miércoles, 27 de mayo de 2009

FUGA DE CEREBROS


Seleccionó su ropa con cuidado y dedicación. No era una mañana más. Arregló su peinado y se maquilló algo más que lo habitual. Pensó que un poco más de perfume estaría bien y se miró en el espejo del dormitorio. Se vió espléndida, radiante.

Arregló su collar y ladeó la cabeza con una mueca para ver cómo lucía mejor. Junto a su figura se reflejó otra que se hallaba tendida en la cama como si nada pasara a su alrededor. Tuvo una sensación de disgusto que se notó en su rostro y, por un momento, pensó en cambiar de idea.

Algo confundida giró sobre sus talones y sin olvidar su cartera se despidió.
- Chau Carlos, me voy.
- Chau flaca, ya me levanto.

Mónica cerró la puerta y llamó el ascensor. Mientras esperaba lo volvió a pensar, y en su mente se dibujaron las palabras del poema. Nadie antes le había escrito. Nadie antes se había dirigido hacia ella de forma tan pura, tan sentida, tan dulce. No tenía nada qué pensar. Tomó el camino de siempre y avanzó hasta la estación del tren.

Llegó a la ventanilla y, nerviosa, aceptó.
- A las cuatro.
- Te espero en el bar.
Tomó su boleto y caminó por el andén.

No fue un día normal. A Mónica le resultaba imposible concentrarse en el trabajo. Se quedaba pensativa con las manos en el teclado de la computadora y los dedos inertes. Varias veces iba a rastrear la misma ficha en el archivo y regresaba sin haberla buscado. Atrasada, decidió no almorzar, postergó un par de reuniones y tomó mucho café. A las tres pidió permiso para retirarse. Mañana estaría mejor.

El corazón, más rápido que el reloj, fue sorprendido por una flor que brotó tras su espalda:
- Hola.

Un saludo callado, mudo, ahogado por la emoción. Ser mujer se volvía especial y maravilloso por primera vez en su vida. Esa voz era música para sus oídos desde la primera vez que le dijeron “a Retiro…. Ida y vuelta?”. El perfume de esa flor era un jardín entero, era un manjar de colores. Estar ahí, sentir así, aunque sólo fuera por un instante… Eso era vivir. Eso era ser mujer.

Ya había tomado suficiente café, no tenía sed y prefería no comer. Escuchar su voz era el mejor alimento que podía recibir. Sus ojos no hacían más que piropear el lenguaje. Embelesada, se dejó tomar la mano. Una energía diferente se reflejó en su rostro. Los dedos entrelazados tejieron una danza infinita durante horas. El poeta hablaba de ella, y en su nombre, del amor.

Salieron a caminar. Las baldosas desaparecían tras sus pasos. Sus sombras borraban el pasado dibujando el futuro. Buenos Aires les brindaba un arrullo tierno de motores apurados, un esquizofrénico ronroneo de voces en Florida. Nada era igual en esa tarde. Hasta su vida contada al oído parecía diferente. Otros ojos la escuchaban. Se sentía importante, valorada. Dejó que sus brazos la abrigaran, cerró los ojos al sol y se dejó llevar hacia un cálido sueño de seducción.

Una hora después, un frío y desentonado ring telefónico los volvió a la realidad poniendo fin a su hora de amor. Afuera, un cielo de nubes rojas y algunos minutos disponibles para combinar el próximo encuentro. Unos pasos después de Plaza San Martín los esperaba un molinete para separarlos.

- Chau princesa. Hago tiempo en Retiro y vuelvo a la boletería a recuperar las horas de hoy.

Mónica caminó por el andén sin voltear su cabeza. Hoy no le molestaba esperar otro tren para viajar sentada. No escuchaba a los vendedores ambulantes. No le preocupaba cuidar su cartera. Tenía una mirada nueva. Una vida nueva.

