Anoche me quedé dormida con mi mano sobre la tuya, como tantas otras veces. Y mientras me dormía pensaba o sentía (o quizás ambas cosas a la vez), que ya no me acuerdo de ese tiempo en el que no te conocía, que pasaron no sé cuántas cosas desde que el YO se hizo NOSOTROS. Pensaba en los treinta y siete metros cuadrados que se hicieron sesenta y cuatro porque de dos pasamos a ser cuatro y en el auto verde en el que no hubieran entrado las bicis. Me acordaba de los amigos que nos hacen el aguante, de la familia que nos sostiene, de los que ya no están y nos hacen falta. Pensaba en que decidimos empezar justo cuando en el país parecía que todo se terminaba. Y que apostamos acá.
Sentía entonces, que no fueron en vano los sueños en los que nos embarcamos, las utopías por las que aún luchamos.
Y también me venían a la mente fotos viejas en las que yo corría sola de un lado a otro tratando de atrapar pedacitos de vida que se me iban escapando en la corrida.
Pero gracias a vos, hace hoy diez años que camino lento. Camino lento porque voy a tu lado, porque prolongo así el momento, el instante mágico de cada paso, la sorpresa cotidiana de construir futuro. Porque disfruto de la bella policromía de amarnos, de la sutileza de entendernos sin hablar, del calor de tu piel en la mía y de la certeza de envejecer en tu compañía.
miércoles, 24 de agosto de 2011
lunes, 25 de julio de 2011
ENTELEQUIA
Hace frío. El tren va repleto de gente. Los vidrios de las ventanas están helados. Tratando de mantener el equilibrio, voy parada justo en medio de dos asientos enfrentados. A medida que avanzamos, distraigo la monotonía del andar buscando formas en la escarcha de los vidrios. De repente creo ver un unicornio en el hielo y se me escapa una sonrisa al recordar una anécdota que compartimos con mi amiga. La señora que está sentada del lado de la ventana me mira y no sé por qué, desaparece inmediatamente la hilaridad de mi rostro. Rápidamente ella quita los ojos de mi y pasa a mirarse sus propias manos.
Es una anciana. Tiene la cara llena de arrugas, como si fuera un pergamino. Sus ojos pequeñitos, se ocultan bajo amplios y pesados párpados. La nariz, grande y huesuda. La boca, recta, enmarcada por dos grandes pliegues de sus mejillas. Parece llevar la expresión entre paréntesis. Su mentón redondeado está hundido en el centro y a su derecha se destaca un lunar negro con vellosidades blancas. Sus cejas también son canas y espesas. Lleva el cabello como melena, lleno de rulos y teñido en color caoba, muy oscuro. Es diminuta y sentada un tanto encorvada, aparenta serlo aún más.
Viste un antiguo y deslucido sacón de paño azul, que debe haber sido muy elegante en su época. Lo acompaña con un pañuelo búlgaro de seda también azul. Su falda es recta, larga y negra. Tiene las piernas muy juntas, diría que va apretando las rodillas y los tobillos a la vez. Sus deteriorados zapatos negros, abotinados, con cordones, me resultan graciosos. Son como ratones. Entre los pies sostiene el paraguas. Un paraguas largo con empuñadura de madera tallada sobre el que apoya ambas manos. Sus manos van cubiertas por unos hermosos, finísimos y gastados guantes de carpincho. En su regazo descansa una ajada cartera negra de cuero craquelado y de correa corta. Todo su atuendo habla de un tiempo que social y económicamente la bendijo. Ella tiene aún parte de ese tiempo en su traza.
Me dispongo a volver a mi juego con la escarcha cuando noto que intenta levantarse haciendo fuerza contra su paraguas. Un señor que está sentado a su izquierda la toma del brazo con intención de ayudarla.
La mujer que está parada a mi izquierda no entiende lo que pasa y se adelanta para colaborar y recibir de parte de la anciana, un lindo correctivo en la frente con la empuñadura tallada.
Es una anciana. Tiene la cara llena de arrugas, como si fuera un pergamino. Sus ojos pequeñitos, se ocultan bajo amplios y pesados párpados. La nariz, grande y huesuda. La boca, recta, enmarcada por dos grandes pliegues de sus mejillas. Parece llevar la expresión entre paréntesis. Su mentón redondeado está hundido en el centro y a su derecha se destaca un lunar negro con vellosidades blancas. Sus cejas también son canas y espesas. Lleva el cabello como melena, lleno de rulos y teñido en color caoba, muy oscuro. Es diminuta y sentada un tanto encorvada, aparenta serlo aún más.
