasero.
Bajé semiaturdido y me acomodé en algún lugar de la placita que años atrás conociera como “la del Banco de Tokio”. Y la observé. La observé toda la mañana. Toda la tarde.
La cabeza del pañuelo hizo sombra en la vereda durante horas. Sus únicos movimientos eran acariciar al pequeño a su lado y cada tanto poner la teta en la boca del bebé de pañales sucios.
Durante varios días hice lo mismo. Sólo la observaba desde la vereda de enfrente y me preguntaba si ella sabía que yo estaba allí.
El martes llovió y estuve a punto de quedarme en casa. Pero fui. Ella también. No estaba en el mismo lugar. La encontré en la puerta del edificio de mármol negro. El pequeño techo de la vidriera principal cubría su pañuelo y a sus niños.
El miércoles no la encontré... o no fue. La esperé, caminé por Corrientes hacia arriba y hacia abajo. Desde la 9 de Julio hasta Alem. Desde Alem hasta la 9 de Julio.
El jueves no la encontré... o no fue. A quién le preguntaría por ella?
El viernes no fui. Tenía trabajo acumulado y un viaje por la tarde. Pasé el fin de semana en Bahía Blanca colaborando con la habilitación de una sala sanitaria. No sé si hice bien mi trabajo. No podía dejar de pensar en la mujer del pañuelo. Volví el miércoles. Llovía. Fui hasta el edificio de mármol negro. Pero ella no. Estaba empecinado con el tema. Adónde la iría a buscar... “Salve a mis hijos”... Esas cuatro palabras me perseguían sin descanso.
El jueves fui en subte y caminé por Corrientes desde la estación 9 de julio de la línea D. La vi desde la esquina. No tenía el pañuelo, pero era ella. Cabello negro, con canas, pero negro, casi azul. Me senté en la placita y esperé. Le compré un café lavado al chico del carrito para no perderla de vista y esperé. Todo estaba igual. Los mismos gestos, los mismos movimientos, la misma sombra de su cabeza en la vereda. No tenía el pañuelo. Cabello negro, casi azul.
A las cinco levantó a sus niños, colgó un bulto en su espalda y se fue. La seguí. Después de una hora de caminar me empezaron a doler los pies, pero tenía que seguir. Su paso era lento y constante. Los niños eran parte de su cuerpo, se movían a su ritmo y sin presentar retrasos ni manifestar cansancio, ni mostrarse caprichosos. Eran parte suya.
Se hacía de noche y seguíamos caminando. Tenía frío y hambre. Yo, ella no sé. Saqué mi atado de cigarrillos y noté que quedaban dos. Encendí uno mientras volvía a tomar cierta distancia, que había perdido por apurar el paso. No había hecho más que guardar el encendedor cuando ingresaron en un barrio de casas de ladrillos huecos, creo, y techos de chapa.
Dudé en seguirla. Finalmente lo hice. Entraron en la tercera casa. Había luz. Mientras caminaba tratando de acercarme a una ventana comencé a escuchar gritos. Había gente a mi alrededor, pero nadie me miraba.
- Otra vez la está fajando –escuché.
Rodeé la tercera vivienda, que tendría el tamaño del dormitorio de la casa grande de mi abuelo, y miré. Miré por la ventana rota.
La estaba golpeando. Le gritó. La golpeó... El chiquito que jugaba con las piedras acunaba en brazos al niño de pañales sucios y miraba con la nuca. La golpeó fuerte, y sangró. Ella quedó en el suelo. El hombre caminó hasta el otro extremo de la habitación. Miró a los niños uno en brazos de otro. Dio media vuelta y se apoyó con ambas manos sobre una improvisada mesa. Ella tosió. El miró desafiante sobre su hombro izquierdo sin mover el cuerpo. Volvió a toser. Había sangre en el piso. El niño mayor cantaba, cantaba fuerte y acunaba los pañales sucios.
Ella tosió. El arrastró su mano sobre la mesa desparramando las pocas cosas que había sobre ella. Caminó dos pasos largos y la golpeó con sus pies. Y sangró. Y él gritó. La golpeó más fuerte y su cuerpo violento sudaba. Volvió a mirar a los niños. Uno cantaba, el otro dormía en brazos del canto. El canto lloraba y aguantaba.