El reloj, más rápido que el corazón, le recordó que eran las 8. Miró por la ventanilla y, sorprendida, se dio cuenta de que tenía que bajar. Saltó del vagón y corrió hasta su casa. Su casa… su casa? Ajena a la rutina se cambió de ropa y recogió su cabello. En el reflejo del espejo vio la cama sin tender y así la dejó. No chequeó los mensajes del contestador, ni puso en marcha el lavarropas.

El ruido conocido de la llave en la cerradura la sorprendió preparando la cena. Una cena repetida. Una cena sin sabor. Una cena sin dueño. Entró y anunció su llegada con la frase de costumbre:
- Falta mucho con el morfi….?

Sin esperar respuesta apagó la radio que escuchaba su mujer y encendió el televisor.
- Media hora –contestó Mónica en voz baja.

Un silencio de ajedrez acompañaba las noticias. Ella, muy distante, distribuyó la vajilla sobre la mesa. El, como siempre, mirándola con la nuca le contó la anécdota diaria:
- No sabés con quién me encontré hoy?!!!

Y con voz indiferente al hogar comenzó un relato adolescente sobre su amigo “El Rulo”, ese que no veía desde la cena del reencuentro… la de los diez años de egresados…. Le habló de sus amigos, de los exámenes, de la elección del mejor compañero. “El Rulo” era esa clase de personaje que cualquiera quería tener cerca: buenas notas, buena “pinta”, familia acomodada…
- Tenía a todas las pibas con él…Podés creer que nunca se llevó una materia? –Puso los pies sobre otra silla- Nunca se “rateó” con nosotros… -se mordió el labio inferior y resopló como quien da por obvia una situación. Le dirigió a su esposa una mirada rápida para asegurarse de que seguía allí y continuó- Un gil, pero lo queríamos todos, che…. Mirá si será gil que tanto 10 no le sirvió para nada. En la cena esa que te digo, los únicos que íbamos a la facu éramos El Rulo y yo. El pibe es un bocho, pero en este país…..Si lo vieras…. Está igual que siempre.
- No lo conozco

Sin despegar los ojos de la pantalla del televisor y hamacándose sobre las patas traseras de su silla hizo la pregunta obligada:
- Falta mucho…?
- Estoy sirviendo –contestó ausente a la situación.

Comieron como autistas, ambos frente a la imagen de la realidad en voz de locutor. Mecánicos movimientos de brazo junto al repicar del tenedor en el plato acompañaron las repetidas noticias del canal de cable que anunciaba la investigación del día luego de la pausa comercial.
- Querés postre? Quedó flan de ayer…

Como respuesta se encogió de hombros leyendo la pantalla a cuyo pie se leía: “Exportación de cerebros".
- Mirá vos… este pibe se tiene que ir… Me querés decir qué hace “El Rulo” trabajando en la boletería del tren?

miércoles, 22 de abril de 2009

MUJER EN EL ANDEN


Está parada, apoyada en el pilar de cemento que sostiene las rejas. Tiene el rostro amarillo, la cara oblonga, los ojos pegados a la nariz delgada y larga. Las cejas, colgadas de los ojos hundidos. Lánguida, como si fuera una pintura moderna y viva de Modigliani.

Imagen gris. Zapatos negros, pantalón gris, camisa blanca, sweater gris, ojos claros, cabello gris, ese cabello que le llora la cara.

En lugar de sus labios hay una delgada línea blanca, enmarcada por dos surcos incoherentes que le aplastan el gesto. Levanta la vista y pasea la mirada, cenicienta y seca, por la vía.

Cada tanto, contiene en el pecho un suspiro apretado. Los brazos, cruzados sobre el torso, sosteniendo el olvido, o quizás el hastío. Melancólica, cobijando tal vez, el recuerdo cálido de un abrazo perdido.

Soporta la demora flexionando algo las rodillas, apoyando la cintura en la pared baja. Luego, inclinando la espalda hacia delante. Minutos más tarde, cediendo el peso de su cabeza a un lado y hacia abajo.

El aire de otoño la acompaña, la saludan las hojas secas a su paso y ella contesta apenas con una mueca. Un rictus obligado para no sentirse muerta.

