No la vi subir. Cuando levanté la mirada ya estaba ahí. Es alta y corpulenta. Me hace evocar a una mujerona alemana o rusa de la época de la segunda guerra. Tiene el cabello teñido, me parece demasiado oscuro para ser su color natural. Lo lleva muy corto y desprolijo, como si se lo hubieran desmechado con los dientes en un ataque de furia. Un gesto adusto, severo, se dibuja sobre su tez gris sin maquillaje, como si hubiera sumergido la cara en un pote con cenizas. Las orejas descubiertas, grandes, desproporcionadas, son como manijas. En cada lóbulo, un aro redondo color peltre incrustado en la perforación. Ridículos, como si le quedaran chicos, o como si los tuviera puestos desde el día que nació. Los labios, también grises, están ajados, arrugados cual si se los hubieran abollado. Le crecen pelos blancos en el mentón, un mentón amplio, ancho, abultado, tan carnoso que contrasta considerablemente con el aspecto huesudo del resto de su cara en la que se esconden pequeños e insignificantes ojos cuyo color no llego a apreciar.
Viste un traje de franela gris, demasiado grueso para esta época del año. Lleva el saco sin abrochar y le queda corto de mangas. De cada brazo asoman los puños de la camisa marrón chocolate que usa abotonada hasta el cuello y por adentro de la pollera. La falda es recta y larga, varios centímetros por debajo de la rodilla y el tajo del ruedo está cocido. En los pies, unos batallados mocasines negros. En el brazo izquierdo, sobre el pliegue del codo, cuelga una cartera marrón, de tira corta, sin cierre, de esas que usaba mi abuela en la época de Evita, que abrían y cerraban como una bisagra y hacían “clic” al presionar una parte con otra. Sus manos son enormes, toscas, diría que inadecuadas para cualquier tipo de caricia. Quizás sean la parte más sobresaliente de su cuerpo. No tiene anillos y las uñas están limpias y cortísimas. En la mano derecha lleva una especie de collar con cuentas. Si no fuera porque no le veo la cruz, diría que es un rosario, o un denario. Como sea, la proporción entre el collar y sus dedos hinchados es absurda. Va pasando las cuentas una a una entre su pulgar e índice y, a la vez, mueve los grises labios rotos a velocidad inusitada pero sin emitir sonido alguno.
Cada tanto, levanta la cabeza y la gira espasmódicamente a un lado y a otro como si buscara algo o a alguien.
En la estación Lisandro de la Torre, el señor que se encuentra sentado enfrente mío se levanta y, antes de que pueda abandonar el asiento, la mujerona comienza a abrirse paso a codazos y empujones hacia el centro del vagón. Varios se quejan de pisotones y se escuchan reclamos por sus modos.
Como si no escuchara nada, se sienta justo delante de mí. Pone la cartera sobre su falda, guarda el collar-rosario y saca un viejo y pequeño libro con tapas de cuero negro y con el mismo movimiento de sus labios, dejando escapar un siseo inaudible, comienza a leer.
Antes de llegar a Retiro, el tren se detiene y por altavoz indican que la formación quedará detenida durante una hora en adhesión a un reclamo gremial. Entre todos los pasajeros circulan comentarios de incertidumbre y bronca.
Yo no puedo sacar los ojos de encima a la mujer de gris. Desde que escuchó el aviso ha quedado en la misma posición, con el libro abierto sobre su regazo y la mirada puesta en él. Sólo dejó de mover los labios. Transcurridos uno o dos minutos, levantó la cabeza y achinó los ojitos. Dirigió la mirada hacia el centro del vagón, como quien quiere hablar a todos y a nadie a la vez y con un vozarrón tanguero, áspero y grueso dijo: “SON TODOS UNOS HIJOS DE REMILPUTA. VAGOS DE MIERDA. OJALA LES DIBUJEN EL ORTO A BALAZOS. QUE LOS ENCIERREN A TODOS Y LES DEN DE ALMUERZO LO QUE CAGUEN EN LA CENA. A VER SI ASI LES 'VUELVEN' LAS GANAS DE TRABAJAR. VAGOS. VAGOS DE MIERDA. MIERDA. MIERDA.”
Cerró el libro con un golpe seco que aún retumba en mis oídos. Acarició la cruz dorada de la tapa, se persignó y dijo Amén.
domingo, 24 de abril de 2011
domingo, 17 de abril de 2011
PRISIONEROS
Hacer el amor en horarios desacostumbrados siempre le daba seguridad. Un extraño placer que no tenía que ver con lo sexual sino con el tener al otro con ella, fuera de planes, sentía confianza en sí misma, un orgasmo de garantías. Salió del baño envuelta en su bata blanca, con la toalla en la cabeza y el rostro arrebatado por el calor de la ducha. En su cuarto, sentado en el borde de la cama, moviendo las piernas incesantemente estaba su novio, con su celular en la mano. El cuerpo de Marcos parecía enajenado y sus ojos confundidos. Sin embargo, con un tono muy sereno le dijo que había vibrado el celular y le preguntó: “quién es Pablo?”. Virginia le respondió: “No sé”.