Con un golpe en la puerta el hombre salió de la casa y desapareció hasta su hedor. Me quedé quieto, agazapado tras la ventana, escuchando. No llegaba a ver a los niños, pero escuchaba su canto y el gemido de la mujer del pañuelo sin pañuelo, de cabello negro, casi azul. Durante un rato escuché su tos y el canto con lágrimas y dientes apretados. Agucé el oído y sólo escuché al niño llorar. Tenía frío y me dolían las rodillas.
Me incorporé sin mirar nuevamente la escena por la ventana. No sabía qué hacer. Caminé unos pasos y encendí el cigarrillo que quedaba. No sabía para dónde caminar ni con quién hablar. Estaba confundido. Tenía miedo. Pasé entre los vecinos...
- Un día la va a matar –decían. Parecía una historia habitual.
No sabía qué hacer y no hice nada. Tenía frío. Levanté el cuello de mi saco tapando la nuca y lo abotoné en el frente con la solapa cruzada. Con el cigarrillo en la boca salí del barrio. Puse las manos en los bolsillos del pantalón y con los hombros cerca de las orejas me fui.
“Salve a mis hijos”... Pensé que sería un buen título para mi monografía. Tenía frío, mucho frío. Mientras volvía a casa lloré. Tendría un buen informe. Pero ya no sería el mismo hombre de ayer. Ya no.
miércoles, 27 de mayo de 2009
FUGA DE CEREBROS
Seleccionó su ropa con cuidado y dedicación. No era una mañana más. Arregló su peinado y se maquilló algo más que lo habitual. Pensó que un poco más de perfume estaría bien y se miró en el espejo del dormitorio. Se vió espléndida, radiante.
Arregló su collar y ladeó la cabeza con una mueca para ver cómo lucía mejor. Junto a su figura se reflejó otra que se hallaba tendida en la cama como si nada pasara a su alrededor. Tuvo una sensación de disgusto que se notó en su rostro y, por un momento, pensó en cambiar de idea.
Algo confundida giró sobre sus talones y sin olvidar su cartera se despidió.
- Chau Carlos, me voy.
- Chau flaca, ya me levanto.
Mónica cerró la puerta y llamó el ascensor. Mientras esperaba lo volvió a pensar, y en su mente se dibujaron las palabras del poema. Nadie antes le había escrito. Nadie antes se había dirigido hacia ella de forma tan pura, tan sentida, tan dulce. No tenía nada qué pensar. Tomó el camino de siempre y avanzó hasta la estación del tren.
Llegó a la ventanilla y, nerviosa, aceptó.
- A las cuatro.
- Te espero en el bar.
Tomó su boleto y caminó por el andén.
No fue un día normal. A Mónica le resultaba imposible concentrarse en el trabajo. Se quedaba pensativa con las manos en el teclado de la computadora y los dedos inertes. Varias veces iba a rastrear la misma ficha en el archivo y regresaba sin haberla buscado. Atrasada, decidió no almorzar, postergó un par de reuniones y tomó mucho café. A las tres pidió permiso para retirarse. Mañana estaría mejor.
El corazón, más rápido que el reloj, fue sorprendido por una flor que brotó tras su espalda:
- Hola.
Un saludo callado, mudo, ahogado por la emoción. Ser mujer se volvía especial y maravilloso por primera vez en su vida. Esa voz era música para sus oídos desde la primera vez que le dijeron “a Retiro…. Ida y vuelta?”. El perfume de esa flor era un jardín entero, era un manjar de colores. Estar ahí, sentir así, aunque sólo fuera por un instante… Eso era vivir. Eso era ser mujer.
Ya había tomado suficiente café, no tenía sed y prefería no comer. Escuchar su voz era el mejor alimento que podía recibir. Sus ojos no hacían más que piropear el lenguaje. Embelesada, se dejó tomar la mano. Una energía diferente se reflejó en su rostro. Los dedos entrelazados tejieron una danza infinita durante horas. El poeta hablaba de ella, y en su nombre, del amor.