El tren no llega. La espera se hace densa y le pesa. La vida le pesa.

viernes, 17 de abril de 2009

LOS POBRES


Crecí pensando que eran malos. Los veía sucios, con la ropa rota y los zapatos abiertos por el andar. Caminaba de la mano de mi madre y me dolía su apretón cuando pretendía ocultarme tras su falda si pasaban a mi lado.

Los veía sucios, con la ropa rota y los dientes vacíos por no comer. No me gustaba viajar en tren porque recibía las reprimendas de mi padre cuando los señalaba y en voz alta me quejaba por el mal olor.

Los veía sucios, con la ropa rota y las manos gastadas por tanto pedir.

Eran como yo, pero no creía parecerme a ellos. Ellos no iban a la escuela, pocas veces los veía con su mamá, no se lavaban los dientes ni se peinaban al levantarse. Yo, pretencioso, y ante la indignación de mis padres, los llamaba “los pobres”.

El negro, como le decían a mi viejo, trabajaba en la fábrica de galletitas haciendo el control de ingreso de mercaderías. Me llevaba al colegio que quedaba cerquita de la fábrica, muy temprano. Entraba a las 6 y yo hacía tiempo en la escuela mientras la celadora me servía un té.

Mi vieja trabajaba a la vuelta de casa, en la tienda. Pero quería que estudiara en capital. “Se sale mejor”, decía. Y ahí los veía, todas las mañanas en Constitución: abrían las puertas de los taxis, llevaban los bolsos ajenos al tren, pedían una moneda en el andén hasta que los veía el señor de uniforme, y salían corriendo al escuchar el silbato.

Con los años dejé de “verlos”. No se habían ido, seguían allí, el país producía grandes cantidades de ellos y, casi ocultos, se mimetizaban con el paisaje. Recuerdo la época de Malvinas. Yo estaba en la escuela secundaria y vivía la historia como si mirara una película. Gritaba “Argentina, Argentina” como si fuera un partido de fútbol. En esa época mamá llevaba bolsas de galletitas a la parroquia. “Para los soldados, padre”. Eran las que traía mi padre de la fábrica; se las daban porque se rompían o eran las de la prueba de máquina.

No me gustaba mucho la idea, porque mis desayunos y meriendas cambiaron las ricas y variadas galletitas por el monótono pan de ayer con manteca. Tenía trece años en el 82. Un día vi un informe especial sobre “los chicos de la guerra” y me acuerdo que, con vergüenza para decirlo en voz alta, pensé que “mis” galletitas las habían comido “los pobres”.

La democracia dejó de ocultar nuestras miserias y entonces empezaron a caminar a mi lado otra vez. Comencé a comprender el origen de la pobreza y a reconocer a los responsables. Me avergoncé de mis pensamientos de infancia y, con el tiempo, me dediqué a criticar a los distintos gobiernos por su falta de idoneidad al no encontrar soluciones o paliativos para la pobreza. Culpé a las instituciones intermedias, por su inoperancia. Me enojé con los organismos no gubernamentales por dedicarse únicamente al lobby con el poder. Pero me quedé en casa, trabajando para mí y para la familia que ahora formé. Me costó trabajo y no fue fácil. No es fácil, pero hablé demasiado de los otros.

Hoy viajaba en subte con mi hijo de 6 años que no logra comprender el significado de la crisis país. En la estación Callao subió un niño y comenzó a repartir estampitas entre los pasajeros junto con una fotocopia gastada que contaba un drama familiar y solicitaba ayuda. Una señora que se encontraba sentada en frente de nosotros lo llamó y le ofreció un alfajor que tenía en su cartera. El niño aceptó gustoso y agradeció. Mi hijo Mauricio vio la golosina y me pidió una. Le expliqué que no podía ser ya que no tenía dinero encima y comenzó a llorar escandalosamente dando un caprichoso espectáculo que no pasó desapercibido.