Y la verdad es que no sabía. Marcos se levantó y, con el semblante oscurecido caminó hasta la puerta del cuarto. Antes de salir, dudó. Luego se dio vuelta y antes de seguir caminando arrojó el celular sobre la cama. En medio de un extraño silencio Virginia tomó el teléfono para comprobar que tenía un mensaje de texto que decía “No te pude ubicar. Llamame cuando puedas. Pablo”.
No conocía el número. No lo tenía en la agenda tampoco. No conocía a ningún Pablo. Se sintió perturbada, desconcertada. Sacó la toalla de su cabeza y desenredó el cabello. Marcos encendió el televisor y eso, mínimamente, la tranquilizó. No se había ido, estaba en el living. Aliviada pero aún presa de un amargo desconcierto, se sentó en la esquina del colchón y comenzó a ir hacia atrás y hacia delante tontamente con las flechas del móvil. Se hallaba atacada, invadida. Su estructura de seguridad tambaleaba. Quien era ese Pablo que aparecía virtualmente y desacomodaba su acomodada vida? Lo más probable era que se tratara de un mensaje equivocado. Pero no lo iba a contestar para avisar. Si Marcos la veía escribiendo se iba a enojar. No quería verlo disgustado sin motivo. Y si el tal Pablo insistía? Y si volvía a enviar un sms? Peor aún… y si llamaba? Cavilando prendió el secador de pelo.
Marcos subió considerablemente el volumen del televisor, como para no escuchar ni siquiera sus propios pensamientos que lo atormentaban. Quién era ese Pablo que aparecía virtualmente y desacomodaba su acomodada vida? Probablemente se haya equivocado de número. Pero no se lo iba a decir a Virginia. No le iba a dar la oportunidad de excusarse de esa forma. Ahora su cuerpo estaba quieto, inerme, pero su interior no. El la ama y sabe que es correspondido, pero no puede evitar pensar en la posibilidad que otro intente, por lo menos, acercarse a Virginia. Hundido en el sillón, los ojos fijos en la pantalla sin mirar, la respiración pausada y la mente agitada, no podía evitar que su imaginación le prodigara una tras otra instancias desagradables. Y si él es un idiota? Si es un “cornudo”? Vaya a saber con quién almuerza o con quién viaja cuando regresa del trabajo… Debería pasarla a buscar por la oficina a diario. Y si alguno de sus amigos la vió? Se deben estar riendo todos de él. Un “cornudo”… Pensaba y sus manos se iban crispando. Transpiraba por todos los poros de su piel. El ruido del secador de pelo lo aturdía. Se estaba secando el pelo o hacía ruido para hablar con Pablo? Se levantó como expulsado del sillón e irrumpió en el dormitorio. Virginia secaba su cabello y el celular seguía sobre la cama.
Se sintió tonto, torpe, casi un adolescente desmañado. Volvió al sillón y se derrumbó en él. Se tenía que sosegar. Cuándo lo iba a engañar? Si sólo estaban separados en el trabajo.
Virginia apagó el secador. Mientras se peinaba no podía dejar de tejer una madeja de supuestos. Cómo iba a remontar ahora la situación? En este momento, un mar de dudas crecía entre ambos. Marcos ya no le iba a creer y lo entendía. Si hubiera sido al revés, ella le hubiera armado un escándalo. Se sentía sola, alejada de su amor, insegura. Era una trampa. Y si alguien los quería lastimar? Si esto estaba urdido por alguien que los quería perjudicar? Y si era una mujer? Otra mujer? Le corrió un temblor álgido por el cuerpo. Marcos la estaba engañando y la quería culpar a ella? Le sudaban las manos y sintió un repentino malestar. Náuseas. Y ella tan segura de su noviazgo. Pero cómo? Cuándo se ven? Si están siempre juntos… Será alguien de su oficina? Y por qué tiene su número de celular? Sintió frío. Se tenía que serenar. Tenía que hablar con él, pero no sabía cómo hacer, ni siquiera sabía si la iba a escuchar.
Virginia se vistió, tomó el celular y se sentó en el sillón del living junto a Marcos que ni siquiera la miró. Cabizbaja, con la mirada fija en el teléfono que tenía entre las manos dijo:
- Estuve pensando… Lo voy a dar de baja.
Marcos giró la cabeza hacia ella y bajó el volumen del televisor.
- Me parece bien –le respondió.
La rodeó tiernamente con su brazo y luego de besarla en la frente agregó:
- Si querés, te acompaño.
Virginia apoyó la cabeza en su hombro y, con los ojos entreabiertos, ambos sonrieron, satisfechos el uno del otro.
Y la verdad es que no sabía. Marcos se levantó y, con el semblante oscurecido caminó hasta la puerta del cuarto. Antes de salir, dudó. Luego se dio vuelta y antes de seguir caminando arrojó el celular sobre la cama. En medio de un extraño silencio Virginia tomó el teléfono para comprobar que tenía un mensaje de texto que decía “No te pude ubicar. Llamame cuando puedas. Pablo”.
