martes, 11 de enero de 2011

AYER NOMAS...

Ayer nomás, papá me estaba cantando tu “Canción del jacarandá”. Aún tengo su voz joven grabada en mi cuarentón corazón de niña.
Ayer nomás, la señorita Silvia nos invitaba a tomar el desayuno en el jardín al son de la “Canción de tomar el té”.
Ayer nomás, me levantaba temprano para ir a la escuela y escuchaba en la radio a Magdalena, desayunando con la “Canción del correo”, la “Canción del estornudo” o “El show del perro salchicha”.
Ayer nomás, intentaba aprender a tocar la guitarra, y aún recuerdo mi primera clase en Re mayor y dominante de Re, la “Canción de Títeres”, y la lección para toda la vida me caigo, me caigo, me voy a caer, si no me levantan, me levantaré.
Ayer nomás, tomaba la merienda en compañía de “Doña Disparate y Bambuco” volcando la leche carcajada de por medio.
Ayer nomás, pasábamos una noche completa con mi prima muy chiquita cantando “Manuelita” y ella pidiendo “de buevo” eternos bises de medialengua.
Ayer nomás, adolescente y efervescente, con la democracia recuperada en un puño me llenaba la boca con tu “Balada de Cómodus Viscach”, porque era época de diferenciarse de quienes comieron tierra para que no se los coman crudos. Con “La canción de caminantes”, porque ya no había guerra, pero seguía la lucha. Y recibía a tanto sobreviviente volviendo de esa guerra, cantando al sol “Como la cigarra”. Y pedía con tu “Oración a la justicia”, que la señora de ojos vendados se quitara la venda para ver tanta mentira.
Ayer nomás, iba al cine a ver la Historia Oficial, y a llorar “El país de no me acuerdo”, para no olvidarlo jamás.
Ayer nomás, estaba embarazada de Ezekiel y acariciaba la panza casi susurrando tu “Canción de la vacuna”. Y resultó ochomesino. Y lo cuidamos entre la piel y la camisa durante días, con el mismo son. Y cuando estuvo en casa, y tenía cólicos o angustia, se calmaba cuando escuchaba apenas decir el brujito de Gulubú.
Ayer nomás, nacía nuestro segundo hijo, Joakim, y un erróneo diagnóstico de hipoacusia nos tuvo en vilo un par de meses y le cantábamos “El reino del revés” de una lado y otro de su cuna, a ver si giraba la cabeza según quién cantaba.
Ayer nomás, estaba leyendo en un blog amigo tu defensa de la “ñ” que también es gente.

Y hace un minuto nomás, como lo hago todas las noches, dormí a mis niños, tan chiquitos como lo era yo cuando llovían flores del jacarandá, con la "Canción de bañar a la luna”. Y aún estoy llorando.

Gracias, María Elena, por haber acompañado mi vida, de punta a punta, para jugar, para reír, para soñar, para crecer.

"Enciendansé, las nuevas luces del viejo varieté, puede volver..."

Hasta siempre.