El niño que repartía estampitas lo miró durante unos segundos, se dio vuelta y avanzó hasta el otro vagón. Cuando casi lo había perdido de vista, regresó. Caminó directo hasta mi hijo y con el brazo firmemente extendido, mostró su mano abierta con el alfajor en ella.

Por mi mente desfilaron “los pobres” de mi infancia, los tirones de mano de mi madre, las reprimendas de mi padre, el informe de Malvinas, las galletitas…

Me hubiera gustado tener en ese momento la pollera de la vieja para esconderme, esta vez para ocultar mi vergüenza. Antes de que pudiera sonrojarme y responder la mirada de Mauricio que me preguntaba qué hacer con el llanto ahogado, medio incómodo, medio contento, el niño sonrió. Y sus dientes amarillos me parecieron perlas, sus mejillas me mostraron pocitos y con la voz decidida y ojos de esperanza dijo:

- Tomá… seguro que después me dan otro.

jueves, 2 de abril de 2009

A RAUL ALFONSIN


Tenía 14 años cuando mi profesora de educación cívica, alineada con la Democracia Cristiana, vió mi interés en la política y me trajo una pila de folletos doctrinarios de todos los partidos que se presentaban a las elecciones. Corría entonces el vertiginoso 83 y mi prepotente adolescencia destacó el tríptico que versaba “100 puntos para la democracia”. Ese tríptico es el primer folio de mi bibliorato de documentos políticos forrado con decenas de calcos de aquella campaña. Esos del óvalo celeste y blanco con el RA en el medio y el ‘usted sabe’ cruzado arriba a la izquierda. Esos calcos, los tuyos -lo puedo tutear hoy, no? A partir de ese momento empecé a escucharte, a seguirte, a apasionarme con tu discurso lleno de esperanzas, esa arenga cargada de emociones y propuestas. Lejos de la perorata demagógica, tu proclama gestaba contenidos en mi vida.

Como tantos otros, me sentí movilizada luego de aquél acto multitudinario en el obelisco, inolvidable para mis ojos que aún llevan en la retina la 9 de julio cubierta por banderas. El escrutinio lo seguí en hojas cuadriculadas en las que anotamos con papá los resultados mesa a mesa durante toda la noche y la madrugada. Qué alegría ese triunfo!! El de la gente, el de la democracia, más allá de las ideologías. Pasarán los años y cada vez que vea la imagen aérea de Plaza de Mayo durante tu discurso en el cabildo con los papeles volando sobre tantas cabezas pegadas como si fueran miles de palomas de la paz, voy a llorar.

Ese día me hice Alfonsinista. Sí, ya sé… “Sigan a las ideas, no a las personas”, por favor, Raúl, no me lo digas más… es que sos la representación de las ideas que quiero seguir. Sí, sos, no me equivoqué. Es por eso de trascender. Hay gente que se muere y otra que trasciende.

Me gustaba hacer saber que era radical repitiendo tu característico saludo, el de las manos entrelazadas sobre el hombro y agitando suavemente el gesto cual abrazo dedicado a todos y cada uno de los que te seguíamos. Me gustaba bromear para identificarme entre mis amigos con tu frase de las movilizaciones “un médico a la derecha, por favor”.

Mirá qué frase!!! Siempre te escuché el ‘por favor’, hasta eso me estremecía. El político en el estrado no tan preocupado por su imagen como por los demás. Siempre tuve la sensación de que eras un tipo agradecido, tan respetuoso, tan confiable. Eso es, uno se sentía seguro en tus filas. Si hasta te ocupabas del médico.

Terminando mi secundaria y con los 18 cumplidos me afilié al partido. UCR – Movimiento de Renovación y Cambio – Junta Coordinadora Nacional. Me dieron una cintita roja y blanca. La tengo aún. Después vino la facultad y la Franja Morada. El Bastión. Si, de ahí soy, de Económicas.