Viste un antiguo y deslucido sacón de paño azul, que debe haber sido muy elegante en su época. Lo acompaña con un pañuelo búlgaro de seda también azul. Su falda es recta, larga y negra. Tiene las piernas muy juntas, diría que va apretando las rodillas y los tobillos a la vez. Sus deteriorados zapatos negros, abotinados, con cordones, me resultan graciosos. Son como ratones. Entre los pies sostiene el paraguas. Un paraguas largo con empuñadura de madera tallada sobre el que apoya ambas manos. Sus manos van cubiertas por unos hermosos, finísimos y gastados guantes de carpincho. En su regazo descansa una ajada cartera negra de cuero craquelado y de correa corta. Todo su atuendo habla de un tiempo que social y económicamente la bendijo. Ella tiene aún parte de ese tiempo en su traza.
Me dispongo a volver a mi juego con la escarcha cuando noto que intenta levantarse haciendo fuerza contra su paraguas. Un señor que está sentado a su izquierda la toma del brazo con intención de ayudarla.
- No me toque –espeta con firmeza.Y antes de que pueda terminar la frase recibe un paraguazo en la cabeza.
- Disculpe, abuela… quería ayud…
La mujer que está parada a mi izquierda no entiende lo que pasa y se adelanta para colaborar y recibir de parte de la anciana, un lindo correctivo en la frente con la empuñadura tallada.
- Acaso me ven en silla de ruedas? Bah… Bah… Hagan lugar…A paraguazos se abre paso hasta la puerta del vagón y nos deja a todos atónitos. Entre el murmullo general distingo algunos ‘que vieja loca’ y un par de ‘viejos son los trapos’. La busco por la ventanilla y la veo a través de mis siluetas de escarcha, casi como una entelequia. Camina con muchísima dificultad en el andén. Lleva la cabeza erguida y la mirada lejana como si evocara una gallardía que ya no le es propia.
sábado, 9 de julio de 2011
ALGO PARA RECORDAR
Para vos, Pachu.
Por todo, pero esencialmente,
por ser mi hermana.
Si viviera, hoy mi papá estaría cumpliendo setenta y tres años. Era su costumbre al terminar cada año, mirar el calendario del año siguiente, buscar el mes de julio y decir: “Uy! Miren… cae feriado mi cumpleaños…” Y reíamos todos. Así era él. Un tipo simple, amante de la diversión, la cocina y el arte, con valores de hierro, con su familia como pilar fundamental y con un humor impecable.
Durante cinco años he recordado su ausencia a diario con énfasis en el aniversario de su muerte. Pero últimamente he estado pensando que lo mejor que hizo mi viejo fue nacer. No quiero acordarme más del día en que falleció. Ojalá dentro de unos años la mire a mi hermana y le pregunte sinceramente: “Che… qué día murió papi?”.
Así entonces, en homenaje a su estilo de vida, lo que sigue es algo que escribió papá hace muchos años, con su delicado humor, cuando yo era chica y mi hermana recién aprendía a caminar. Es largo, pero vale la pena. Textual, con su firma, respetando negritas, puntos y comas, de la pluma de mi padre, el hombre más cabal que he conocido.
LA MALDAD DE LOS OBJETOS INANIMADOS
En el mes de mayo de 1974, un apacible y nublado día sábado, por la tarde, había decidido limpiar las guías de una puerta balcón vidriada, de 2 x 2 m. Para realizar esta tarea, retiré las dos hojas del marco y las apoyé contra la pared, inclinadas a ambos lados de la puerta.
Luego, con un pincel comencé, por el extremo derecho, a limpiar las guías.
Cuando estaba llegando al extremo izquierdo, observé, por el rabillo del ojo, que la puerta que estaba apoyada a mi derecha, a una distancia de alrededor de 2,5 m, había retirado su parte superior de la pared y se había colocado en posición vertical.
Ante el peligro que significaba la caída de la puerta, tensé los músculos de mis piernas y luego salté. Pero, cuando estaba a punto de sujetar la puerta con mis manos, vi que la misma se arrojaba al piso y que el vidrio se hacía añicos.
Fue evidente que la puerta había procedido a romperse con premeditación y alevosía, con la intención aviesa de producirme un perjuicio material y económico.
Material porque esa noche llovió y entró agua en la casa y económico porque hubo que reemplazar el vidrio.
Esta experiencia me llevó a estudiar la conducta de los objetos inanimados, determinar que tienen maldad y clasificarlos en cinco categorías.
LA CATEGORÍA 1 (los traviesos) se subdivide en dos: los que se hacen invisibles y los que se esconden.
LOS QUE SE HACEN INVISIBLES, tienen la capacidad de desaparecer y reaparecer del lugar. Ejemplo: estamos escribiendo con una lapicera en nuestro escritorio, suena el teléfono, dejamos la lapicera sobre aquel y atendemos la llamada, conversamos, cortamos, vamos a tomar la lapicera para continuar con nuestra tarea, pero no está.