viernes, 31 de diciembre de 2010

BRINDIS 2011

En pocas horas estaremos despidiendo el año y la década. La primera del siglo. En pocas horas estaremos chocando cristales para archivar lo que fue y desear el porvenir. Así pues, al levantar mi copa brindo por el 2010.
Brindo por el verano, por las sosegadas vacaciones en Mardel con Ricky Fort en la playa de al lado.
Brindo porque no haya más DNU como los que removieron a Redrado ni superpoderes para vaciar el Estado.
Brindo por la memoria de Sandro y por la de Kirchner. Por el respeto que merece un presidente de la democracia, porque le pongan su nombre a una calle y no lo beatifiquen.
Brindo porque Cerati regrese a estar con nosotros y porque a Massera lo persiga en su tumba por siempre la memoria de todos nuestros muertos. Por la condena de Videla y porque no venga nadie luego con una amnistía porque le da pena.
Brindo porque la Tierra nos perdone el maltrato y ya no tome venganza con pueblos como el haitiano. Porque ya no se sacuda y si lo hace no tenga en vilo a treinta y tres familias y a todo el planeta llorando con el rescate y por la amante descubierta.
Brindo por los ovarios que aportó Julieta a nuestra familia, por sus cachetes y por las caricias de sus manitas.
Brindo por las lágrimas derramadas en marzo al ver a mi nene grande entrar a primer grado. Brindo también por mi hijo chiquito, mi morochito del alma, que dejó sus pañales. Se lo agradece el presupuesto aunque me haga dar cuenta que ya bebé no tengo.
Brindo por el Bicentenario, por la gran convocatoria, por ver la gente en las calles esta vez sin cacerolas en mano.
Brindo por el mundial que no ganamos, por Maradona y por los que la siguen mamando. Porque Messi se acuerde que es argentino, y porque las plegarias que hicimos sirvan para pagar los LCD que adquirimos.
Brindo por el matrimonio igualitario, porque sigan existiendo las diferencias, la libre elección, la no discriminación ni de sexo, ni de etnias.
Brindo por el baño que no renovamos y el auto que no cambiamos. Por los muebles para los hijos y la carpa que nos compramos.
Brindo por los números, por los del Indec, por los índices paralelos, por los de la ANSES, por la sensación térmica y por los de mi cuenta bancaria.
Brindo por internet, por la vida 2.0, por los amigos con los me contacta y por el tiempo que me saca. Por la licencia de Fibertel anulada y por Arnet que me vende un paquete y dice que no me cobra nada.
Brindo entonces por Mente Literata, que me colma de emociones, por los dos post que publicó Oblogo y por todos los que leen y comentan.
Y por Ella & Mi, que me invade de sonrisas, que crece casi sin que se lo pida y que empieza el 2011 pidiendo pista.
Brindo por las garantías constitucionales, para que el derecho de peticionar a las autoridades sea sin violencia, pero que sea escuchado. Para que ya nadie tenga que pedir por su vivienda, ni por salud, ni educación. Porque los deberes del estado sean responsabilidades y no objeto de disputa electoral.
Brindo por la Sudamericana, por jugar la Libertadores, y por el apertura no brindo porque no se me da la gana.
Brindo también por mis sobrinos egresados, Luchito de preescolar y María Luz de séptimo grado. Por Pedro, que cumple con la década, para que le duren muchos años los abrazos de oso antes de que le de vergüenza. Porque Alejo me diga “tía Adri te quiero”, de corrido y en castellano, o que me alcance el sueldo para un curso de coreano.
Y llenemos otra vez la copa, que brindo por el 2011.
Brindo por las elecciones que vienen por Ricardo Alfonsín y porque regresen los valores.
Brindo por los diez años que cumple la libreta roja en agosto, porque lo celebremos como siempre, juntos, con amor, comprensión, sexo y admiración.
Brindo por mi familia, por mis amigos, porque deseemos poco y estemos todos.
Brindo por Independiente, por el orgullo, por la camiseta, por la memoria y por otra vuelta en la cancha nueva.
Brindo por el jefe recién estrenado, por el ascenso y porque valga la pena un nuevo proyecto, que sea exitoso y se refleje en el sueldo.
Brindo por un país que, en definitiva sea feliz. Por un suelo en el que nuestros nietos tengan futuro.
Brindo por mí, por vos, por nosotros. Por los que ya no están pero estarán siempre.

CHIN CHIN

martes, 28 de diciembre de 2010

SIN SOMBRERO

Un cuento de Navidad para mis hijos, y para todos los que creen
que es un tiempo de esperanza.

Está terminando diciembre. Hace mucho calor. Se levantó temprano para llevar el desayuno a los siete niños que viven bajo el puente. Con su rostro blanco, casi transparente, les entregó la leche y un budín casero horneado anoche. De su boca pequeña y franca brotan pocas palabras, pero su sonrisa es sincera y elocuente.
Se alejó a paso lento, con su largo y liviano vestido al viento, con el pintoresco sombrero hongo aprisionando su largo cabello sutilmente rubio. Caminando por las calles como si fuera abstracta, pasó el resto de la agobiante mañana retirando ropa que había mandado a remendar y zapatos que encargó arreglar. A mediodía ya no podía cargar más bolsas en sus delgados brazos. Pasó por su casa, dejó los fardos tras la puerta y siguió andando bajo los rayos poco amigables del sol de verano.
Recorrió varios negocios juntando cajas de cartón y agradeciendo que estuvieran limpias dejaba un cantarín saludo de navidad a cambio. Etérea, a pesar del sofocante andar, entró a una mercería y consiguió varios rollos de cinta roja.
Regresó a su hogar y, sin entrar a la casa, tomó las bolsas y sobre el pasto del jardín comenzó a distribuir en las cajas ropa, zapatos y unos pocos juguetes. Cerró las cajas con cinta roja y las cargó en dos grandes carros. Fue hacia la cocina y salió de ella con un par de bolsas con pan dulces que ella misma había preparado.
Cansada, pero aún con la sonrisa, miró hacia el cielo a tiempo para saludar a la primera estrella y se dirigió con los carros hacia el bajo. Unas veinte cuadras la separaban del barrio más humilde de la zona.
Al llegar, unos pocos que la conocían la saludaron. A ellos les entregó las cajas y a unos niños que se acercaron les encargó distribuir los pan dulces. Abrazó a los más pequeños y, sin sacarse el sombrero hizo un gesto a todos y se fue caminando despacio, como para descansar las ampollas que tenía en los pies.
Entró a su casa y sin encender la luz tomó mucha agua. Se sentó luego en el costado de su cama, abrió la ventana y mirando a la misma estrella que antes, se quitó el sombrero, acomodó su aureola sobre el cabello y dijo con un hilo de voz: “Gracias y Feliz Navidad”.