Cuántas cosas que pasaron en ese tiempo. Vos no sabés, claro, nunca tuvimos ocasión de conversar, por eso te escribo. Me cambió la cabeza, bah, la vida me cambió. Ahora no te escuchaba solamente, te leía. Libros, artículos, documentos. Los del presidente que eras, los de Raúl R. Alfonsín, los de Alfonso Carrido Lura… Todos vos. Todos generando el compromiso, inyectando la militancia como forma de vida. Y así conocí al político, al presidente, al hombre.

Conocí al campechano de pueblo, materialmente desinteresado, decente, auténtico. Al hombre de traje, formal y elegante para la ceremonia, al de camisa arremangada y las manos prestas para encarar la más dura de las labores. Conocí al gallego empecinado y testarudo, auténtico, apasionado e intenso. Conocí al político coherente, digno hasta en la renuncia, vehemente y entusiasta.

Es así, Raúl. Crecí con tu enseñanza de la lealtad, del trabajo duro, de la justicia, de la libertad.

Vivimos épocas duras también, no te voy a contar a vos, no? Las pascuas del 87, en la plaza con mi familia, y los levantamientos del 88, en el rectorado de la UBA. Y más allá de lo que diga la historia de esos hechos para mí van a quedar grabados como una gesta democrática. Nada de oportunismos, nos dijiste en un plenario, todo lo realizado fue al servicio de las libertades y de la convivencia democrática… o algo así, pero con esa esencia. Estaba en los 100 puntos, los del tríptico, te los leo? Ah, claro, te acordás. Disculpame. Se cumplieron muchos. Alguien se acordará de este folleto además de vos y yo?

Nunca me voy a olvidar de esos años, Raúl. Los años del NUNCA MAS, de la defensa a ultranza de los derechos humanos, del fin de la impunidad, del juicio a las juntas, del restablecimiento de las instituciones. Nos libraste para siempre del horror, ya nunca más tendremos miedo de caminar. Nos libraste del olvido, de la desmemoria colectiva que periódicamente el autoritarismo se afanaba por sembrar entre la gente.

Qué apostolado el tuyo, Raúl! Te escribo esto y me siento avergonzada, siento la urgente necesidad de pedirte perdón. Perdón por la cobardía de abandonar la militancia activa. No, no dejé de ser radical. Pero después de los desacuerdos con la Alianza me enojé, creo que me enojé conmigo, pero me enojé y me fui con mi militancia a cuestas. La llevo a todas partes, la vivo, pero ya no participo como antes. Esta misma sensación tuve durante aquél discurso grabado que escuchamos en el Luna Park por los 25 años de la democracia. Ya estabas mal, no?

El legado final nos dejaste en esas palabras. El llamado al diálogo nacional, la construcción permanente. Recuerdo que cuando era chica mis abuelos, los tíos de mis padres, los vecinos hablaban de sus ideologías como “anti”… Eran anti-peronistas, anti-comunistas, anti-radicales… Ahora son socialistas, radicales, peronistas, independientes… Desterraste el odio, uniste a la gente en un abrazo civil. Desde la campaña del 83 hasta ayer. En lugar de terminar cantando una marcha partidaria, los actos terminaban con el preámbulo. Todos nos lo aprendimos de memoria. Te quedaste unido a la institucionalidad para siempre, al respeto ciudadano. Y es por eso que hoy te están despidiendo tantos. No son todos radicales, pero todos son ciudadanos. Argentinos y de otros países. Los spots de TN lo dicen clarito “TODOS TE RESPETAMOS”.

Aún suenan en mis oídos los versos de aquéllas épocas fervorosas, los cantos de cada movilización “somos la vida, somos la paz”. Y así es, la de mis abuelos y quizás la de mis padres fue la generación del odio, la intemperancia, y la que vos marcaste la generación de la vida, la de la paz.

Siempre odié las despedidas y esta se me está haciendo de chicle. Es que tengo que despedir al maestro, a mi mentor, al líder, al guía.