Salieron a caminar. Las baldosas desaparecían tras sus pasos. Sus sombras borraban el pasado dibujando el futuro. Buenos Aires les brindaba un arrullo tierno de motores apurados, un esquizofrénico ronroneo de voces en Florida. Nada era igual en esa tarde. Hasta su vida contada al oído parecía diferente. Otros ojos la escuchaban. Se sentía importante, valorada. Dejó que sus brazos la abrigaran, cerró los ojos al sol y se dejó llevar hacia un cálido sueño de seducción.
Una hora después, un frío y desentonado ring telefónico los volvió a la realidad poniendo fin a su hora de amor. Afuera, un cielo de nubes rojas y algunos minutos disponibles para combinar el próximo encuentro. Unos pasos después de Plaza San Martín los esperaba un molinete para separarlos.
- Chau princesa. Hago tiempo en Retiro y vuelvo a la boletería a recuperar las horas de hoy.
Mónica caminó por el andén sin voltear su cabeza. Hoy no le molestaba esperar otro tren para viajar sentada. No escuchaba a los vendedores ambulantes. No le preocupaba cuidar su cartera. Tenía una mirada nueva. Una vida nueva.
El reloj, más rápido que el corazón, le recordó que eran las 8. Miró por la ventanilla y, sorprendida, se dio cuenta de que tenía que bajar. Saltó del vagón y corrió hasta su casa. Su casa… su casa? Ajena a la rutina se cambió de ropa y recogió su cabello. En el reflejo del espejo vio la cama sin tender y así la dejó. No chequeó los mensajes del contestador, ni puso en marcha el lavarropas.
El ruido conocido de la llave en la cerradura la sorprendió preparando la cena. Una cena repetida. Una cena sin sabor. Una cena sin dueño. Entró y anunció su llegada con la frase de costumbre:
- Falta mucho con el morfi….?
Sin esperar respuesta apagó la radio que escuchaba su mujer y encendió el televisor.
- Media hora –contestó Mónica en voz baja.
Un silencio de ajedrez acompañaba las noticias. Ella, muy distante, distribuyó la vajilla sobre la mesa. El, como siempre, mirándola con la nuca le contó la anécdota diaria:
- No sabés con quién me encontré hoy?!!!
Y con voz indiferente al hogar comenzó un relato adolescente sobre su amigo “El Rulo”, ese que no veía desde la cena del reencuentro… la de los diez años de egresados…. Le habló de sus amigos, de los exámenes, de la elección del mejor compañero. “El Rulo” era esa clase de personaje que cualquiera quería tener cerca: buenas notas, buena “pinta”, familia acomodada…
- Tenía a todas las pibas con él…Podés creer que nunca se llevó una materia? –Puso los pies sobre otra silla- Nunca se “rateó” con nosotros… -se mordió el labio inferior y resopló como quien da por obvia una situación. Le dirigió a su esposa una mirada rápida para asegurarse de que seguía allí y continuó- Un gil, pero lo queríamos todos, che…. Mirá si será gil que tanto 10 no le sirvió para nada. En la cena esa que te digo, los únicos que íbamos a la facu éramos El Rulo y yo. El pibe es un bocho, pero en este país…..Si lo vieras…. Está igual que siempre.
- No lo conozco
Sin despegar los ojos de la pantalla del televisor y hamacándose sobre las patas traseras de su silla hizo la pregunta obligada:
- Falta mucho…?
- Estoy sirviendo –contestó ausente a la situación.
Comieron como autistas, ambos frente a la imagen de la realidad en voz de locutor. Mecánicos movimientos de brazo junto al repicar del tenedor en el plato acompañaron las repetidas noticias del canal de cable que anunciaba la investigación del día luego de la pausa comercial.
- Querés postre? Quedó flan de ayer…
Como respuesta se encogió de hombros leyendo la pantalla a cuyo pie se leía: “Exportación de cerebros".
- Mirá vos… este pibe se tiene que ir… Me querés decir qué hace “El Rulo” trabajando en la boletería del tren?
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