No conocía el número. No lo tenía en la agenda tampoco. No conocía a ningún Pablo. Se sintió perturbada, desconcertada. Sacó la toalla de su cabeza y desenredó el cabello. Marcos encendió el televisor y eso, mínimamente, la tranquilizó. No se había ido, estaba en el living. Aliviada pero aún presa de un amargo desconcierto, se sentó en la esquina del colchón y comenzó a ir hacia atrás y hacia delante tontamente con las flechas del móvil. Se hallaba atacada, invadida. Su estructura de seguridad tambaleaba. Quien era ese Pablo que aparecía virtualmente y desacomodaba su acomodada vida? Lo más probable era que se tratara de un mensaje equivocado. Pero no lo iba a contestar para avisar. Si Marcos la veía escribiendo se iba a enojar. No quería verlo disgustado sin motivo. Y si el tal Pablo insistía? Y si volvía a enviar un sms? Peor aún… y si llamaba? Cavilando prendió el secador de pelo.
Marcos subió considerablemente el volumen del televisor, como para no escuchar ni siquiera sus propios pensamientos que lo atormentaban. Quién era ese Pablo que aparecía virtualmente y desacomodaba su acomodada vida? Probablemente se haya equivocado de número. Pero no se lo iba a decir a Virginia. No le iba a dar la oportunidad de excusarse de esa forma. Ahora su cuerpo estaba quieto, inerme, pero su interior no. El la ama y sabe que es correspondido, pero no puede evitar pensar en la posibilidad que otro intente, por lo menos, acercarse a Virginia. Hundido en el sillón, los ojos fijos en la pantalla sin mirar, la respiración pausada y la mente agitada, no podía evitar que su imaginación le prodigara una tras otra instancias desagradables. Y si él es un idiota? Si es un “cornudo”? Vaya a saber con quién almuerza o con quién viaja cuando regresa del trabajo… Debería pasarla a buscar por la oficina a diario. Y si alguno de sus amigos la vió? Se deben estar riendo todos de él. Un “cornudo”… Pensaba y sus manos se iban crispando. Transpiraba por todos los poros de su piel. El ruido del secador de pelo lo aturdía. Se estaba secando el pelo o hacía ruido para hablar con Pablo? Se levantó como expulsado del sillón e irrumpió en el dormitorio. Virginia secaba su cabello y el celular seguía sobre la cama.
Se sintió tonto, torpe, casi un adolescente desmañado. Volvió al sillón y se derrumbó en él. Se tenía que sosegar. Cuándo lo iba a engañar? Si sólo estaban separados en el trabajo.
Virginia apagó el secador. Mientras se peinaba no podía dejar de tejer una madeja de supuestos. Cómo iba a remontar ahora la situación? En este momento, un mar de dudas crecía entre ambos. Marcos ya no le iba a creer y lo entendía. Si hubiera sido al revés, ella le hubiera armado un escándalo. Se sentía sola, alejada de su amor, insegura. Era una trampa. Y si alguien los quería lastimar? Si esto estaba urdido por alguien que los quería perjudicar? Y si era una mujer? Otra mujer? Le corrió un temblor álgido por el cuerpo. Marcos la estaba engañando y la quería culpar a ella? Le sudaban las manos y sintió un repentino malestar. Náuseas. Y ella tan segura de su noviazgo. Pero cómo? Cuándo se ven? Si están siempre juntos… Será alguien de su oficina? Y por qué tiene su número de celular? Sintió frío. Se tenía que serenar. Tenía que hablar con él, pero no sabía cómo hacer, ni siquiera sabía si la iba a escuchar.
Virginia se vistió, tomó el celular y se sentó en el sillón del living junto a Marcos que ni siquiera la miró. Cabizbaja, con la mirada fija en el teléfono que tenía entre las manos dijo:
- Estuve pensando… Lo voy a dar de baja.
Marcos giró la cabeza hacia ella y bajó el volumen del televisor.
- Me parece bien –le respondió.
La rodeó tiernamente con su brazo y luego de besarla en la frente agregó:
- Si querés, te acompaño.
Virginia apoyó la cabeza en su hombro y, con los ojos entreabiertos, ambos sonrieron, satisfechos el uno del otro.
martes, 29 de marzo de 2011
ASI
Cuando subo al colectivo ya está sentada, generalmente del lado de la ventanilla. Supongo que viene desde lejos. Munro, quizás.
No hay día que no me llame la atención. Ha sabido ser morocha y no creo que tiñera su cabello. SÍ debe haber teñido su ropa, como lo sigue haciendo ahora. Se nota que sus vestidos tienen su mano. Hoy lleva un amplio solero azul. Azul lavanda, como sus ojos. Batik. Apuesto a que el batik de esa tela lo hizo ella misma.
Su cabello llega hasta la cintura. Lacio. Limpio. Plateado. Orgullosamente plateado. Sin hebillas. Sin moños. Sin gomitas. SIN.
Trae arrugas en el cuello, en las manos, en los brazos, pero no en la cara. En la cara tiene sonrisas. Muchas sonrisas.