Revisamos sobre los papeles, miramos en los cajones, verificamos si se ha caído al suelo, preguntamos a los que nos rodean, si alguno ha tomado la lapicera y después de perder algunos minutos, vemos que la lapicera se encuentra en el mismo lugar donde la habíamos depositado y que durante este tiempo se había hecho invisible (es una travesura, pero perjudicial ya que produce una demora en nuestro trabajo)
LOS QUE SE ESCONDEN, tienen la capacidad de desaparecer del lugar en que los dejamos y reaparecer un tiempo después, pero en otro lugar.
Ejemplo: estamos solos en nuestra casa, reparando algún artefacto eléctrico con un destornillador, sobre una mesa. Abandonamos el lugar por alguna causa y cuando regresamos el destornillador ha desaparecido.
Buscamos y rebuscamos sin encontrarlo hasta darnos por vencidos y tomamos otro destornillador para finalizar la tarea.
Tiempo después, encontramos el destornillador encima de una repisa que está muy distante del lugar en que nos encontrábamos trabajando y a la cual no nos acercamos en ningún momento.
LA CATEGORIA 2 (los mortificantes) se subdividen en tres categorías: los que se descomponen, los que fallan y los que tienen problemas posiblemente sexuales.
LOS QUE SE DESCOMPONEN, son objetos que dejan de funcionar en el momento en que son más necesarios.
Ejemplo: las gomas de un automóvil nunca se desinflan frente e una gomería sino lejos de ellas, cuando llueve, de noche y del lado alejado al cordón de la acera, para que los otros autos nos salpiquen al pasar.
LOS QUE FALLAN, son objetos que dejan de funcionar por un tiempo, suficiente como para producirnos un perjuicio.
Ejemplos: luces del automóvil durante un control policial de tránsito (pasado el control vuelven a funcionar sin que podamos encontrar la causa de la falla anterior), escobillas limpiaparabrisas en un día de lluvia torrencial. Cuando finaliza la lluvia los limpiaparabrisas, vuelven a funcionar.
LOS QUE TIENEN PROBLEMAS SEXUALES: son objetos que tienen problemas característicos de su sexo.
Ejemplos: las computadoras que al ser femeninas tienen “esos días” en que nos vuelven locos, perdiendo archivos, imprimiendo defectuosamente, etc. Estos problemas, tengo entendido, no los tienen en España, ya que allí, estos artefactos, se denominan ordenadores, o sea que son masculinos. Pero como son objetos inanimados, suelen tener problemas en “momentos muy importantes” lo que demuestra que la maldad de estos objetos es elevada ya que se los considera inteligentes.
LA CATEGORÍA 3 (los dañinos) son los que dejan de funcionar y no pueden repararse.
Ejemplos: se produce un corte de energía eléctrica. Ante la emergencia, para alumbrarnos usamos velas, fósforos, faroles a gas, antorchas, etc. hasta que un día, haciendo compras en un supermercado, vemos una hermosa linterna de 4 elementos (pilas), foco ajustable, cromada, con imán para fijarla a la puerta de la heladera, etc.
La compramos, la llevamos a nuestra casa y la guardamos en un cajón a la espera de una emergencia y cuando esta se produce, seis meses después, tomamos la linterna y al intentar encenderla comprobamos que no funciona. Se reventaron las pilas, se sulfataron los contactos, se oxidó el interruptor y no se puede reparar. Lo mismo sucede con los encendedores de cigarrillos de los automóviles, que al tiempo de comprar el mismo dejan de funcionar y no pueden ser reparados.
LA CATEGORIA 4 (los traumatizados) se subdividen en dos subcategorías: los olvidadizos y los que se suicidan.
LOS OLVIDADIZOS, son objetos, de un nivel intelectual superior que se olvidan de las cosas que les decimos.
Ejemplos: las computadoras que pierden la información que nosotros estamos seguros de haber grabado reiteradas veces. Otro tanto sucede con los cajeros automáticos, que se olvidan de nuestro código y no reconocen la tarjeta.
LOS QUE SE SUICIDAN, son objetos que producen su autodestrucción.
Ejemplo: estamos solos en nuestra casa, mirando televisión y tomando un whisky en un vaso de cristal. Suena el teléfono en una habitación vecina. Dejamos el vaso sobre una mesa ratona, razonablemente distanciado del borde de la misma. Mientras estamos hablando escuchamos un ruido en el living y al regresar al mismo, nos encontramos con que el vaso se ha arrojado al vacío, estrellándose contra el piso y haciéndose añicos.
LA CATEGORIA 5 (los violentos) se subdividen en dos subcategorías: los que atacan a las personas y los que atacan a otros bienes.
LOS QUE ATACAN A LAS PERSONAS, son objetos cuya maldad hace que agredan a los seres humanos.