Veo nublado, Raúl. Ya no puedo escribir. Hago un poco de fuerza para que no se me note la pena honda y renuevo mi compromiso. Acá, en este momento, para que realmente logremos que con la democracia se coma, se cure y se eduque. Por la construcción continua, para el partido, para el país.

Me desbordan los ojos, ya no puedo disimular más la tristeza. Detesto este momento. Tengo la boca salada, el corazón acelerado y las manos trémulas. Me despido, Presidente. Rapidito.

Un abrazo militante a mi más querido correligionario. Gracias, Raúl. Y HASTA SIEMPRE!!!

miércoles, 25 de marzo de 2009

MORBIDOS


Salió de su casa con la cabeza baja, en la mano derecha una bolsa blanca de supermercado con el ‘taper’ del almuerzo, la mano izquierda en el bolsillo del pantalón ajustado marcando el slip. El paso, apresurado. Sus ojos perversos miraban velozmente hacia un lado y otro. Estaba perturbado. Hacía tiempo que los vecinos le hacían preguntas que le incomodaba contestar.


Cruzó la avenida. Paró en el kiosco y compró.


- Dame… No sé… Cualquier cosa. Necesito monedas.

Trémula e intencionalmente sus dedos húmedos acariciaron la incómoda palma que entregaba un peso cincuenta de vuelto.

Subió al colectivo. Casi una hora y media hasta llegar a la oficina para que los pensamientos lo atormenten.

Augusto ya está grande. Ya no quiere que el tío Carlos lo lleve al baño. Es sólo que le gustaba recordar. Tampoco le gustaba que mamá lo tocara. O sí. El nunca le haría daño a Augusto. Tampoco a los otros niños.

Se paró y dejó pasar al asiento de la ventanilla a la morocha de pantalón blanco. Cuando sacaba boleto percibió que no llevaba ropa interior. Se reclinó contra el respaldo del asiento vencido y acomodó el ‘taper’ sobre sus piernas. Se quedó dormido. El perfume de esa piel joven alteraba su sueño. Recordaba su niñez. Su madre saliendo del baño, húmeda, suave, oliendo a flores…

Bajó mareado. Su mano derecha meciendo la bolsa, la izquierda en el bolsillo del pantalón acomodando lateralmente su incipiente erección.

Estuvo bastante callado por la mañana. El sonido del teclado era el único signo vital en su escritorio. Teléfono. Se acomodó en la silla. Se sonrió de costado y se le avivó la mirada. Su calva sudaba.

- Hola- susurró sin abrir la boca.

Con el auricular sostenido con el hombro y una actitud ganadora que no armonizaba con él, miraba lascivamente a su compañera del escritorio contiguo. Ella se sentía incómoda. La desnudaba con la mirada. En los susurros deslizaba preguntas.

- …te sacaste toda la ropa?
- …estás mojadita?

Sus pocas experiencias sexuales habían sido con hombres, pero no podía evitar excitarse con las mujeres. Las miraba profundo e invariablemente veía a su madre despojada, envuelta en su bata de satén abierta tocando el piano.

Suelen molestarlo en la oficina. Le gastan pesadas bromas sobre su soltería y la convivencia con su madre, infieren que lo llama varias veces al día y que le prepara el ‘taper’ a diario.

Catalina es de las más atrevidas. Le divierte decir que detrás de ese tipo mal vestido y solterón se esconde un asesino serial.

Ya era tarde y estaba sólo en el piso. Otra vez el silencio invitaba al tormento de sus recuerdos de la infancia. Las noches que tenía que hacer compañía a mamá en la cama grande… Las visitas que encontraba al regresar de la escuela… Las botellas de licor vacías…

Se empezó a sentir mal. Hiperventilaba. Rítmicamente deslizaba su silla con rueditas hacia atrás y hacia delante. Decidió ir hasta el archivo. Le vendría bien caminar. Llegó con las manos cargadas de papeles y abrió la puerta empujándola con el hombro.

Se sobresaltó. Pensó que estaría sólo. Catalina también.