A diario la miro y paso el resto del viaje imaginando su vida. Me pregunto cuándo se habrá hecho el tatuaje del tobillo, ese que muestra naturalmente junto con sus sandalias de cuero marrón.
Usa aros largos, siempre plateados con piedras de distintos colores. Collares de tiento o de hilos con nudos atrapando maderitas de las más diversas formas. Pulseras tejidas y anillos. Tiene uno de madera oscura, siempre. Apuesto a que está relacionado con el amor. Igual que el carnal tatuaje de su muñeca.
Trae anteojos redonditos como los de John. Lennon, obvio. Cristales celestes. Habitualmente va leyendo y nunca puedo saber qué lee. Forra sus libros con papel madera y en el papel suele escribir notas mientras viaja. No parecen ser notas sobre el libro sino sobre el momento. Como si tomara una “instantánea”, como fotos que va pegando en un álbum. Escribe con lápiz. Lápiz de madera. El lápiz y el libro los guarda en una cartera tipo morral que cruza del hombro derecho hacia la cadera izquierda. Una cartera tejida con nudos en hilo de matambre. La tejió ella. Estoy segura.
También, un monedero con monedas y un par de billetes doblados en cuatro, un celular pequeño pero viejo, de los que no tienen mp3, ni mail, ni facebook, ni twitter. Además, un pañuelo de tela, una llave, una sóla llave sin llavero y un frasquito. Eso es todo lo que vi y no creo que lleve nada más.
Es delgada y fuerte, de estatura media y dedos largos y enjutos. No se maquilla, sólo un par de veces le vi rosados los labios. Las uñas, cortas y pintadas de color. A veces, tiene dibujos en la uña del dedo índice de su mano izquierda. No usa corpiño, no parece necesitarlo. No abriga ataduras de ningún tipo. Tiene por lo menos un hijo, porque la escuché hablar de sus nietos en algún viaje.
Debe hospedar unos sesenta o sesenta y cinco años en su sutil y lánguida figura. Y una sensualidad de veinticinco en cada poro de su piel.
Amable, tranquila, con mucha paz pide permiso en un colectivo repleto de fastidio y baja en Plaza Francia.
Cuando lo hace, miro por la ventanilla y admiro su cabellera al viento que se mueve junto con su largo vestido. Libre.
Cuando yo era niña, mi abuela solía preguntarme como quién quería ser cuando fuera grande. Si en este momento tuviera diez años y mi abuela me consultara una vez más, extendería mi brazo firmemente y con marcada osadía señalaría a esta mujer y diría con firmeza: “ASI, COMO ELLA”.
No hay día que no me llame la atención. Ha sabido ser morocha y no creo que tiñera su cabello. SÍ debe haber teñido su ropa, como lo sigue haciendo ahora. Se nota que sus vestidos tienen su mano. Hoy lleva un amplio solero azul. Azul lavanda, como sus ojos. Batik. Apuesto a que el batik de esa tela lo hizo ella misma.
Su cabello llega hasta la cintura. Lacio. Limpio. Plateado. Orgullosamente plateado. Sin hebillas. Sin moños. Sin gomitas. SIN.
Trae arrugas en el cuello, en las manos, en los brazos, pero no en la cara. En la cara tiene sonrisas. Muchas sonrisas.
A diario la miro y paso el resto del viaje imaginando su vida. Me pregunto cuándo se habrá hecho el tatuaje del tobillo, ese que muestra naturalmente junto con sus sandalias de cuero marrón.
Usa aros largos, siempre plateados con piedras de distintos colores. Collares de tiento o de hilos con nudos atrapando maderitas de las más diversas formas. Pulseras tejidas y anillos. Tiene uno de madera oscura, siempre. Apuesto a que está relacionado con el amor. Igual que el carnal tatuaje de su muñeca.
Trae anteojos redonditos como los de John. Lennon, obvio. Cristales celestes. Habitualmente va leyendo y nunca puedo saber qué lee. Forra sus libros con papel madera y en el papel suele escribir notas mientras viaja. No parecen ser notas sobre el libro sino sobre el momento. Como si tomara una “instantánea”, como fotos que va pegando en un álbum. Escribe con lápiz. Lápiz de madera. El lápiz y el libro los guarda en una cartera tipo morral que cruza del hombro derecho hacia la cadera izquierda. Una cartera tejida con nudos en hilo de matambre. La tejió ella. Estoy segura.
También, un monedero con monedas y un par de billetes doblados en cuatro, un celular pequeño pero viejo, de los que no tienen mp3, ni mail, ni facebook, ni twitter. Además, un pañuelo de tela, una llave, una sóla llave sin llavero y un frasquito. Eso es todo lo que vi y no creo que lleve nada más.
Es delgada y fuerte, de estatura media y dedos largos y enjutos. No se maquilla, sólo un par de veces le vi rosados los labios. Las uñas, cortas y pintadas de color. A veces, tiene dibujos en la uña del dedo índice de su mano izquierda. No usa corpiño, no parece necesitarlo. No abriga ataduras de ningún tipo. Tiene por lo menos un hijo, porque la escuché hablar de sus nietos en algún viaje.