Ejemplos: estamos cortando carne, queso o frutas con un cuchillo o papel con un “cuter” y de repente, el cortante se desvía el camino indicado por nuestra mano y nos produce un corte mas o menos grave de acuerdo al su nivel de agresividad. Lo mismo sucede con martillos, cuando estamos introduciendo un clavo y al intentar golpear la cabeza del mismo, el martillo se desvía y nos golpea la mano, lastimándonos. Otro ejemplo habitual y contundente es el de las mesas ratonas, que se mueven repentinamente, cruzándose en nuestro camino, haciéndonos golpear las piernas.
LOS QUE ATACAN A OTROS BIENES, son objetos cuya maldad hace que se autoproduzcan daños que a su vez provocan reacciones que dañan a otros objetos.
Ejemplo: estamos circulando con nuestro automóvil y repentinamente se rompe el sistema de freno y al querer detenernos en un semáforo el coche no frena y embestimos a otro automóvil detenido, con los daños correspondientes en ambos vehículos. (esto suele suceder generalmente cuando por descuido u olvido no hemos renovado la póliza de seguro del automóvil)
NOTA: en esta categoría nos encontramos con ejemplos de maldad suprema en el caso de cables de alta tensión, instalados incorrectamente, que se cortan y caen sobre cables telefónicos (también instalados incorrectamente) lo que produce: destrucción de la línea telefónica, de la central y el aparato telefónico y en casos extremos el ataque a seres humanos produciendo la electrocución de los mismos al atender el teléfono.
Esta clasificación con los ejemplos correspondiente, nos hacen comprender que los objetos inanimados, tienen maldad y que la misma varía de acuerdo al tipo de objeto y a las circunstancias.
EL FAMOSO CACHO
jueves, 30 de junio de 2011
BIENVENIDA, WELCOME, BEM-VINDA
En correo central bajan muchas personas y suben otras tantas. Hacia el interior del colectivo se produce siempre un revuelo entre quienes intentan descender y quienes pretenden algún asiento que queda vacío. Pero hoy fue diferente. Desde el fondo, sentada a la derecha del lado de la ventanilla puedo ver que el revuelo es otro. Pensé rápida y erróneamente que podía tratarse de un carterista.
La gente se corría hacia atrás y no llegaba a distinguir qué pasaba. Un par de paradas más adelante advierto que en el centro del colectivo, a la altura de la puerta con rampa para piso bajo, se hace un claro. Un incómodo claro. Entonces la veo.
Tiene mi altura y la mitad de mis años. Su abundante cabellera rufa, sucia y apelmazada la lleva recogida con un jirón de tela negro. Viste una pollera corta de jean gastada y dos buzos superpuestos. El de abajo parece rosa y el de arriba gris, pero están tan percudidos, que no puedo asegurar que así sea. Sobre ellos tiene un saco de lana, tejido, verde oscuro. Lo lleva abierto. Es largo, le tapa las rodillas. Con dos vueltas sobre el cuello, tiene una bufanda, también tejida, pringosa, como si se hubiera limpiado restos de comida con ella. En los pies, unas zapatillas francamente roñosas, con los cordones desatados y desflecados. Medias tipo can-can, llenas de agujeros, verdes. Creo. Mitones negros en las manos.
Se mueve mucho. Va sujeta de los pasamanos superiores y cambia constantemente de manija. La gente acompaña cada movimiento suyo con ajetreos de huida. Confieso que me intriga la situación. Observo sin disimulo, a veces, estirando el cuello y moviendo la cabeza para lograr una mejor perspectiva. Ahora le veo bien la cara. Es bonita y desaliñada. Sobre su rostro blanco y redondo cuelgan algunos mechones que se escapan de la tira negra que los sujeta. Tiene las mejillas encendidas, arrebatadas. Su nariz pequeña, como dibujo de cuento infantil, conserva mucosidad notoriamente pegada. Los labios están destrozados, llenos de cicatrices y costras de alguna pústula seca. La frente y el mentón, ennegrecidos.
A medida que va subiendo gente, ella se corre hacia el fondo y las personas se apartan. Algunos ponen mala cara, otros se fastidian, otros entierran la cabeza en los cuellos de sus abrigos. Todos rehúyen. No hay dudas de que la evitan.
Ahora la tengo más cerca. Pone sus manos sobre los respaldos de dos asientos y se mueve a un lado y a otro cortejando el andar del transporte. Por momentos se refriega un brazo violentamente. Instantes después se rasca la cabeza en forma frenética. Una señora toma a su hija del brazo y sin tapujos la retira del lugar. “– No ves que tiene piojos?”
Se acerca ahora a la puerta trasera, justo delante de mí. Levanta el brazo para tocar el timbre y luego de una arcada inevitable, abro la ventanilla para no vomitar. Un tufo fétido y pestilente invadió el ambiente. En la piel tiene escaras, incrustaciones de mugre, lesiones por el abandono. Intento sonreír o, al menos, neutralizar el asco segura de no estar consiguiéndolo.