- Nene! –gritó soltando la abrochadora que cayó estruendosamente al piso- Me asustaste!

Luego se rió. Se rió nerviosa. Se rió fuerte. Muy fuerte. Y se agachó a recoger la abrochadora.

La risa, la risa nerviosa, la risa fuerte se metió en sus ojos y con furia contenida de años partió un pisapapeles en la cabeza de Catalina.

Carlos respiró hondo. El ruido a huesos rotos y el río de sangre invadieron su interior como si una enorme paz se apoderara de su ser.

Tomó el colectivo de regreso y descansó. Casi una hora y media descansó. La noche le caía bien.

Entró en la casa y la atmósfera nauseabunda lo acogió. Recordó cuántas veces su madre le había dicho que hubiese querido tener una niña.

Repitió la rutina. Pero hoy estaba tranquilo. No encendió las luces de la sala. Se puso la peluca y se sentó en el piso. Al lado de la mecedora. Acarició la pierna de su madre muerta. Aún quedaba algo de carne adherida a sus huesos.

- Mami, soy Carla. Se me hizo tarde, pero no te preocupes. Hoy no tengo hambre.


martes, 24 de marzo de 2009

MEMORIA

Para tus pocos años, Ezekiel. Por la memoria del horror. Con el compromiso con la educación, para contar con generaciones pensantes. Con el poder de la libertad. NUNCA MAS.


Me preguntaste esta mañana:


- Mami… por qué no voy al jardín hoy?
- Porque es feriado -te respondí.
- Es día de fiesta? Hay una fiesta en el jardín?
- No, amor… Hoy conmemoramos algo muy feo que pasó en el país, es decir, nos acordamos de eso que pasó para que no pase nunca más.

Y ahí mismo, me dí cuenta de que tu enorme cabecita de 5 años seguiría preguntando. Y qué te digo ahora, pensé.

Yo tenía apenas dos años más que vos cuando apenas comenzadas las clases, nos llevaron a otra escuela a un “acto”. Fuimos todos con nuestros guardapolvos blancos al colegio grande que está en frente de la plaza Alsina, en Avellaneda.

Hacía frío y yo llevaba mi campera roja. Entramos al salón de actos y sobre el escenario había unos cuantos hombres vestidos con ropa militar. Uno de ellos, canoso, con anteojos oscuros que en ningún momento se quitó, comenzó a caminar, siempre con las manos cruzadas en su espalda, por el entablonado y a hablar mirando siempre sus pasos y, cada tanto, a nosotros.

No recuerdo lo que decía, pero en un momento dejó de andar, extendió su brazo y me señaló. “A ver, vos… Subí”. Miré para todos lados como quien espera que sea otro el señalado. Una maestra me vino a buscar y me hizo subir al escenario.

- Te gusta tu campera?
- Sí –contesté asustada.
- Dámela

Y se la tuve que dar. Cuando la tuvo en sus manos me miró y me dijo que ahora la campera ya no era mía sino de todos. Y que la podría usar solo cuando él, que supuestamente daba las órdenes, quisiera.

Me miró fijo, esperó que me pusiera a llorar y entonces levantó la campera en alto como si fuera un trofeo y gritando se dirigió a todos:

- Les gustaría que eso fuera así? Pregunté si les gustaría!!!!! No? Bueno… ESO ES EL COMUNISMO!!!!!!

Me devolvió la campera y una maestra me ayudó a bajar. Llegué a casa llorando y asustada. Papá me explicó, como pudo, que eso no era el comunismo. Pobre viejo!!!!! Días después dejé, muy a su pesar, la escuela pública.

Ese fue mi primer contacto con lo que fue la época más oscura de nuestra historia, hijo. Cómo te explico todo lo que vino después? Cómo te digo lo que era vivir con miedo? Cómo te hablo de los secuestros, de las torturas? Cómo te puedo hacer entender que hubo gente que se tuvo que ir del país? Cómo te expreso el horror de los niños robados, del cambio de identidad? Cómo te cuento, hijo?