Debe hospedar unos sesenta o sesenta y cinco años en su sutil y lánguida figura. Y una sensualidad de veinticinco en cada poro de su piel.
Amable, tranquila, con mucha paz pide permiso en un colectivo repleto de fastidio y baja en Plaza Francia.
Cuando lo hace, miro por la ventanilla y admiro su cabellera al viento que se mueve junto con su largo vestido. Libre.
Cuando yo era niña, mi abuela solía preguntarme como quién quería ser cuando fuera grande. Si en este momento tuviera diez años y mi abuela me consultara una vez más, extendería mi brazo firmemente y con marcada osadía señalaría a esta mujer y diría con firmeza: “ASI, COMO ELLA”.
miércoles, 9 de marzo de 2011
NUEVO EDIFICIO. VIEJO ANHELO.
En el año 1988 ingresé en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. En esos años, por mis venas, además de sangre corría una gran disposición por la participación social. Fue así como además de dedicarme a estudiar me interesé por otros temas de la actividad educativa. Traía puesto ya poco más de un año de militancia en la UCR, así que fue lógico mi acercamiento a la Franja Morada. Mi lugar de inserción fue la oficina de Gremiales del Centro de Estudiantes. En ese entonces estaba muy revolucionado el alumnado por el cambio de plan de estudios (Plan G, si mal no recuerdo). En una PC con disquetera simple de 5 y ¼ cargábamos luego del DOS, un aplicativo para informar correspondencias con el plan anterior. En un pinche de almacén me dejaban los pedidos y cuando salía de cursar pasaba el resto de la mañana emitiendo equivalencias que dejaba ordenadas por número de registro en un bibliorato para que fueran entregadas cuando yo me iba a trabajar.
Además de los temas académicos ya de por sí agitados, se mascullaba sobre la escasez de aulas, todos protestábamos porque en los horarios pico cursábamos parados y preocupaba el estado edilicio de algunos sectores de la facultad.
Por ahí daba vueltas una maqueta mostrando cómo quedaría la facu luego de una reforma de la que ya hacía unos años se venía hablando.
Tiempo después fui consejera directiva por el claustro de estudiantes y el tema seguía en el orden del día pero no avanzábamos nada. Recuerdo largas discusiones y negociaciones por la recuperación de espacios como la playa de estacionamiento de Córdoba y Uriburu. Intereses creados, burocracias, acuerdos políticos, etc. se mezclaban con la necesidad, con el proyecto de crecimiento, con la evolución, con el compromiso.
Recuerdo también haber caminado con un par de arquitectos los pisos del edificio central y los del edificio de la rotonda mientras ellos tomaban medidas e ir anotando a modo de relevamiento, vidrios rotos, ascensores inutilizados, goteras y aulas inundadas. Cómo se llamaba la arquitecta? No me acuerdo. De su nombre no me acuerdo.
Junto a tantos otros con quienes compartí el compromiso con la Universidad Pública, soñé con el edificio nuevo. Pero no soñábamos con ladrillos, sino con la dignidad de la educación. No queríamos grandes pasillos, sino el espacio de acceso a la formación. No soñábamos con puertas y ventanas, sino con poner en marcha el motor del progreso. No soñábamos con bancos y pizarrones, sino con el desafío de hacer frente a los cambios que va planteando la sociedad. Nunca soñamos con el arancel para reducir la matrícula y “aprovechar” el espacio existente, sino con la Universidad Pública y gratuita para todos.
Dijo alguna vez Eduardo Galeano algo así como que "la utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar."
Y caminamos... Eran los 90, la época de las relaciones carnales, la fantasía del primer mundo, el consumismo como valor fundamental. Y nosotros éramos unos muchos pocos encendidos que perseguíamos la utopía y decíamos “Vamos a andar!”.
Hoy, más de 20 años después, se inaugura por fin el edificio nuevo. Seguramente de este logro se van a colgar muchos. Los que pusieron la plata, en primer lugar. Los que llegaron ayer a la rotonda, los que pusieron la firma a último momento, los que se sacaron la foto... Pero esto es trabajo de años de una generación que ingresó a la universidad con el regreso de la democracia. Es el anhelo de quienes abrieron nuevamente las puertas de la educación a la población en su conjunto, es el esfuerzo de docentes, graduados, alumnos, no docentes, que luchan día a día por el rol de la universidad en la sociedad. Pero, por sobre todas las cosas, este logro debe ser el orgullo de esa generación, de los que lucharon hasta el final. Debe ser el sabor dulzón en la boca y la paz en el alma por el compromiso llevado a cabo.
Eramos muchos los que soñábamos, dije. Pero, parafraseando a Bertolt Brecht, algunos luchamos por esto un día y fue bueno. Otros luchamos durante un año, y fue mejor. Otros luchamos muchos años, y fue muy bueno. Pero otros, siguieron luchando y lo harán toda la vida. A esos, que son los imprescindibles, les doy las gracias. Gracias por la utopía, gracias por “andar”, gracias por llegar.
Además de los temas académicos ya de por sí agitados, se mascullaba sobre la escasez de aulas, todos protestábamos porque en los horarios pico cursábamos parados y preocupaba el estado edilicio de algunos sectores de la facultad.