En Retiro se baja y permanece en la parada. Me quedo contemplándola por la ventanilla mientras se acomoda en uno de los laterales del refugio de la estación que tiene un cartel de propaganda política. Se apoya sobre la izquierda, donde hay una foto y a su derecha puedo leer en grandes letras negras “VOS SOS BIENVENIDA”.
La gente se corría hacia atrás y no llegaba a distinguir qué pasaba. Un par de paradas más adelante advierto que en el centro del colectivo, a la altura de la puerta con rampa para piso bajo, se hace un claro. Un incómodo claro. Entonces la veo.
Tiene mi altura y la mitad de mis años. Su abundante cabellera rufa, sucia y apelmazada la lleva recogida con un jirón de tela negro. Viste una pollera corta de jean gastada y dos buzos superpuestos. El de abajo parece rosa y el de arriba gris, pero están tan percudidos, que no puedo asegurar que así sea. Sobre ellos tiene un saco de lana, tejido, verde oscuro. Lo lleva abierto. Es largo, le tapa las rodillas. Con dos vueltas sobre el cuello, tiene una bufanda, también tejida, pringosa, como si se hubiera limpiado restos de comida con ella. En los pies, unas zapatillas francamente roñosas, con los cordones desatados y desflecados. Medias tipo can-can, llenas de agujeros, verdes. Creo. Mitones negros en las manos.
Se mueve mucho. Va sujeta de los pasamanos superiores y cambia constantemente de manija. La gente acompaña cada movimiento suyo con ajetreos de huida. Confieso que me intriga la situación. Observo sin disimulo, a veces, estirando el cuello y moviendo la cabeza para lograr una mejor perspectiva. Ahora le veo bien la cara. Es bonita y desaliñada. Sobre su rostro blanco y redondo cuelgan algunos mechones que se escapan de la tira negra que los sujeta. Tiene las mejillas encendidas, arrebatadas. Su nariz pequeña, como dibujo de cuento infantil, conserva mucosidad notoriamente pegada. Los labios están destrozados, llenos de cicatrices y costras de alguna pústula seca. La frente y el mentón, ennegrecidos.
A medida que va subiendo gente, ella se corre hacia el fondo y las personas se apartan. Algunos ponen mala cara, otros se fastidian, otros entierran la cabeza en los cuellos de sus abrigos. Todos rehúyen. No hay dudas de que la evitan.
Ahora la tengo más cerca. Pone sus manos sobre los respaldos de dos asientos y se mueve a un lado y a otro cortejando el andar del transporte. Por momentos se refriega un brazo violentamente. Instantes después se rasca la cabeza en forma frenética. Una señora toma a su hija del brazo y sin tapujos la retira del lugar. “– No ves que tiene piojos?”
Se acerca ahora a la puerta trasera, justo delante de mí. Levanta el brazo para tocar el timbre y luego de una arcada inevitable, abro la ventanilla para no vomitar. Un tufo fétido y pestilente invadió el ambiente. En la piel tiene escaras, incrustaciones de mugre, lesiones por el abandono. Intento sonreír o, al menos, neutralizar el asco segura de no estar consiguiéndolo.
En Retiro se baja y permanece en la parada. Me quedo contemplándola por la ventanilla mientras se acomoda en uno de los laterales del refugio de la estación que tiene un cartel de propaganda política. Se apoya sobre la izquierda, donde hay una foto y a su derecha puedo leer en grandes letras negras “VOS SOS BIENVENIDA”.
viernes, 13 de mayo de 2011
LA HIJA DE LA INDIA
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Plegaria de la India Tehuelche de Nicolás Isidro Bardas Jardín Botánico Carlos Thays, Palermo |
La india había sido muy querida en la estancia, y los patrones buenos tomaron a Malen y la llevaron al casco principal. Al cuidado de las dos cocineras, Malén creció con el aroma de la leche con vainilla y con la bondad del pan, con la fortaleza que da el puchero del blanco y la calidez del horno de barro, con las caricias de cuatro manos de mujer y las historias de la india que escuchaba mirando a la madre de arcilla.
Cuando cumplió diez años, la patrona buena la fue a ver con una cachorrita en brazos. Le dijo que había nacido con una pata mala y que no servía para las labores con los animales. Le dio un beso a Malen y se despidió. Sus hijos la llevaban a Río Gallegos a que ‘muriera más cómoda porque estaba muy vieja ya para estar en la estancia’. Malen llamó Wuim a la perra y la apretó fuerte contra su pecho. Por la tarde, cuando fueron a contarle que los patrones buenos habían muerto en un accidente, la encontraron en la misma posición. Wuim es suave y color canela. Tiene la pureza de un alma virgen y la alegría de una vida incipiente. En los ojos, la tristeza de la soledad y el ruego de afecto.