Tu vocecita interrumpió el devenir de mis cavilaciones…

- Mamiiiii, te estoy hablando… qué fue eso feo que pasó?
- Vení hijo, sentate a upa…

Te sentaste de costado, pasaste tu brazo derecho por mi espalda y me miraste como esperando un cuento.

- Lo que pasó, Keke, es que teníamos una presidente, una que había sido elegida por la gente. Pero unos intolerantes, decidieron que no les gustaba esa presidente ni otras cosas que pasaban en el país y pensaron que podían arreglarlo dándole órdenes a la gente. Además, no se podían discutir esas órdenes y las decisiones las tomaban unas pocas personas sin que el resto del país pudiera opinar.
- Y si uno no quería “hacer esas órdenes”? Imaginemos que una persona pensara diferente…
- Eso fue de lo más feo que nos pasó, hijo. No se podía pensar diferente. Si no se obedecían esas órdenes, hacían cosas feas, como pegarle a las personas, por ejemplo. Esa situación siguió durante un montón de años, hasta que un día, la gente no aguantó más y juntando fuerza hicieron que otra vez pudiéramos elegir un presidente. Uno que nos guste a todos, a la mayoría, y que tome las decisiones consultando con todos los habitantes del país.
- Y si un día ese presidente no nos gusta más? Otra vez viene alguien a dar órdenes?
- No, hijo. Cuando un presidente no hace lo que el pueblo quiere se elige a otro. Por eso hoy es feriado, para que no nos olvidemos de lo que sufrimos como país, para que siempre conservemos nuestra democracia.
- Qué es la democracia, mami??
- Esto, hijo. Esto es la democracia, que puedas pensar por vos mismo, que no tengas miedo de pensar en nada, que vos me preguntes y yo te pueda contestar.

martes, 17 de marzo de 2009

PRIMER MUNDO

Escrito en Octubre y publicado en Noviembre 2002.

Esquina. Una más de Buenos Aires. Barrio, uno más de los porteños. Bocinas, voces, pasos. Ciudad, caos, urbe. Subte. Gente apurada.

Esquina. Ochava.

“- Se lustra, Don?”

Temprano, Huguito –Botines, para la barra- prepara su cajón y medio dormido sale, torpe, sin desayunar. Corre el tren que no pagará para llegar a tiempo a la primera salida del gusano subterráneo.

Botines, ensortijado pelo claro, pesados y grandes ojos caramelo. Botines, doce años de cansancio que trabajan para mamá y un hermanito enfermo.

“-Se lustra, Don?”

Esquina. Día tras día. Hora tras hora. Siempre la misma frase, con lluvia, con sol, con frío, con calor.

Botines aprende de la vida, sabe del país y del mundo lo que le cuenta Puchito, el canillita de media cuadra. No son amigos, pero comparten la calle y para ellos es como la sangre. Cuidarse de la jungla de cemento no es fácil.

Su abuelo le enseñó el oficio. Pomada, cepillos y algunos trapos naranjas hicieron el resto. Aprendió a juntar monedas antes que a hablar. Y mientras faltaba a la escuela tomaba lecciones de hambre y soledad.

La inundación se llevó a su maestro y le dejó a Botines la esquina. Con sus pocos enormes años comenzó a vocear y lustrar. Se tiñó sus manitas de negro y su cara se tiznó. Sus rulos se amedrentaron y sus ojos se almendraron de dolor.

Esquina. Ochava.

Pasaron los años y la esquina se volvió demasiado grande. Ensancharon la avenida. Hay más autos, más gente, más apuro.

En el tren ya no se viaja gratis. Y don Ramón, que le regalaba el sandwich de mediodía, cerró el almacén.

Muy difícil sobrevivir. Ya no hay mamá y el hermanito se curó y creció.

Esquina. Ochava. Ya no hay lustrabotas. Ya nadie sabe de él. Pero los que no estamos demasiado apurados, al pasar por sus baldosas todavía escuchamos:

“-Se lustra, Don?”