Por ahí daba vueltas una maqueta mostrando cómo quedaría la facu luego de una reforma de la que ya hacía unos años se venía hablando.
Tiempo después fui consejera directiva por el claustro de estudiantes y el tema seguía en el orden del día pero no avanzábamos nada. Recuerdo largas discusiones y negociaciones por la recuperación de espacios como la playa de estacionamiento de Córdoba y Uriburu. Intereses creados, burocracias, acuerdos políticos, etc. se mezclaban con la necesidad, con el proyecto de crecimiento, con la evolución, con el compromiso.
Recuerdo también haber caminado con un par de arquitectos los pisos del edificio central y los del edificio de la rotonda mientras ellos tomaban medidas e ir anotando a modo de relevamiento, vidrios rotos, ascensores inutilizados, goteras y aulas inundadas. Cómo se llamaba la arquitecta? No me acuerdo. De su nombre no me acuerdo.
Junto a tantos otros con quienes compartí el compromiso con la Universidad Pública, soñé con el edificio nuevo. Pero no soñábamos con ladrillos, sino con la dignidad de la educación. No queríamos grandes pasillos, sino el espacio de acceso a la formación. No soñábamos con puertas y ventanas, sino con poner en marcha el motor del progreso. No soñábamos con bancos y pizarrones, sino con el desafío de hacer frente a los cambios que va planteando la sociedad. Nunca soñamos con el arancel para reducir la matrícula y “aprovechar” el espacio existente, sino con la Universidad Pública y gratuita para todos.
Dijo alguna vez Eduardo Galeano algo así como que "la utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar."
Y caminamos... Eran los 90, la época de las relaciones carnales, la fantasía del primer mundo, el consumismo como valor fundamental. Y nosotros éramos unos muchos pocos encendidos que perseguíamos la utopía y decíamos “Vamos a andar!”.
Hoy, más de 20 años después, se inaugura por fin el edificio nuevo. Seguramente de este logro se van a colgar muchos. Los que pusieron la plata, en primer lugar. Los que llegaron ayer a la rotonda, los que pusieron la firma a último momento, los que se sacaron la foto... Pero esto es trabajo de años de una generación que ingresó a la universidad con el regreso de la democracia. Es el anhelo de quienes abrieron nuevamente las puertas de la educación a la población en su conjunto, es el esfuerzo de docentes, graduados, alumnos, no docentes, que luchan día a día por el rol de la universidad en la sociedad. Pero, por sobre todas las cosas, este logro debe ser el orgullo de esa generación, de los que lucharon hasta el final. Debe ser el sabor dulzón en la boca y la paz en el alma por el compromiso llevado a cabo.
Eramos muchos los que soñábamos, dije. Pero, parafraseando a Bertolt Brecht, algunos luchamos por esto un día y fue bueno. Otros luchamos durante un año, y fue mejor. Otros luchamos muchos años, y fue muy bueno. Pero otros, siguieron luchando y lo harán toda la vida. A esos, que son los imprescindibles, les doy las gracias. Gracias por la utopía, gracias por “andar”, gracias por llegar.
sábado, 19 de febrero de 2011
CORDON DEL PLATA
| El cordón del plata visto desde Las Vegas, Potrerillos. |
observo tu belleza infinita.
El verde de arbustos prepotentes,
el sol, entre el gris de tus piedras,
de óxido de hierro el rojo,
y el marrón de tu seca tierra.
Sentada en el declive de tu arrogancia
veo los pliegues de luces y sombras
de estas montañas sin elegancia
que a la fuerza y con afán se empeñan
en albergar sauces, cardos, cortaderas
y altos álamos que el viento frenan.
El atropello de tu carácter, inefable,
burla sequías con rápidos voraces
que lloran historia de traición y conquista,
de libertad y hermandad,
de hombres con pasión e iniciativa,
con coraje y sangre altruista
Adentrados en las nubes
de tus eternos picos nevados,
afloran tus venas, veloces como fieras.
Y con su caudal de lágrimas
riegan y alimentan el valle orgulloso
de esta costilla furiosa de la cordillera.
sábado, 15 de enero de 2011
EN PAMPA Y LA VIA
Me siento cansada, como si me hubiera pasado un tren por encima. Me cuesta moverme. El cuerpo me pesa y no tengo intención de hacer nada. Gastada a los treinta, así me siento.
Creo que hasta la voluntad me falta. No sé si quiero estar acá, acostada, pero no tengo fuerzas para levantarme.
Ya no lo voy a llamar. Puede estar tranquilo.
Estoy flaca, me veo delgada, tengo los pómulos prominentes y me dan impresión mis propias manos. Ni hambre tengo. Si al menos pudiera tener el valor de incorporarme.
Me siento aterida, entumecida y abúlica. Tengo miedo, le temo a este letargo.
No puedo olvidar mis recuerdos, las imágenes del pasado viajan frente a mis ojos. No se detienen en ninguna estación, pero siempre me falta el último párrafo. Quisiera extraviar la memoria. Siento que estoy en una sala de cine, viendo una película de mal gusto sin poder irme de allí. Es un freak en el que todos se ríen de verme llorar y hacer el ridículo.