Los tres hijos de los patrones buenos se hicieron cargo de la hacienda y todo cambió. Los patrones malos trasladaron a Malen al corral de los indios porque ‘ya estaba grandecita y hacían falta mujeres para atender a la peonada’. Los indios colgaron un quillango y aislaron un lugar para la niña. Armaron una cama de pasto seco, sobre una roca le pusieron a la madre de arcilla y repararon un viejo canasto para Wuim. En el invierno Malén tejió gruesas mantas para todos y se amigó con la escarcha.
Empezó a trabajar entre peones y guanacos, entre arrieros y ovejas. Pasó de la leche con vainilla y pan caliente al agua estancada y el estiércol. El viento cruel y violento forjó su carácter y el frío sureño se instaló en sus huesos. Wuim es su refugio y su memoria de otro tiempo, la espera cada noche temprana echada en la entrada del corral. Si pudiera correr andaría a su lado de luna a luna. Malén amanece antes que el sol para preparar el mate y traer el pan para los hombres, limpiar los corrales y recoger los deshechos de los excesos de la noche anterior. Aprendió a comer entre tareas, de a poco y a la carrera, a ampollar los pies y dejar la piel en las botas de cuero crudo, a cuartear las manos y sangrar los labios, a curtir la piel y domar el ánimo.
Se hizo mujer a los golpes y supo que no era bueno serlo entre tanto hombre señero que aplaca su soledad y las inclemencias con aguardiente.
Apenas su cuerpo dibujó la primera curva, sus pechos supieron del fervor de la mano del blanco rudo y cerril. Y tiempo después hubo un hombre que le hizo palpar las diferencias entre varón y mujer. Y otro día, otro le hizo sentir su virilidad, recia y erecta. Después vinieron otros días y otros hombres. La primera vez lloró de miedo. La segunda, de impotencia. Y las otras veces ya no lloró. En las tardes oscuras del confín de la tierra, vuelve sola al corral, arrastrando su miseria, con los ojos gachos para no encontrarse con la mirada de la madre de arcilla. Así se acuesta en su cama de paja seca. Wuim se acerca y cura con saliva las heridas de sus manos, lame sus pechos y obtiene miel de su sexo mientras Malen sueña en tehuelche con poder volver a llorar.
domingo, 1 de mayo de 2011
Libros de grandes
Mi papá tenía una biblioteca escondida. Un archivo, en realidad. Era un techo falso en su taller-escritorio. Ahí tenía diarios de fechas críticas, como la llegada del hombre a la luna o el fin de la segunda guerra mundial. Pero también tenía revistas “prohibidas”: alguna “Primera plana”, un par de “Todo es historia”, varias “Humor” y hasta una que otra “Extra”. Y también estaban los libros, los que se salvaron de la parrillada del '77. Esos libros que tenían olor a clandestinos, eran como un tesoro para el viejo y una tentación para mí. Estaban atrás de todo. Atrás de las revistas, que estaban tras los diarios que estaban luego de las latas viejas de pintura. Nada había que me llamara más la atención que esos ejemplares forrados con papel de diario sin imprimir, papel de bobina. El viejo, como para disuadir mis intentos frecuentes de acceder a ellos decía que eran “libros de grandes”. Y, como nunca me mintió, con el tiempo descubrí que era cierto, eran libros de grandes escritores.
Cuando Alfonsín pronunció la célebre “vayan sacándole el polvo a las urnas”, papá desempolvó las latas de pintura y abrió un caminito hacia los libros que entonces se veían con sólo alzar la vista.
Así, con trece o catorce años accedí a “Sobre héroes y tumbas”. Fue el primer “libro de grandes” que leí en mi vida. Era un volumen de hojas gastadas y dobladas, cocido, con las tapas castigadas. Confieso que no lo entendí en lo más mínimo, pero me gustaba leerlo una y otra vez. Supongo que porque trata sobre una trágica historia de amor , o porque había algo velado en eso de los héroes y nuestra historia, o porque Barracas era casi lo único que conocía a esa edad además de Avellaneda.
Tanto hablé en los recreos sobre esa novela que las compañeras del colegio me lo regalaron para mi cumpleaños de 15, nuevito, con las tapas impecables, las hojas pegadas al lomo y sin olor a historia. Fue también el primer y único libro que tuvimos en nuestras bibliotecas tanto el viejo como yo. Los demás, los compartíamos.
Cuando logré comprender esa novela, compré “El túnel” y después, papá me prestó “Abaddón…”, que ya no estaba escondido ni tenía las tapas forradas.