martes, 16 de noviembre de 2010

GRACIAS POR LA X


Hace unos días tuve un encuentro casual con un conocido del mundo laboral. Digamos que este señor es uno de esos tipos con estrella que, laburando poco pero haciendo que se vea mucho ese poco, se supo rodear de gente influyente, que le permitió ir creciendo. En todos los trabajos que le conocí, siempre estuvo dos “ravioles” más abajo en el organigrama que esos seres influyentes de los que se rodea. O sea que juega de alcahuete y recomendador de turno. Es un perejil bien rodeado e influyente. Hacía unos meses que no lo veía y me sorprendió tropezar con él en territorio ajeno. Nos saludamos e intercambiamos preguntas de rigor y cortesía sobre la familia y el trabajo. Sobre este último punto me dijo que estaba con proyectos nuevos y viendo la posibilidad de crecer.
Tuve un Déjà vu.
Seguimos conversando y se preocupó por mi trabajo, como si yo le hubiera manifestado disconformidad por mi presente. Sacó a relucir sus influencias y me hizo una oferta laboral que, por supuesto, se encargó de disfrazar de irresistible: “Viste que yo conozco a Pirulo, de Pirulín Pirulero S. A., está en plan de expansión y siempre está con estos temas. Vos sos muy buena en eso, tenés experiencia, tu curriculum le va a encantar, hay posibilidades ciertas de crecimiento, hay buena guita, bla bla bla… Si querés yo hablo por vos, siempre suma recomendar buenos profesionales…” Gesticulaba muy contento por mi promisorio futuro y mientras yo me preguntaba en qué momento le había dicho que buscaba trabajo comienza a decir cosas entre líneas: “Seguramente no vas a tener problemas, hay que “ma-ne-jar” un temita de números, “viste?”… Las presentaciones con accionistas e inversionistas tienen que “dar bien”, me entendés, no?... Pero vos sos una mina piola, hay que decir lo que conviene decir…”
Paramnesia. Ya había enfrentado otras veces estas situaciones. Jefes. Amigos. Profesores. Hasta algún que otro familiar me habían mirado socarrones tratando de explicarme cómo era una buena forma de crecer y sin que se los pidiera mostrarme cuán equivocada estaba y cuán “piola” podía ser.
Me sentí atrapada en el eterno retorno y se notó, porque me miró y me dijo: “Parecés confundida… che, vamos… vos sabés de números”
Si, claro, le contesté. Tengo un buen manejo de los números. Desde chica mi padre se ocupaba de plantear enigmas matemáticos durante los almuerzos y cenas para que los disipara mentalmente. Me recibí en Ciencias Económicas, formo parte de un par de selectos grupos con los que jugamos a desafiar nuestra capacidad resolviendo acertijos lógicos. Recuerdo la tabla del 3 y conozco la relevancia del 7 en el universo. Leí todos los libros de Paenza y soluciono cualquier SUDOKU en tiempo record. Sí, claro que sé de números.
Sé que mi abuelo viajó 37 días en la bodega de un barco para llegar a la Argentina comiendo cada 3 días y llegó con hambre atrasada para dedicar más de 50 años a transmitir honestidad a quienes sembró en este país. Sé que 30 de esos años los dedicó a pelear contra los sindicalistas siendo delegado de la fábrica. Sé que no le alcanzaba su salario para remedios e hizo 18 días de cola para conseguir Penicilina de manos de Evita para salvar a su hermana y no pudo. Pero nunca aceptó el dinero ni las armas que le ofrecieron en el sindicato.
Sé que mi vieja, para darnos de comer y mandarnos al colegio, cuando no había laburo empeñó y perdió un anillo de oro con 8 pequeños rubíes incrustados, uno por cada año de novia, 10 esclavas de oro, un par de aros también de oro, recuerdo de sus 15 años y el medallón de su abuela.
Sé que cuando la empresa de mi viejo quebró durante el famoso Rodrigazo y sus 2 socios huyeron, papá vendió hasta el auto a la mitad de su valor para pagar hasta el último peso de indemnización a sus empleados realizando todos los aportes jubilatorios correspondientes.
Ves que sé de números? Sé que pertenezco a ese porcentaje de idiotas que no dibujan informes. Sé que puedo contar valores, pero no acciones del mercado, eh? Valores de formación. De esos que, seguramente, no me permitirán tener tus influencias, pero sí dormir tranquila y mirar a mis hijos a los ojos sin tener que bajar la mirada.
Cuando mi viejo no tenía laburo, tuvo la ocasión y el tiempo de ayudar a más de un vecino con la instalación eléctrica de su casa. Gratis, obvio. Y ese valor se llama solidaridad.
Y cuando tenía trabajo y llegaba tarde a casa, se iba al club del barrio a armar una sociedad de lectura y biblioteca para sacar a los pibes de la calle. Gratis, obvio. Y ese valor se llama altruismo.
Y en ocasión del despido de compañeros de trabajo, tomó una fábrica aún a costa del escrache y la persecución ideológica. Sin pretender ningún puesto político, obvio. Y ese valor se llama fraternidad.
Y cuando en mi colegio no se respetaban los actos patrios, enfrentó al Director puesto por la dictadura en pro de nuestra historia y nuestros próceres. Y me cambió de colegio, obvio. Y eso se llama defensa de los valores nacionales.
Ves que no tengo problemas con los números? Mirá todos los valores que puedo contar. Vos decís que soy una mina piola… Que soy una mina salta a la vista. Gracias pá, por la X de tu cromosoma 23. Lo de piola…