Debería haber un poco de luz en este cuarto, a ver si el grotesco deja de girar ante mí. Un haz de sol tal vez me ayudaría a reponer energías, pero no tengo ganas de ir hacia la ventana... A dónde están las ventanas?
Sé que viene a verme, pero ya no me interesa, creo que hasta estoy mejor así. Hizo bien en dejarme. No importa con quién esté ahora. Si no es mío no me está traicionando. Y eso es un alivio.
Tengo frío.
Su crónica visita me fastidia, no me deja enterrar su fantasma. Siento sus pasos, sus pisadas arrastradas mientras me ronda. Y su presencia me hunde, me sumerge y naufrago otra vez en esa evocación sin colofón.
Sé que llora. Lo estoy escuchando. Mi mamá le dice que ahora es tarde para llorar. Y quisiera gritarle, pero ni eso puedo hacer. No sé si por extenuación o por impotencia. Por agotamiento o porque ya no vale la pena.
Tengo frío. Tengo los huesos fríos. Mi ropa está húmeda y sucia. Yo estoy sucia. Me quedé con su mugre, con su trampa. Fui su desecho y ahora soy su despojo. Me dejó sucia. No sé cuánto hace que estoy en esta posición. No. No me duele nada, sólo el alma. A veces quisiera llorar, pero ya ni lágrimas me quedan
No sé qué quise hacer. No sé si fue mi intención. Alguien me robó el desenlace. Lo último que recuerdo es el cachetazo que le dí en la esquina de Pampa y Libertador.
Ya no tengo nada, ni siquiera un final. Me cuesta moverme. El cuerpo me pesa. Siento que cargo toneladas de tierra sobre mí.
Por qué todos me traen flores? Me siento cansada, como si me hubiera pasado un tren por encima.
Creo que hasta la voluntad me falta. No sé si quiero estar acá, acostada, pero no tengo fuerzas para levantarme.
Ya no lo voy a llamar. Puede estar tranquilo.
Estoy flaca, me veo delgada, tengo los pómulos prominentes y me dan impresión mis propias manos. Ni hambre tengo. Si al menos pudiera tener el valor de incorporarme.
Me siento aterida, entumecida y abúlica. Tengo miedo, le temo a este letargo.
No puedo olvidar mis recuerdos, las imágenes del pasado viajan frente a mis ojos. No se detienen en ninguna estación, pero siempre me falta el último párrafo. Quisiera extraviar la memoria. Siento que estoy en una sala de cine, viendo una película de mal gusto sin poder irme de allí. Es un freak en el que todos se ríen de verme llorar y hacer el ridículo.
Debería haber un poco de luz en este cuarto, a ver si el grotesco deja de girar ante mí. Un haz de sol tal vez me ayudaría a reponer energías, pero no tengo ganas de ir hacia la ventana... A dónde están las ventanas?
Sé que viene a verme, pero ya no me interesa, creo que hasta estoy mejor así. Hizo bien en dejarme. No importa con quién esté ahora. Si no es mío no me está traicionando. Y eso es un alivio.
Tengo frío.
Su crónica visita me fastidia, no me deja enterrar su fantasma. Siento sus pasos, sus pisadas arrastradas mientras me ronda. Y su presencia me hunde, me sumerge y naufrago otra vez en esa evocación sin colofón.
Sé que llora. Lo estoy escuchando. Mi mamá le dice que ahora es tarde para llorar. Y quisiera gritarle, pero ni eso puedo hacer. No sé si por extenuación o por impotencia. Por agotamiento o porque ya no vale la pena.
Tengo frío. Tengo los huesos fríos. Mi ropa está húmeda y sucia. Yo estoy sucia. Me quedé con su mugre, con su trampa. Fui su desecho y ahora soy su despojo. Me dejó sucia. No sé cuánto hace que estoy en esta posición. No. No me duele nada, sólo el alma. A veces quisiera llorar, pero ya ni lágrimas me quedan
No sé qué quise hacer. No sé si fue mi intención. Alguien me robó el desenlace. Lo último que recuerdo es el cachetazo que le dí en la esquina de Pampa y Libertador.
Ya no tengo nada, ni siquiera un final. Me cuesta moverme. El cuerpo me pesa. Siento que cargo toneladas de tierra sobre mí.
Por qué todos me traen flores? Me siento cansada, como si me hubiera pasado un tren por encima.
martes, 11 de enero de 2011
AYER NOMAS...
Ayer nomás, papá me estaba cantando tu “Canción del jacarandá”. Aún tengo su voz joven grabada en mi cuarentón corazón de niña.
Ayer nomás, la señorita Silvia nos invitaba a tomar el desayuno en el jardín al son de la “Canción de tomar el té”.
Ayer nomás, me levantaba temprano para ir a la escuela y escuchaba en la radio a Magdalena, desayunando con la “Canción del correo”, la “Canción del estornudo” o “El show del perro salchicha”.