Ya no tengo a papá a mi lado, pero tengo toda su obra en mi hermana y en mí misma. Hoy he llorado mucho al saber que usted tampoco estará más entre nosotros, pero fui hasta la biblioteca y ahí está mi “Sobre héroes…” el de las hojas pegadas y las tapas impecables, que ya tienen un poco de olor a historia.
Cuando Alfonsín pronunció la célebre “vayan sacándole el polvo a las urnas”, papá desempolvó las latas de pintura y abrió un caminito hacia los libros que entonces se veían con sólo alzar la vista.
Así, con trece o catorce años accedí a “Sobre héroes y tumbas”. Fue el primer “libro de grandes” que leí en mi vida. Era un volumen de hojas gastadas y dobladas, cocido, con las tapas castigadas. Confieso que no lo entendí en lo más mínimo, pero me gustaba leerlo una y otra vez. Supongo que porque trata sobre una trágica historia de amor , o porque había algo velado en eso de los héroes y nuestra historia, o porque Barracas era casi lo único que conocía a esa edad además de Avellaneda.
Tanto hablé en los recreos sobre esa novela que las compañeras del colegio me lo regalaron para mi cumpleaños de 15, nuevito, con las tapas impecables, las hojas pegadas al lomo y sin olor a historia. Fue también el primer y único libro que tuvimos en nuestras bibliotecas tanto el viejo como yo. Los demás, los compartíamos.
Cuando logré comprender esa novela, compré “El túnel” y después, papá me prestó “Abaddón…”, que ya no estaba escondido ni tenía las tapas forradas.
Ya no tengo a papá a mi lado, pero tengo toda su obra en mi hermana y en mí misma. Hoy he llorado mucho al saber que usted tampoco estará más entre nosotros, pero fui hasta la biblioteca y ahí está mi “Sobre héroes…” el de las hojas pegadas y las tapas impecables, que ya tienen un poco de olor a historia.
Gracias, Don Sábato.
Gracias por su obra literaria, por su vida, por su honestidad extrema. Gracias por todo lo que aprendí al leerlo y escucharlo. Gracias por el Nunca Más. Gracias, Maestro. Buen viaje.
domingo, 24 de abril de 2011
AMEN
No la vi subir. Cuando levanté la mirada ya estaba ahí. Es alta y corpulenta. Me hace evocar a una mujerona alemana o rusa de la época de la segunda guerra. Tiene el cabello teñido, me parece demasiado oscuro para ser su color natural. Lo lleva muy corto y desprolijo, como si se lo hubieran desmechado con los dientes en un ataque de furia. Un gesto adusto, severo, se dibuja sobre su tez gris sin maquillaje, como si hubiera sumergido la cara en un pote con cenizas. Las orejas descubiertas, grandes, desproporcionadas, son como manijas. En cada lóbulo, un aro redondo color peltre incrustado en la perforación. Ridículos, como si le quedaran chicos, o como si los tuviera puestos desde el día que nació. Los labios, también grises, están ajados, arrugados cual si se los hubieran abollado. Le crecen pelos blancos en el mentón, un mentón amplio, ancho, abultado, tan carnoso que contrasta considerablemente con el aspecto huesudo del resto de su cara en la que se esconden pequeños e insignificantes ojos cuyo color no llego a apreciar.
Viste un traje de franela gris, demasiado grueso para esta época del año. Lleva el saco sin abrochar y le queda corto de mangas. De cada brazo asoman los puños de la camisa marrón chocolate que usa abotonada hasta el cuello y por adentro de la pollera. La falda es recta y larga, varios centímetros por debajo de la rodilla y el tajo del ruedo está cocido. En los pies, unos batallados mocasines negros. En el brazo izquierdo, sobre el pliegue del codo, cuelga una cartera marrón, de tira corta, sin cierre, de esas que usaba mi abuela en la época de Evita, que abrían y cerraban como una bisagra y hacían “clic” al presionar una parte con otra. Sus manos son enormes, toscas, diría que inadecuadas para cualquier tipo de caricia. Quizás sean la parte más sobresaliente de su cuerpo. No tiene anillos y las uñas están limpias y cortísimas. En la mano derecha lleva una especie de collar con cuentas. Si no fuera porque no le veo la cruz, diría que es un rosario, o un denario. Como sea, la proporción entre el collar y sus dedos hinchados es absurda. Va pasando las cuentas una a una entre su pulgar e índice y, a la vez, mueve los grises labios rotos a velocidad inusitada pero sin emitir sonido alguno.
Cada tanto, levanta la cabeza y la gira espasmódicamente a un lado y a otro como si buscara algo o a alguien.
En la estación Lisandro de la Torre, el señor que se encuentra sentado enfrente mío se levanta y, antes de que pueda abandonar el asiento, la mujerona comienza a abrirse paso a codazos y empujones hacia el centro del vagón. Varios se quejan de pisotones y se escuchan reclamos por sus modos.