miércoles, 10 de noviembre de 2010

AGUA












Corre.
Lenta, cantarina,
entre pedregullos,
en medio de hierbas,
cuesta abajo en la colina.

Fluye.
Noble, cristalina,
bañando los yuyos,
mojando la siembra,
sorteando huellas de la vida.

Yace.
Quieta en la orilla,
añorando su arrullo,
abrazada a las piedras,
inmersa en la noche. Dormida.

domingo, 31 de octubre de 2010

CARRUSEL

Gira. Mientras la música suena, gira. Cada uno va en su corcel sonriendo y saludando. Algunos suben, otros bajan. Están los luchadores, los atrevidos y algún que otro prepotente que montan sobre la fila externa y están quienes quedaron rezagados, los tímidos o los que, cómodos eligieron retozar en la fila interna.

Dan una vuelta. Dos. Y tres. Pausa para pensar. Cambiar o seguir. Algunos permanecen en su caballo, otros cambian al de adelante, y no falta quien se apresura y se abre paso para ocupar el landó que dejó vacante el petiso que se bajó. Boletos. Siempre hacen falta boletos. Vuelve a girar y envuelve el aire una alegre y trillada polifonía. En algún punto, la sortija. Quién no quiere la sortija? Algunos permanecen del lado de adentro. Otros hacen trampa. Es sólo un instante de la vuelta, pero suficiente para mostrar quién es quién. Algunos miran de soslayo. Otros sólo ríen. Y están aquéllos para quienes es el todo o nada. Y el calesitero elije, como un dios superpoderoso. Zarandea el sortijero y esquiva una mano o lo deja quieto y le sirve en bandeja la vuelta adicional al preferido. Y así nomás alguien tiene un giro gratis y mirará triunfante a los otros como si fuera mérito propio.

Si estás arriba seguís rodando así, hasta que se te acaban los boletos y no te toca la sortija. Entonces te bajás. Y el carrusel sigue girando, para otros. Como la vida, que siempre sigue andando, hasta que un día, lo hace sin vos.

domingo, 17 de octubre de 2010

HAY LUNA AFUERA

Para mis hijos.
Para cada uno de ellos.

Hay luna afuera y camino, desde mi cuarto al tuyo, para ver que tus sueños sean serenos y buenos. Te acaricio despacito para no despertarte, pero lo suficiente como para grabar tu suavidad en mi mano. Te beso la mejilla, lentamente, para que se guarde tu sabor aún niño en mi boca. Me alejo unos pasos, ya regresando a mi lecho, y volteo a mirarte con ojos luengos, para alcanzarte en este minuto, antes de que crezcas ya tanto que tenga que pedirte permiso para poderte abrazar.

Hay luna afuera, hijo, y hay otra estrella desde que soy tu mamá.