Ayer nomás, intentaba aprender a tocar la guitarra, y aún recuerdo mi primera clase en Re mayor y dominante de Re, la “Canción de Títeres”, y la lección para toda la vida me caigo, me caigo, me voy a caer, si no me levantan, me levantaré.
Ayer nomás, tomaba la merienda en compañía de “Doña Disparate y Bambuco” volcando la leche carcajada de por medio.
Ayer nomás, pasábamos una noche completa con mi prima muy chiquita cantando “Manuelita” y ella pidiendo “de buevo” eternos bises de medialengua.
Ayer nomás, adolescente y efervescente, con la democracia recuperada en un puño me llenaba la boca con tu “Balada de Cómodus Viscach”, porque era época de diferenciarse de quienes comieron tierra para que no se los coman crudos. Con “La canción de caminantes”, porque ya no había guerra, pero seguía la lucha. Y recibía a tanto sobreviviente volviendo de esa guerra, cantando al sol “Como la cigarra”. Y pedía con tu “Oración a la justicia”, que la señora de ojos vendados se quitara la venda para ver tanta mentira.
Ayer nomás, iba al cine a ver la Historia Oficial, y a llorar “El país de no me acuerdo”, para no olvidarlo jamás.
Ayer nomás, estaba embarazada de Ezekiel y acariciaba la panza casi susurrando tu “Canción de la vacuna”. Y resultó ochomesino. Y lo cuidamos entre la piel y la camisa durante días, con el mismo son. Y cuando estuvo en casa, y tenía cólicos o angustia, se calmaba cuando escuchaba apenas decir el brujito de Gulubú.
Ayer nomás, nacía nuestro segundo hijo, Joakim, y un erróneo diagnóstico de hipoacusia nos tuvo en vilo un par de meses y le cantábamos “El reino del revés” de una lado y otro de su cuna, a ver si giraba la cabeza según quién cantaba.
Ayer nomás, estaba leyendo en un blog amigo tu defensa de la “ñ” que también es gente.
Y hace un minuto nomás, como lo hago todas las noches, dormí a mis niños, tan chiquitos como lo era yo cuando llovían flores del jacarandá, con la "Canción de bañar a la luna”. Y aún estoy llorando.
Gracias, María Elena, por haber acompañado mi vida, de punta a punta, para jugar, para reír, para soñar, para crecer.
Hasta siempre.
Ayer nomás, la señorita Silvia nos invitaba a tomar el desayuno en el jardín al son de la “Canción de tomar el té”.
Ayer nomás, me levantaba temprano para ir a la escuela y escuchaba en la radio a Magdalena, desayunando con la “Canción del correo”, la “Canción del estornudo” o “El show del perro salchicha”.
Ayer nomás, intentaba aprender a tocar la guitarra, y aún recuerdo mi primera clase en Re mayor y dominante de Re, la “Canción de Títeres”, y la lección para toda la vida me caigo, me caigo, me voy a caer, si no me levantan, me levantaré.
Ayer nomás, tomaba la merienda en compañía de “Doña Disparate y Bambuco” volcando la leche carcajada de por medio.
Ayer nomás, pasábamos una noche completa con mi prima muy chiquita cantando “Manuelita” y ella pidiendo “de buevo” eternos bises de medialengua.
Ayer nomás, adolescente y efervescente, con la democracia recuperada en un puño me llenaba la boca con tu “Balada de Cómodus Viscach”, porque era época de diferenciarse de quienes comieron tierra para que no se los coman crudos. Con “La canción de caminantes”, porque ya no había guerra, pero seguía la lucha. Y recibía a tanto sobreviviente volviendo de esa guerra, cantando al sol “Como la cigarra”. Y pedía con tu “Oración a la justicia”, que la señora de ojos vendados se quitara la venda para ver tanta mentira.
Ayer nomás, iba al cine a ver la Historia Oficial, y a llorar “El país de no me acuerdo”, para no olvidarlo jamás.
Ayer nomás, estaba embarazada de Ezekiel y acariciaba la panza casi susurrando tu “Canción de la vacuna”. Y resultó ochomesino. Y lo cuidamos entre la piel y la camisa durante días, con el mismo son. Y cuando estuvo en casa, y tenía cólicos o angustia, se calmaba cuando escuchaba apenas decir el brujito de Gulubú.
Ayer nomás, nacía nuestro segundo hijo, Joakim, y un erróneo diagnóstico de hipoacusia nos tuvo en vilo un par de meses y le cantábamos “El reino del revés” de una lado y otro de su cuna, a ver si giraba la cabeza según quién cantaba.
Ayer nomás, estaba leyendo en un blog amigo tu defensa de la “ñ” que también es gente.
Y hace un minuto nomás, como lo hago todas las noches, dormí a mis niños, tan chiquitos como lo era yo cuando llovían flores del jacarandá, con la "Canción de bañar a la luna”. Y aún estoy llorando.
Gracias, María Elena, por haber acompañado mi vida, de punta a punta, para jugar, para reír, para soñar, para crecer.
"Enciendansé, las nuevas luces del viejo varieté, puede volver..."
Hasta siempre.
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