Como si no escuchara nada, se sienta justo delante de mí. Pone la cartera sobre su falda, guarda el collar-rosario y saca un viejo y pequeño libro con tapas de cuero negro y con el mismo movimiento de sus labios, dejando escapar un siseo inaudible, comienza a leer.
Antes de llegar a Retiro, el tren se detiene y por altavoz indican que la formación quedará detenida durante una hora en adhesión a un reclamo gremial. Entre todos los pasajeros circulan comentarios de incertidumbre y bronca.
Yo no puedo sacar los ojos de encima a la mujer de gris. Desde que escuchó el aviso ha quedado en la misma posición, con el libro abierto sobre su regazo y la mirada puesta en él. Sólo dejó de mover los labios. Transcurridos uno o dos minutos, levantó la cabeza y achinó los ojitos. Dirigió la mirada hacia el centro del vagón, como quien quiere hablar a todos y a nadie a la vez y con un vozarrón tanguero, áspero y grueso dijo: “SON TODOS UNOS HIJOS DE REMILPUTA. VAGOS DE MIERDA. OJALA LES DIBUJEN EL ORTO A BALAZOS. QUE LOS ENCIERREN A TODOS Y LES DEN DE ALMUERZO LO QUE CAGUEN EN LA CENA. A VER SI ASI LES 'VUELVEN' LAS GANAS DE TRABAJAR. VAGOS. VAGOS DE MIERDA. MIERDA. MIERDA.”
Cerró el libro con un golpe seco que aún retumba en mis oídos. Acarició la cruz dorada de la tapa, se persignó y dijo Amén.
Viste un traje de franela gris, demasiado grueso para esta época del año. Lleva el saco sin abrochar y le queda corto de mangas. De cada brazo asoman los puños de la camisa marrón chocolate que usa abotonada hasta el cuello y por adentro de la pollera. La falda es recta y larga, varios centímetros por debajo de la rodilla y el tajo del ruedo está cocido. En los pies, unos batallados mocasines negros. En el brazo izquierdo, sobre el pliegue del codo, cuelga una cartera marrón, de tira corta, sin cierre, de esas que usaba mi abuela en la época de Evita, que abrían y cerraban como una bisagra y hacían “clic” al presionar una parte con otra. Sus manos son enormes, toscas, diría que inadecuadas para cualquier tipo de caricia. Quizás sean la parte más sobresaliente de su cuerpo. No tiene anillos y las uñas están limpias y cortísimas. En la mano derecha lleva una especie de collar con cuentas. Si no fuera porque no le veo la cruz, diría que es un rosario, o un denario. Como sea, la proporción entre el collar y sus dedos hinchados es absurda. Va pasando las cuentas una a una entre su pulgar e índice y, a la vez, mueve los grises labios rotos a velocidad inusitada pero sin emitir sonido alguno.
Cada tanto, levanta la cabeza y la gira espasmódicamente a un lado y a otro como si buscara algo o a alguien.
En la estación Lisandro de la Torre, el señor que se encuentra sentado enfrente mío se levanta y, antes de que pueda abandonar el asiento, la mujerona comienza a abrirse paso a codazos y empujones hacia el centro del vagón. Varios se quejan de pisotones y se escuchan reclamos por sus modos.
Como si no escuchara nada, se sienta justo delante de mí. Pone la cartera sobre su falda, guarda el collar-rosario y saca un viejo y pequeño libro con tapas de cuero negro y con el mismo movimiento de sus labios, dejando escapar un siseo inaudible, comienza a leer.
Antes de llegar a Retiro, el tren se detiene y por altavoz indican que la formación quedará detenida durante una hora en adhesión a un reclamo gremial. Entre todos los pasajeros circulan comentarios de incertidumbre y bronca.
Yo no puedo sacar los ojos de encima a la mujer de gris. Desde que escuchó el aviso ha quedado en la misma posición, con el libro abierto sobre su regazo y la mirada puesta en él. Sólo dejó de mover los labios. Transcurridos uno o dos minutos, levantó la cabeza y achinó los ojitos. Dirigió la mirada hacia el centro del vagón, como quien quiere hablar a todos y a nadie a la vez y con un vozarrón tanguero, áspero y grueso dijo: “SON TODOS UNOS HIJOS DE REMILPUTA. VAGOS DE MIERDA. OJALA LES DIBUJEN EL ORTO A BALAZOS. QUE LOS ENCIERREN A TODOS Y LES DEN DE ALMUERZO LO QUE CAGUEN EN LA CENA. A VER SI ASI LES 'VUELVEN' LAS GANAS DE TRABAJAR. VAGOS. VAGOS DE MIERDA. MIERDA. MIERDA.”
Cerró el libro con un golpe seco que aún retumba en mis oídos. Acarició la cruz dorada de la tapa, se persignó y dijo Amén.
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